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Un sábado 22 de febrero de 1812, a escaso un mes de que las Cortes de Cádiz promulgaran la primera Constitución Española, en una pequeña villa del sur del reino de Valencia, nacía Francisco Ganga Ager (1812-1871), conocido posteriormente como “El Seráfico”; siendo bautizado al día siguiente en la parroquial de Santa Ana, de Elda.

Hijo de Pedro Ganga Vera y de Teresa Ager Conesa, cofineros de oficio y de los que aprendió su habilidad para trenzar esparto. Nada conocemos de su niñez y de su juventud. Pronto se alistó voluntario en el Ejército, siendo destinado a la isla de Cuba, donde estuvo hasta fecha incierta de 1841-1844. Vuelto a Elda, su facilidad en la improvisación de versos sobre cualquier materia, personas u ocasión le hizo ganar fama no sólo en Elda, sino en todos los pueblos de la comarca a los que acudía en busca de trabajo. Tras una corta estancia de 6 meses en Madrid (1854), regresa definitivamente a Elda.

Aficionado en exceso al vino, siempre estuvo rodeado de gentes humildes como arrieros, trajinantes, braceros o peones; siendo más dado a la taberna que al trabajo; dedicándose a trabajar hasta que conseguía los reales suficientes para una rudimentaria subsistencia.

En palabras de Alberto Navarro, cronista oficial de Elda, "una de las figuras más sugestivas e interesantes de las que ha tenido Elda en todos los tiempos”. Conocidas son sus rimas rápidas, sencillas y simpáticas. Poseía una gran facilidad para improvisar versos cuando alguien se lo pedía o le daba pie. Nada escapó a su arte: la política nacional, el vino, el trabajo, la muerte, etc. Abundan los versos de circunstancia, personal o alusivos a otros, los humorísticos y desenfadados a situaciones o personas de su entorno y no pocos “versos verdes” cuya autoría no está suficientemente acreditada. Por fortuna, muchas de sus composiciones fueron recogidas en diversos libros desde el año 1902, permitiendo que, junto con la trasmisión oral intergeneracional, sus versos llegaran hasta nuestros días.