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Desde 2.000 a.C. a 44 d.C. la península arábiga fue habitada por pueblos semitas especialmente dedicados al pastoreo. Estos pueblos en la antigüedad ocuparon lo que se conoce como la Baja Mesopotamia, situado en las proximidades de la ciudad de Ur, que no eran otra cosa que los que procedían del otro lado rió Éufrates. Hacia el siglo XVIII a.C., cuando dominaba la primera Dinastía de Babilonia, este pueblo se trasladó desde Ur hasta Palestina, que antiguamente se llamaba Canaán. Probablemente ese desplazamiento se debía a la necesidad de obtener alimentos, pero también por la presión ejercida por los pueblos mesopotámicos. Su pueblo estaba constituido por un grupo de 12 tribus que hacia el 2.000 a.C. se asentaron en  Palestina, donde fundaron su ciudad propia y se dedicaban  a la cría de ovejas. Curtían cuero y calzaban un tipo de sandalias. Las que calzaban las mujeres tenían incrustaciones de metal, e incluso solían poner el nombre de las personas que lo calzaban, cuando la persona amada las regalaba; el nombre se colocaba en relieve en la parte de la suela y así a cada paso, se marcaba dicho nombre en los polvorientos caminos.

Como hemos dicho, el calzado de los hebreos era generalmente formado por sencillas sandalias de cuero que se ataban mediante correas a la pierna. La costumbre era descalzarse al entrar en las viviendas y también para realizar cualquier tipo de comida. En las casas de los ricos, un esclavo o siervo quitaba el calzado a los invitados. También se descalzaban al entrar en un lugar santo. El hecho de llevar calzado y cubrirse la cabeza en un día de duelo era una manera de esconder el dolor. En los tiempos antiguos de Israel, para demostrar que se había llevado a cabo una transacción, el vendedor se quitaba la sandalia, que daba al comprador, lo que simbolizaba la transmisión del derecho de propiedad. Pero si un hombre rehusaba casarse con la viuda de su hermano, ésta le quitaba la sandalia y le escupía en la cara. Echar la sandalia sobre algún lugar denotaba la posesión sobre ese lugar.