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Los participantes en los premios Gramat de esta edición.

Con esta frase de inicio, “Mamá no cocina. Quema”, extraída de la novela La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, debían comenzar los relatos, con un máximo de 300 palabras y escritos hasta en 45 minutos, de los participantes en la décimo segunda edición de los premios Gramat. Una de las actividades emblemáticas de la última Quincena cultural, la quinta, promovida por el colectivo Gramática Parda.

El certamen tuvo lugar, como siempre de modo presencial, el pasado domingo 20 de octubre a las once de la mañana en los salones Princesa. Por primera vez, además de diplomas y trofeos, el ganador y los dos finalistas obtuvieron u premio en metálico: el primero con 150 euros y los otros dos con 50. Cabe destacar una mayor participación que en ediciones anteriores y el ganador fue Fermín Bonet Ferrándiz, siendo Vicente Aravid López el primer finalista e Isabel Mª Esteve Sánchez la segunda.

A continuación, los relatos finalistas y el ganador:

 

Mamá no cocina. Quema cualquier cosa que tenga en el fuego, sea eléctrico, a gas o a la brasa. Eso sí, dota de un color especial a todos los guisos porque es tal su experiencia de “quemadora”, que los adorna con diferentes tornasolados en una gama que va del ocre al negro, pasando por distintos tonos de marrones.

Pero no todo se queda en la cocina, es tal su afición al abrasamiento que lo lleva a cabo en todas las faenas que ejecuta, por ejemplo: la plancha. No hay prenda en casa que, además de la marca de procedencia, no lleve la suya propia, algo así como “Made in mamá”, con su sello propio de genuinos colores tostados.

Pero yo sé que quema o socarra con mucho cariño y por eso luzco sus planchadas prendas con orgullo, y me como sus guisos con fruición. Lo mismo hace el resto de la familia, entre sonrisitas y algún que otro chascarrillo, para que a la pobre no se le salten las lágrimas, porque ella “pone mucho empreño y cariño —siempre lo dice— en cuidar a su familia”.

Bueno, hay algo que mamá nunca quema: las ensaladas. Y, ya ves, parece que les falta “algo”.

Mamá nos “dora” las cosas demasiado y, dorar por dorar: nosotros la ADORAMOS. 

2º FINALISTA: ISABEL Mª. ESTEVE SÁNCHEZ

 

Cartel anunciador de los premios Gramat para esta Quincena.

—Mamá no cocina. Quema.

Fueron las primeras palabras que aprendí a pronunciar cada vez que mamá se acercaba a mí con el plato de papilla. Más que pronunciar, pensar en mi subconsciente. Tenía ocho meses cuando me cambió la teta por el plato.

—Mamá no cocina. Quema…

Se lo decía a voz en grito con mis ojos inquietos, deseosos de descubrir todo lo que ocurría a mi alrededor, de investigar nuevos colores y sabores. Indudablemente, ella no conseguía descifrar mi mensaje.

—Mamá no cocina. Quema…

La papilla tenía un aspecto atractivo, aunque con cierto aroma a requemado, uno de los que siempre me han acompañado. No conseguía entender cómo ella no se había dado cuenta.

“Un problema de tiempo de cocción”, pensé. La próxima vez será diferente.

Y hubo una segunda, una tercera, una cuarta vez, una… Y siempre con el mismo resultado. Ese sabor a harina tostada, pasada de fuego, ardiente, quemada.

Fui creciendo y creciendo. Pasaron unos meses y mi dieta seguía siendo la misma: papilla y más papilla; y yo le repetía y repetía:

—Mamá no cocina. Quema…

Aprendí a decir mis primeras palabras. Una de ellas fue “mamá”, para a continuación, y desdicha de mi padre, no articulé el consabido “papá” sino “quema”, en homenaje a mi madre y sus virtudes culinarias.

Ahora, pasado el tiempo, y ya en plena madurez, recuerdo aquellos primeros meses de mi existencia y todavía mantengo el sabor de aquellos platos, de aquella papilla, en mi pituitaria, porque hay aromas y sabores que nunca se olvidan, que permanecen en nosotros grabados a fuego y que, cuando cerramos los ojos, podemos ver, oler, gustar y sentir.

—Mamá no cocina. Quema… fueron mis primeras, y posiblemente, mis últimas palabras.

1º FINALISTA: VICENTE ARAVID LÓPEZ

 

—Mamá no cocina. Quema.

—No he entendido muy bien qué ha querido decir, usted me disculpará.

—Pues creo que está bastante claro, desconocido señor, ya que de su actitud deduzco que busca usted una frase demoledora, arrebatadoramente ladrona de la voluntad y resistencia de sus lectores. ¿No le parece esta adecuada?

—Bueno, sí… En fin —titubeé.

Aquel sujeto tenía un aire familiar, conocido… Yo lo había visto antes, sin duda. Su mirada glauca y cristalina, sus gestos… Su inconfundible acento del sur, sus mezcolanzas porteñas, castellanas y lunfardas… Estaba seguro de haberlo visto antes.

Continué curioseando en la tienda. De repente, sin levantarse del butacón y con su mirada inexpresiva buscándome, me dijo:

—Son muchos como usted los que vienen. Todos arrostran similares congojas. ¿Ve usted este colmadito? Tan propio, tan byroniano… En este lugar hallará usted merced de su necesidad. Sé muy bien lo que necesita. ¿Qué es en esta ocasión? ¿Personajes? Puede utilizar el “gaznápiro”, un pillastre de mucho cuidado que me sugirió Delibes. O tal vez la “boricua”, cuya bisabuela se dice en el pueblo que nació en Puerto Rico. Si por el contrario lo que pretende conseguir es un buen argumento, acabamos de recibir una docena de tradiciones y leyendas escandinavas que son el último grito en novelas juveniles. Tenemos reglas ortográficas, diccionarios de palabras inventadas y “negros” de discretísima labor, todo lo que necesita para triunfar con la pluma.

Aquel viejo transpiraba erudición, reposo y arbitrio. Me confesó que cuando dejó de escribir decidió inaugurar aquel bazar de la inspiración, orientado a una clientela mediocre y fracasada que le reportaba cuantiosos beneficios. Cuando le pregunté por su gracia, se limitó a responder con una tímida curva en sus labios:

—Borges, Jorge Luis Borges, fallecido en mil nueve ochenta y seis.

GANADOR: FERMÍN BONET FERRÁNDIZ

Los 3 premiados en esta edición de los Gramat

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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