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La celebración del Día de San Valentín, el 14 de febrero, es para la mayoría de las parejas un motivo de fiesta y también un momento idóneo para recordar cómo se enamoraron. Cada una tiene sus singularidades, aquí se recogen una muestra, cuatro historias de amor que demuestran que hay parejas destinadas a estar juntas desde que sus caminos se encuentran.

 Ella de Petrer y él de Elda, dos fiestas y un sentimiento

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Antonio y Anto son la prueba del buen entendimiento entre Elda y Petrer | Jesús Cruces.

Anto Noya es de Petrer y  Antonio Melgarejo de Elda, y se conocieron hace 22 años cuando esto todavía importaba, "mis tíos me dijeron que por lo menos él era de la parroquia de San Francisco de Sales", comenta ella. Las cosas han cambiado y ahora ya no existen esos prejuicios: "Mis hijos no diferencian si sus amigos son de Elda o de Petrer", añade.

Las fiestas de Moros y Cristianos de ambas poblaciones ejemplifican el buen entendimiento que existe entre esta pareja, de hecho, él será el capitán de la comparsa Tercio de Flandes este año, mientras que ella desfilará en el Boato de los Contrabandistas en Elda, lo que le lleva a exclamar: "Si mi padre levantara la cabeza...".

La pareja vive en Petrer y decidió que sus dos hijos salieran solo en una de las fiestas "si no cuando fueran mayores la preocupación sería doble", indica Anto. Él pertenece a la escuadra "Diego Corrientes" de los Contrabandistas, mientras que ella no era festera en Petrer, aunque cambió de opinión: "Como los niños quieren ir con sus padres, decidí salir en Petrer para que se quedaran en mi pueblo que es donde tienen los amigos". Este hecho no le preocupa en absoluto a Antonio "porque donde ellos quieren estar es en Elda ya que tienen su espacio natural en mi cuartelillo con otros niños", dice satisfecho y añade que cuando llegan las fiestas "están deseando bajar, de hecho, mis cuatro sobrinos de Petrer también se visten de Contrabandista porque les paso los trajes de mis hijos".

Antonio es secretario de la UNED de Elda y Anto es trabajadora social de APANAH. Se conocieron en un campamento organizado por el Colectivo Juvenil de la parroquia de San Francisco de Sales, donde él era su monitor. Luego pertenecieron juntos a la JOC. Anto no olvida que su marido le gustó desde el principio porque le hacía reír y "es una persona servicial y generosa, que nunca ofende y hace la vida agradable". Mientras que Antonio siempre ha valorado en su mujer que "desde que la conocí, y no ha cambiado, me ha gustado su capacidad para escuchar, de saber ponerse en lugar del otro y su ausencia de prejuicios, aunque parezca muy visceral".

 

Cristina y Rubén, un reencuentro inesperado

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La pareja  vive en uno de los lugares con más historia de Elda, la calle Nueva | Jesús Cruces.

Cristina y Rubén, dos eldenses de 29 años, se conocen desde que tenían 14 años de edad. Salían en la misma pandilla y, aunque eran solo amigos empezó a surgir algo especial entre ellos y comenzaron a mirarse con otros ojos. Sin embargo, aquel no era su momento y pese a sentir un interés mutuo surgió un desencuentro y dejaron de hablarse. Durante su etapa de estudiantes se perdieron la pista aunque ambos vivían en Elda y, sobre todo, desde que Rubén se marchó a Francia e Irlanda para ampliar su formación.

Tras cinco años en el extranjero Rubén volvió a Elda, pero no se reencontraron hasta hace algo más de un año, cuando el azar quiso que volviesen a encontrarse durante las fiestas de Fallas.  En ese momento él había decidido iniciar una nueva aventura empresarial en Estados Unidos. Sin embargo el avión despegó con el asiento de Rubén vacío gracias al encuentro fortuito entre ambos, pues el destino volvió a unir sus vidas en un momento en el que su historia de amor era posible.

Cristina recuerda que “el volvía a tener la misma sensación que cuando nos conocimos, yo empecé a verle con otros ojos, pronto comencé a quererle”. Para Rubén el volver a encontrarse en ese exacto momento fue “cosa del destino, tuve claro que no volvería a separarme de Cristina una vez más”.

Desde que sus vidas volvieron a unirse no han pasado un día sin verse. Ahora, cuando comenzaron su historia hace poco más de un año ya tienen fecha de boda en la iglesia de Santa Ana, a pocos metros de la calle Nueva, donde actualmente viven juntos.

 

Alina e Iosif Bogdan, un amor que no conoce fronteras

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Alina e Iosif  decidieron que su hijo Jesús y su futura hija nacieran y crecieran en Elda | Jesús Cruces.

Alina Ilies de 28 años y su marido Iosif Bogdan de 30 años nacieron en Rumanía, pero debido a los avatares de la vida cada uno se fue a un país distinto para poder trabajar, él vino a España y ella se fue a Italia. 

En 2009 se conocieron en su país de origen, en la localidad de Nisiporesti, precisamente en el bautizo del hijo de uno de los hermanos de Alina, celebración a la que también acudió Iosif pues su familias eran vecinas y coincidió que él había ido a Rumanía para renovar el carnet de identidad. En esos años, Iosif trabajaba en Denia, hasta que poco después se instaló en Elda, junto a un hermano y una hermana, que también trabajaban en esta ciudad. Mientras que ella tiene un hermano que es cura en Dinamarca y otro que trabaja en Italia.

Alina cuenta que cuando conoció a Iosif ella tenía novio, pero no veía su futuro con él. Después de este encuentro, Iosif volvió a España aunque ya se había fijado en Alina, quien le gustaba desde que eran niños. Cuando Iosif regresó a España llamaba a Alina casi todos los días y le pedía que viniese a Elda para conocerse un poco más y comprobar si le gustaba este país. Después de unos meses, ella vino a Elda por un mes y luego regreso a Milán, donde trabajaba. Entonces ya había dejado a su novio y quería tener un futuro con Iosif. 

La relación entre ambos no fue fácil debido a la distancia, pero se querían casar y estar juntos, aunque cada uno vivía en un país distinto. Esos dos años de noviazgo fueron, pese a todo, "muy bonitos porque nos estábamos conociendo, y malos porque no podíamos vernos casi nunca, pero yo empecé a aprender a hablar español". A pesar de estas dificultades, el 7 de agosto de 2011 se casaron en Rumanía el mismo día del cumpleaños de Alina, un domingo, pues la tradición de su país es que sólo se pueden casar sábados o domingos, ella tenía 23 años y el 26. Poco después Alina fue a trabajar a Barcelona y "allí aprendí a hablar catalán, que es más difícil que el español -bromea- y así seguimos hasta que se me quedé embarazada y dejé el trabajo cuando tuve a mi hijo".

Entonces vino a vivir a Elda, a la casa que Iosif había construido él mismo durante los fines de semana cuando no tenía trabajo. Y es que una de las cosas que más le gustó a Alina de su marido era que "además de ser alto, guapo, muy bueno y cariñoso, sabe hacerlo todo".

Los padres de ambos siguen en Rumanía y hace un año fueron a visitar a sus familias para que viesen cómo había crecido el pequeño Jesús Alejandro Bogdan, un niño que les colma de felicidad. Ella ahora está embarazada y muy pronto tendrán una niña, motivos todos ellos por los que dice que quiere mucho a su marido y lo querrá toda su vida.

 

Isabel y José Manuel Orovio, un amor imposible de olvidar

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Isabel ha dejado su vida a un lado para cuidar a José Manuel | Jesús Cruces.

Hay parejas que están destinadas a estar juntas. La historia Isabel y José Manuel Orovio, de 63 y 61 años respectivamente, surgió hace casi 50 años en un pequeño pueblo de Ciudad Real, Torralba de Calatrava, donde eran vecinos y crecieron juntos. A los 16 años se hicieron novios y el destino quiso separarlos durante un corto lapso de tiempo, pues la familia de él se mudó a Elda para prosperar, y la de ella lo haría un tiempo después. Mientras estuvieron separados, no dejaron de enviarse cartas ni un solo día. Ya en Elda, ella se instaló en la misma escalera en la que él vivía, Isabel bromea: "Somos un apéndice el uno del otro". 

Tiempo después, cuando ella tenía 22 años, se casaron, y pronto llegó al mundo su primera hija, cuatro años después lo haría la segunda. Él trabajó como pintor hasta que entró a formar parte de las filas del PSOE, ya que fue concejal durante 12 años, mientras que ella trabajó en una fábrica de calzado y como aparadora. 

Todo iba sobre ruedas hasta que hace ocho años a José Manuel le diagnosticaron alzhéimer a la temprana edad de 53 años. Un duro golpe que tanto Isabel como sus hijas sobrellevan gracias a su voluntad y fuerza.

Isabel le sigue queriendo como antes, pues "solo tengo sentimientos de cariño por él" y añade que "hay quien piensa que si no me reconoce no haría falta que estuviese tanto tiempo con él, pero yo le quiero y deseo estar con él, es así de simple”. La cruel enfermedad avanzó muy rápido, afectando primero al habla, Isabel asegura que es lo que más echa de menos es "el no poder tener una conversación con él". Sin embargo, percibe que "a veces hay algo en su mirada, lo siento, creo que hay un segundo en el que me identifica, notas que te mira de una forma especial".

La vida de Isabel ya no es la misma. Se ha parado. Ella misma admite que "trato de que no ocurra, pero mi vida social se ha terminado". Y es que Isabel lleva ocho años volcada totalmente en cuidar a su marido, quien de lunes a viernes asiste al centro de día de Elda. Para ella es algo muy simple: "Bajo mi punto de vista lo estoy haciendo bien, no me importa no salir, pues prefiero estar en casa con él. No lo echo en falta, quiero estar con él. No me luce irme y dejarle". Prueba de su compromiso con la enfermedad de su marido es su cargo de presidenta de la Asociación de Familiares y Amigos de Enfermos de Alzheimer y ayuda a quienes están pasando por su misma situación. 

Este puede parecer un caso atípico, pero es una de tantas historias de amor en las que una dura e ingrata enfermedad se lleva toda una vida al olvido, mientras que su pareja mantiene su amor incondicional dejando su mundo a un lado.

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