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Biblioteca Alberto Navarro de Elda

Bajo este título casi decimonónico, por el concepto geográfico, recojo el guante lanzado por Rafael Carcelén, en su blog sobre literatura y paso a dar mi opinión, insisto, siempre desde la perspectiva personal y de ciudadano de a pie, nunca como profesional de la lectura y menos como bibliotecario, para evitar mayores consecuencias.

 Hace muchos años que la lectura forma parte de mi vida diaria, más de los que llevo como profesional. En todo este tiempo he tenido ocasión de pasar por distintas situaciones y de compartir con muchas personas, profesionales de la educación unos, lectores empedernidos otros, los sinsabores de la indiferencia institucional ante la práctica lectora. Por ese motivo, junto a otros kamikaces sociales dudamos de las declaraciones regladas en gran medida. Leer las cifras estadísticas con las que nos bombardean, pintando un panorama triste y sombrío de un hábito tan personal como es este, huele más bien a excusa interesada para volver a legislar, dando una vuelta más de tuerca y quitar frescura y espontaneidad a algo tan libre como es elegir lo que queremos leer y cuando hacerlo.

Posiblemente esos intereses oficiales,  nada ajenos a los egos políticos lleven a minusvalorar al lector anónimo, agrandando por otra parte la dimensión de la lectura hasta magnificarla, de forma que le restan espontaneidad y sí, leer es una reafirmación de la cultura, pero también da sentido a la libertad del individuo en cuanto a la elección e identificación de sus intereses. Y es cierto que en la jungla de las propuestas culturales que se nos ofrecen a diario, el ruido que este exceso produce, hace más difícil el camino a seguir en estos momentos, de lo que pudo serlo en épocas pasadas. Pero también nos encontramos ante un universo rico en propuestas, soportes variados y todos ellos apetecibles, sin olvidar la imagen, esa que vale por mil palabras, pero que necesita mil palabras para poder explicarla.

Sesión de animación en la sala infantil de la biblioteca Alberto Navarro

En ocasiones sí cunde el desánimo ante la opinión general de que no se lee, pero solo hay que ver el trasiego incesante en las bibliotecas, con clientes de estas, relajados, repasando los lomos de los libros, ojeando las distintas secciones, sin prisa, disfrutando de su “vicio solitario” ante el público que le rodea, haciendo alarde de él. También en las librerías, en las ferias del libro, en las páginas web de editoriales o comerciales, leyendo blogs, como este que nosotros construimos. Muchos de estos lectores irreductibles, podrían haber salido de esas campañas institucionales que los agentes de la lectura llevan poniendo en práctica desde hace decenios, aun a costa del enfado y la oposición encubierta de politiquillos mediocres, ufanos de ser poseedores de una culturilla de magazine de fin de semana.

Esa es la grandeza de la lectura. Que nos hace libres. Que nos da alas. Nos permite vivir mil vidas en otros tantos escenarios. Resistimos el día a día gracias a ella. Confiamos en inocular ese virus a otros que, como nosotros, sean capaces de vivir para cuidarla y transmitirla, y somos legión.

Cuando un día los informes oficiales lleguen a decirnos que en el mundo no quedan lectores, tan solo aquellos que se consideran en la élite del mundo cultural, volveremos la vista a la calle, a las bibliotecas, a los transportes colectivos. No nos cuadrarán las cuentas, pues en ellos seguiremos viendo lectores absortos, embebidos en su vicio, contaminantes para los otros. Sonreiremos para nuestro interior, mientras nos adentramos en el bosque urbano de los hombres libros. Y cada uno llevaremos en nuestra memoria, en nuestro corazón y en nuestra voz, el mensaje de aquel relato que nos dio vida y alimento, mientras gritamos silenciosamente, con el mensaje gestual: Sí, soy lector, como miles, millones de mujeres, hombres y niños, contra pronóstico y estadísticas.

Juan Vera

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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