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Espectacular zapato de tacón de aguja exponente de máxima calidad.

Repasando vivencias personales y algunos escritos anteriores, constato que nuestro calzado de mujer es algo consustancial con la percepción que se tiene del buen zapato fabricado en Elda. Pero esto no siempre fue así. Antiguamente la calidad, en términos generales, estaba en las manos del buen hacer de los trabajadores de la empresa; los zapatos hechos casi de forma artesanal dependían, en lo que a calidad se refiere, de la profesionalidad de las aparadoras, zapateros etc, sobre los que no existía apenas ningún tipo de control ya que se esforzaban en aplicar sus propios controles para que el zapato fuese casi una obra de arte. En las muchas conversaciones que he mantenido a lo largo de mis visitas a fábricas, recuerdo una con el gerente de la prestigiosa industria de Antonio Porta, cuando la empresa estaba instalada en la actual Plaza del Zapatero. Recordaba que en los años posteriores a la Guerra Civil Española y previo a la Segunda Guerra Mundial, Elda atravesó uno de esos momentos de esplendor que se producían de "uvas a peras". Unos comerciantes de zapatos de los Países Bajos visitaron Elda y dejaron miles de pares de zapatos en pedidos repartidos por varias fábricas, en concreto a Porta le encargaron más de veinte mil pares de calzado de señora. Pero la calidad fue tan dispersa y tan mala, en algunos casos, que tras aquella prueba desaparecieron de la misma forma como habían llegado y nunca más volvieron a encargar zapatos en España.  

Los años 60 del siglo XX nos trajeron, gracias a las ferias del calzado, el inicio de ventas de zapatos a los mercados exteriores, especialmente a EE.UU., y de nuevo la industria local empezó a sufrir los reveses serios por culpa de la calidad. Las empresas, casi siempre muy pequeñas y con escasas capacidades de producción, aceptaban pedidos importantes con una segura forma de pago, el conocido como "crédito irrevocable", es decir, no se cobraban los zapatos hasta que el despacho de aduanas extendiera el correspondiente libramiento que confirmaba que las partidas de aquellos pedidos estaban embarcadas y con destino a los clientes, sólo entonces los Bancos autorizados abonaban los importes del pedido a los clientes. Pues bien, se produjeron muchas picarescas que crearon una cierta alarma entre los responsables del sector. Hubo alguna que otra empresa que, ante la imposibilidad de cumplir con las fechas límite que establecía el crédito, optaron por introducir algunos zapatos en las cajas a falta de montarlos, o sea, sin acabar. Aquello posibilitaba que el fabricante cobrase la totalidad del pedido, pero inmediatamente se encontraba con una querella por estafa y otros perjuicios que dimanaban sobre el sector en su conjunto. Esa y otras formas de proceder menos escandalosas fueron mermando nuestra credibilidad ante determinadas comercializadoras extranjeras que barajaban la idea de abandonar nuestro mercado para recalar en los que para ellos eran tradicionales en Europa, concretamente volviendo a Italia que era el país que suministraba el zapato de lujo de mujer, aunque a precios mucho más altos.  

Vista de una moderna fábrica de calzados de alta gama en la que se aplican los controles de calidad | Jesús Cruces

La grandes compañías, especialmente americanas, optaron por contratar "in situ", a personas de probada profesionalidad que se encargaban de comprobar uno por uno, los zapatos que se metían en caja y eran destinados al mercado antes de su embarque. Como es natural, ese aditamento complicaba el precio final, que se elevaba. Pero lo más dañino para los eldenses era que, ante esa nueva situación, se producía una pérdida de credibilidad y eso no era bueno para el prestigio de nuestros zapatos ni para la bien ganada fama de ser artistas, "zapateros de Luis XV", como se nos llamaba. Más adelante las empresas eldenses tomaron buena nota y en las cadenas de montado incluían un puesto que llamaban "control de calidad", donde un responsable de la propia empresa debía revisar cada zapato que pasaba por ese lugar. Lo cierto es que el industrial eldense tuvo que aprender la lección (a veces amarga) para comprender que si se descuidaba la calidad se perdía todo.