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LOCUS AMOENUS 

Cartel de la película El río de la vida, de 1992

Hay dos tópicos, el denominado vita flumen (la vida como río) y el homo viator (hombre que viaja) muy interrelacionados entre sí y que han tenido una larga repercusión en la literatura y las artes de todos los tiempos.  Los versos de Machado, “Todo pasa y todo queda,/ pero lo nuestro es pasar;/ pasar, haciendo caminos,/ caminos sobre la mar” son un ejemplo valioso que contiene ambos tópicos.

Como ocurre siempre a la hora de analizar y situar un fenómeno o un recurso estético concreto, en este caso cabe añadir que, a la vez, ambos tópicos literarios aquí tratados nos remiten al paso del tiempo y al aprovechamiento del instante, ya tratados anteriormente.

 Veamos otros dos ejemplos emblemáticos, estos por separado. El primero pertenece a la copla III de Jorge Manrique:

 

Nuestras vidas son los ríos       

que van a dar en la mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

y consumir;                         

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

y más chicos,

y llegados, son iguales

los que viven por sus manos         

y los ricos.

 

Al describir la vida como un río, en la metáfora subsiguiente la juventud se identificaría con las primeras aguas, pedregosas y tempestuosas, en tanto que la madurez representaría esa parte central más tranquila, propicia al aprovechamiento (pesca, regadíos) y la vejez se correspondería con la parte final, remansada y llena de sedimentos, próxima ya la desembocadura, en este caso el morir.

Si este es un texto paradigmático del vita flumen, Machado recoge como pocos esa visión de la vida del hombre como camino, camino breve y pasajero, irrecuperable pero, a la vez, camino de conocimiento, introspección y maduración, con nosotros mismos y con los demás, en sus Cantares:

Disco que Serrat dedicó a los poemas de Machado.

 

Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.

 

Ya en Berceo, siglo XII, podemos encontrar al peregrino que aprende y madura caminando solo y con otros, en un camino lleno de penurias y que para él suponía el trasunto necesario para alcanzar una vida eterna. Pero ni la música ni otras manifestaciones han sido ajenas a este tópico. El anterior poema de Machado lo interpretó de un modo inigualable Joan Manuel Serrat. Y si Dire Straits cantaba El camino de la vida, desde otra perspectiva, el mismo título llevaba una canción de Los Visconti. Si pensamos en novelas como On de road (En la carretera) de Jack Kerouak, adaptada al cine en 2012, o en la película El río de la vida, de 1992, dirigida por Robert Redford, seremos conscientes de la presencia aún hoy del tema tratado.

Pero quisiera acabar con un poema de Kavafis que, partiendo de la idea expuesta de la vida como viaje o como camino, pone todo el acento en el hecho mismo de vivir, no en el de llegar a nuestro objetivo. Y que remite además al máximo referente del homo viator, Ulises, y su Odisea. El poema, en la versión publicada en 1999 por Pedro Bádenas de la Peña, se titula Ítaca:

 

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.           

Konstantino Kavafis, poeta griego, autor del poema Ítaca y su poesía completa traducida en Hiperión.