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Presentación de La letra pequeña, el pasado 9 de octubre.

Hoy pretendo comentar brevemente y recomendar tres de los libros, cada uno pertenecientea un género, que leí durante el pasado año: la novela La letra pequeña, del eldenseHeli García Mallebrera; el libro de poemas PADRE, del valenciano ahora afincado en Argel Juan Vicente Piqueras y el ensayo El poder de la alegría, del filósofo francés FrédéricLenoir. Previniendo antes al lector de que no fue para mí un año de muchas lecturas, más allá de las impuestas por mis tareas inmediatas: microrrelatos, ajedrez, aforismos, actualidad y no mucho más. Se trata puesde tres libros leídos por placer y agradecido a sus autores por haberlos escrito.

En el caso de La letra pequeña, aunque lo leí para presentarlo en octubre, me fascinó desde el primer momento y, yo que soy lector poco asiduo de novelas, lo devoré en tres tardes y disfrutándolo como hacía tiempo que no me ocurría con una novela. Puesto que ya lo reseñé para ALBORADA en diciembre pasado, transcribo algo que ya dije allí: “A mi modo de ver, el gran acierto de la novela es el tratamiento y las radiografías tan hondas y precisas de unos personajes en los que el desencanto y la erosión del paso del tiempo se acentúan sobremanera. Las distintas ancianas viudas, Leandro, la lotera, Angelines, los inspectores Vázquez y Senabre... tras unos comportamientos tan políticamente correctos, el autor nos irá desvelando todo ese mundo interno que va sacando lo peor de cada uno de ellos”. Y concluía señalando que se trata de una obra “de la que se sale tan enriquecido en lo referido al conocimiento de aspectos tan íntimos de sus personajes (en nada distintos a nosotros mismos) como agradecido al autor por haberla escrito”.

Recomendado por un amigo, la lectura del libro de poemas PADRE me reconcilió conmigo mismo, con mi pasado y con la vejez de mis padres. La dificultad de dedicar todo un libro de poemas al propio progenitor sin caer en lo cursi o en la idealización se resuelve en este libro de un modo impecable: los 57 poemas que lo componen, divididos en tres secciones, mantienen un tono y una emotividad que sin duda llegan a tocarte. La figura de Fermín Piqueras, padre del poeta, discurre por estas páginas dejándonos la grandeza por lo sencillo, lo noble y lo generoso de un agricultor de aldea. Hasta extremos hoy ya desconocidos. Encontrar un libro tan natural ética y estéticamente, sin afectación alguna, de un comedimiento tal, es asombroso. Y más que reseñable. Poemas como Agüeras, Inventor de hombres, Síntomas, Generoso o Nombres borrados (por citar solo algunos) son auténticas obras maestras. Un libro con el que Juan Vicente Piqueras confirma que no fue casual el premio Loewe de 2013 por su poemario Atenas.

Anuncio de la presentación del libro de Juan Vicente Piqueras, PADRE.

Estimulante. Profundo. Accesible. Tres adjetivos que describen bien el libro El poder de la alegría. El placer o la felicidad, según Lenoir, no son sinónimos de alegría que, además, apenas si ha sido considerada por los filósofos. Sólo algunos como Montaigne, Spinoza, Nietzsche o Bergson indagaron de verdad en ella. Más allá del goce de lo momentáneo o de la búsqueda de una satisfacción permanente, actitudes como la atención, la confianza, la gratuidad, la gratitud… y procesos como el desligamiento, es decir, la liberación interior, y el proceso inverso de religamiento con el mundo, de amor y respeto a uno mismo y a los otros, estarían en la base de una auténtica alegría de vivir. “La alegría lleva en sí un poder que nos empuja, nos invade, nos hace saborear con plenitud. La alegría es una afirmación de la vida”, nos dice Lenoir e insiste en que este es el camino para cultivarla y alcanzar una sabiduría de la alegría. Y lo dice además con un lenguaje sencillo y accesible, sin renunciar a la hondura, lejos de toda autoayuda.

Frederic Lenoir y su libro El poder de la alegría.

Concluyo con tres fragmentos, uno de cada libro mencionado:

 

Por nada del mundo hubiese pensado doña Maruja Pujalte que la última imagen que se iba a llevar de este mundo antes de morir sería la del agua de la cisterna escurriéndose en silencio y sin control por el inodoro de su cuarto de baño.

“Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir…”

Incapaz de hacer nada por evitarlo, doña Maruja Pujalte rememoraba casi sin querer las tediosas tardes de poemas recitados en voz alta por su difunto marido junto al ventanal grande del salón. Siempre refunfuñó porque jamás le gustaron los poemas y no alcanzaba a averiguar si se debía al repetitivo torrente salmodiado con el que con el que cada tarde su marido la atormentaba o por el inexplicable y fastidioso hecho que suponía la comprobación del disfrute de su cónyuge con el poemario descansando entre sus manos. No obstante, con el transcurso del tiempo los recuerdos comenzaron a empañarse con el ligero barniz del olvido y solamente de vez en cuando y sin poder remediarlo, asomaban de la manera más insospechada, cual fogonazos de arcabuz, aquellos poemas que, como ahora, regresaban con violencia a su memoria ante el insultante hilillo de agua perdiéndose ahí abajo perlando la pulida superficie del retrete.

La letra pequeña

Heli García Mallebrera

AGÜERAS

A sus ochenta años mi padre se pasa el verano entero haciendo unas aguaderas, o dicho en su habla, enjargotando unas agüeras de pleita para el burro que quiere comprarse. A ver si me hago con un burro, dice mientras trenza el esparto. ¿Tú me podrías traer un burro de allá donde vives?me pregunta.

Conforme se hace viejo regresa a su niñez y sueña con la burra en que montaba de crío. Iba a decir de niño, pero él nunca fue un niño, esa palabra no existe en mi pueblo, él fue zagal, chaval, guacho, mocoso, crío, una burra para ir a los pozos con los cántaros, para cargarle el baleo con leña para la lumbre. Un burro para que le ayude a llevar el peso de lo vivido y el de saber que se acaba. La burra con la que ganó el gran premio de Jerusalén.

Cuando tenía ocho años lo sacaron de la escuela y lo pusieron delante de un arado romano que no podía sostener. Era la guerra. Sus hermanos se habían ido al frente y a él se le caía el arado de las manos y lloraba por no poder hacer lo que le habían mandado.

Ahora a sus 80 años le ha dado por hacer cada día, tenaz, menesteroso, sus agüeras de pleita. Para nadie. Para nada. Como yo mis poemas. Igual que Ocnos trenzaba sus juncos. Para un burro que no comprará. Para llevar en ellas cántaros que ya no hay a pozos que se han hundido o se han quedado ciegos. Y lo hace con una destreza y con un candor que desaparecerán con él.

PADRE

Juan Vicente Piqueras

 

Bergon señala que las grandes alegrías creativas, las únicas que realmente considera, son siempre el fruto de un esfuerzo. Y relaciona este esfuerzo con la resistencia que opone la materia: “La materia provoca y vuelve posible el esfuerzo. El pensamiento que solo es pensamiento, la obra de arte que solo es proyecto, el poema que solo es un sueño, no han necesitado de ningún trabajo aún; es la realización material del poema en palabras, la concepción artística en estatua o en cuadro, lo que exige un esfuerzo. El esfuerzo es penoso, pero también es precioso, más precioso que la obra en la que ha desembocado, porque, gracias a él, ha sacado de sí más de lo que tenía, se ha alzado por encima de sí mismo”. Me adhiero totalmente a estas palabras, y lo ampliaría a todo trabajo que nos ha exigido un esfuerzo. La perseverancia en el esfuerzo hasta la realización de un proyecto es casi siempre fuente de alegría. ¡Me acuerdo de la que me invadió cuando puse punto y final a mi tesis de doctorado después de siete años de trabajo!

El poder de la alegría

FrédéricLenoir