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Resumen de lo publicado

 

Salu Amat ha venido a las fiestas de Moros y Cristianos tras veinte años de ausencia. En la madrugada del viernes escucha una conversación sospechosa entre dos hombres. El viernes por la mañana, la ciudad descubre que la imagen de san Antón ha sido secuestrada. Por la noche, al llegar a su portal, Salu también es secuestrada por los facinerosos que han robado el Santo.

El sábado por la mañana, mientras tiene lugar la Embajada, Salu recobra el conocimiento en una vieja fábrica abandonada. Por otro lado, la familia y los amigos han denunciado su desaparición a la Policía, que se dispone a emprender su búsqueda.

 

Sábado, 13:30 h.

 

Enfrascados en sus naipes y sus litronas, los secuestradores se niegan sistemáticamente a responder a las preguntas de Salu. Así que lo único que esta logra sacar en claro es lo obvio: que se encuentra en una fábrica de calzado abandonada, y que esta se halla a no mucha distancia de la ciudad, a juzgar por cómo se escuchaba la arcabucería. Como pista no es gran cosa, tratándose de Elda: en cualquiera de sus cuatro cuadrantes habrá docenas de viejas fábricas como esta, vestigios de naufragios sucedidos en alguno de los inmisericordes temporales sufridos por el calzado. Al menos sigue en Elda, se dice, en un esfuerzo por animarse a sí misma. Quizá al norte, en La Torreta; quizá al este, en la Nueva Fraternidad; o al sur, más allá de la Feria.

Otra conclusión obvia es que deben de ser entre las doce y media y la una de la tarde. Pronto, si no lo han hecho ya, las banderas de las comparsas cristianas serán retiradas discretamente del castillo; y las moras, izadas. El embajador moro recorrerá en triunfo la calle Nueva con su séquito, y el pueblo, jubiloso en la victoria como en la derrota, se dispersará en pos del segundo aperitivo de las fiestas.

Y ella se siente sola, asustada y, de repente, culpable. Hasta ahora —¿cómo es posible?— no ha pensado en Almudena y en sus padres. Tan preocupada como estaba por ubicarse, tan atemorizada por el secuestrador de la sonrisa obscena, no ha dedicado un solo segundo a quienes más le importan. ¡Dios, qué estará pasando por sus cabezas! Hará horas que la echan de menos. Habrán llamado a Mamen, quien, a su vez, habrá llamado al bueno de Rafa, imaginando que acabaron la noche juntos, pero bien acabada. Pensándolo bien, ojalá ella hubiese ignorado sus remilgos y se hubiera dejado querer por él. Ojalá se hubiera liberado de los escrúpulos que la encorsetan y lo hubiese besado con todas sus fuerzas bajo la concha del auditorio, que era lo que de verdad, para qué engañarse, le apetecía; y ojalá él, en lugar de mostrarse tan sumamente caballeroso, la hubiese llevado a su casa en volandas y...

Salu se descubre el pulso acelerado. Echa el freno a sus pensamientos, porque, en la situación en que se encuentra, ponerse a fantasear tampoco es plan. Pero sí es cierto, se dice, que de haber sido menos reflexiva, seguramente habría pasado una noche mucho más gratificante, y que ahora estaría tomando el aperitivo en lugar de verse en este trance. De repente, y sin que venga a cuento con todo lo anterior, siente una necesidad íntima, imperiosa.

—Necesito ir al baño —dice en voz alta.

Los dos hombres la miran como si hubiese pedido un cóctel de champán. Luego, tras cruzar una mirada entre ellos, estallan en carcajadas. Solo cuando puede respirar normalmente de nuevo, el espigado frunce el ceño.

—¿Aguas mayores o menores? —se interesa.

—Menores —responde Salu.

—Nosotros lo hacemos ahí fuera, en el patio —se encoge de hombros el corpulento—. Puedes hacer lo mis...

—Puedes usar el antiguo aseo —lo interrumpe su compañero—. Ahora está cegado, así que tendrás que apañarte con esto.

El secuestrador se levanta de la mesa y le tiende un mugriento cubo de plástico y un rollo de papel de cocina. Salu levanta ambas manos, atadas con una brida eléctrica por las muñecas. 

—Pero con esto no puedo...

—Si quieres —se ofrece el corpulento—, puedo bajarte los pantalones y las braguitas, ¡ja, ja!

—Date la vuelta —ordena el espigado, ignorando las chanzas del otro.

—¿Qué va a hacer? —se alarma Salu.

—Quitarte la cartuchera. Para lo demás, te apañas como puedas tú solita. ¿O prefieres que te ayude él?

Ella resopla resignada. Casi mejor, reconoce, que no se trate de aguas mayores.

 

* * *

 

Un cuarto de hora después cuatro rítmicos golpes en la puerta de entrada parecen formar una clave convenida.

—Es el jefe —dice el secuestrador espigado. Mientras acude a abrir, hace un gesto a su compañero en dirección a la secuestrada—. Llévala al garaje. No querrá que le vea la cara.

 

* * *

 

Desde una estancia oscura, anexa al taller de zapatería, Salu escucha la discusión de los tres hombres. Dado que el tono es elevado, el delgado contrachapado de la puerta no impide que se entienda todo. Lo primero, la reacción del recién llegado al saber que hay una mujer en poder de sus secuaces.

—¿Quién es esa mujer? —se sorprende—. ¿Por qué la tenéis aquí?

—Es la entrometida que me siguió ayer por la tarde —se justifica la voz ronca—. La que hizo que la pasma registrase el Clavelitos.

—Y que nos trincasen casi —abunda la voz afinada—. Ha estado a punto de joderlo todo.

—Ya, pero ¿qué hace aquí? —insiste el jefe—. ¿La habéis secuestrado?

—La hemos, jefe; la hemos —puntualiza la voz ronca—. Estamos juntos en esto, recuerda.

—De eso nada —se resiste el aludido—. Yo no he ordenado secuestrar a nadie, ni voy a participar en...

—Tú ya no das órdenes, jefe —lo corrige la voz afinada—. Tu plan de conseguir dinero a cuenta de la imagen ha salido de culo. Ya lo han dejado bien claro, ¿no?, la Junta Central y el Ayuntamiento y la madre que los parió: no van a pagar. Y el pueblo entero ahí sigue: de fiesta, tan campante. Le importa un carajo su Santo. Y nosotros, mientras, aquí encerrados; muriéndonos de asco en este sitio de mierda. Así que dinos, ¿cómo vas a pagarnos los cincuenta mil eurazos que nos prometiste?

Ante el tono crecientemente amenazador del secuaz, el del jefe —exjefe por la vía de facto— se torna balbuceante.

—Yo... ya os dije que no había garantías. Lo prometido era a condición de que la cosa saliese bien. Todavía puede ser que cambien de opinión, pero si no... Si no hay rescate, no hay dinero para nadie.

El caso, se dice Salu, es que su voz no le resulta del todo desconocida. Con la puerta de por medio es difícil decir de quién, pero...

—¿Que no había garantías? Pues ahí tienes una —dice la voz afinada—: la mujer. Yo digo que la utilicemos para obligarlos a pagar.

—¿Utilizarla?... ¿Cómo?

—¿No quieren pagar un rescate por un pedazo de madera? Vale. Pues a ver qué opinan de una rehén vivita y coleando.

—¡No! Una cosa es robar una imagen de madera, y otra, secuestrar a alguien de carne y hueso. ¿Es que no os dais cuenta?... ¡Nos pueden caer diez años, coño!

—Para eso tendrán que cogernos, je, je —ríe la voz ronca—... Además, el riesgo merece la pena.

—¿Qué quieres decir?

—Que no vamos a conformarnos con ciento cincuenta mil, claro.

—Vamos a pedir medio millón —explica la voz afinada—. Tú te estás calladito y te sacas tus cien mil; y el resto nos lo repartimos nosotros dos, que somos los que hemos hecho el trabajo chungo.

—¡Estáis locos! —se indigna el exjefe—... ¡Ni hablar! Yo paso. Abandono...

Pero su antiguo subordinado, ahora socio mayoritario, no parece estar de acuerdo.

—De eso nada; tú te quedas con nosotros. Y una de dos: o echas una mano por las buenas, o te vas ahí dentro, con ella, por las malas.

A la amenaza sigue una larga pausa. Y luego, quizá porque los interlocutores se dan cuenta de que han subido mucho el tono, la conversación se reanuda en voz baja, ininteligible para Salu. Sea por convencimiento propio del amenazado, sea por miedo a sus socios, el caso es que, tras unos minutos de forcejeo dialéctico, los tres hombres parecen llegar a un entendimiento.  

—Lo que vamos a hacer es lo siguiente —dice al fin, alto y claro, la voz afinada; que por lo visto se ha convertido en la voz cantante—: vamos a devolverle al pueblo su imagen, pero bien chamuscada. Vamos a pegarle fuego esta noche delante de sus narices, y vamos a amenazar con hacerle lo mismo a la mujer. A ver si el Ayuntamiento y la Junta siguen tan chulos.

Esta vez no solo el exjefe se escandaliza; también el de la voz ronca lo hace.

—¡Pero qué dices! —protesta el uno—... ¿Estás loco?

—¿No estarás pensando en...? —protesta el otro.

—Claro que no, ¡ja, ja! —ríe la voz afinada—... ¿Por quién me tomáis? Pero ya veréis —añade— como ellos sí que nos toman en serio.

 

* * *

 

A la euforia sigue un largo intervalo de silencio. Para Salu que los ladrones de imágenes, ahora convertidos en secuestradores de mujeres, rumian su plan al tiempo que se agarran a sus litronas. Mientras tanto, sus ojos han tenido tiempo para acostumbrarse a la oscuridad. Al otro extremo de la estancia hay una puerta metálica de persiana: la entrada al garaje, obviamente. Y en el centro hay un artefacto grande; un remolque abierto, de los que se utilizan para llevar trastos y aperos. Salu aprovecha la pausa para acercarse. Sobre el carro, en su centro, hay un bulto voluminoso, cubierto de arriba abajo con una lona basta. Si pudiera... Con cuidado de no perder el equilibrio —las manos maniatadas no ayudan—, sube a la barra de remolque y luego pasa al interior. El bulto tiene metro y medio de altura, aproximadamente. Se diría que... No le resulta difícil desatar la lona, asegurada con pulpos elásticos. Y sí: al levantar una esquina, primero aparece un pie desnudo, ligeramente alzado y apoyado en una roca negra.; luego, unos pliegues primorosamente tallados de blanca túnica; y luego...

Luego la puerta que da al taller se abre.

 

* * *

 

Sábado, 14:00 h.

 

La noticia de la desaparición de Salu ha corrido como la pólvora en el círculo íntimo de los Amat. En el amplio salón de la casa de El Progreso, las conversaciones de los familiares y amigos más allegados se superponen. El tono es grave, muy alejado del aire festivo que impregna la ciudad.

—... Qué putada, Almu, con lo ilusionada que estaba tu madre. Para una vez que viene a Fiestas...

—... Vamos a turnarnos para hacerle compañía y echarle una mano, doña Remedios. Fini y Chelo se quedan hasta que tengan que ir a maquillarse para la Entrada...

—... Sí, otra vez sin disparar. Ayer por la suspensión del Traslado, y hoy... Pero eso es lo de menos...

—... Se la veía muy feliz. Y sobre todo, de ver cómo yo también estaba disfrutando...

—... Y Marijose, en cuanto acabe con los Cristianos, se viene para acá...

—... No se apure, don Paco. Ya verá como todo se arregla rápido. La Policía ha sido muy rápida en tomar cartas en el asunto...

—Llaman a la puerta.

—Voy yo.

—... No sabéis cómo os lo agradezco, Jorge. Tú y Lola os habéis portado de maravilla conmigo. Y Fran, también...

—... Tonterías, queridas. No hay ninguna necesidad de que os molestéis. Nosotros estaremos bien, y Almudena está acompañada por sus amigos. Disfrutad de la Fiesta, por favor...

—Es Rafa Poveda —anuncia Juanma—, con Sergio Aguado y Santiago Vidal. También los acompaña Pepe Valero, el presidente de los Marroquíes. Quieren presentaros sus respetos e interesarse por lo de Salu.

Apretones de manos, intercambio de besos y un efusivo abrazo entre el veterano marroquí y su presidente.

—¿Cómo estás, Paco? —saluda este—. Doña Remedios...

—Preocupados —admite el padre de la desaparecida—. Para qué negarlo.

—¿Se sabe algo? —pregunta el presidente de la Mayordomía.

—De momento, solo que no ha sido atendida por Emergencias y que no ha ingresado en ningún hospital de la comarca, gracias a Dios.

—El relato de su hija nos causó ayer mucha impresión a todos —dice el presidente de la Junta Central—. Espero que una cosa no tenga relación con la otra. ¿Ustedes creen que...?

—La policía no lo descarta —dice don Paco—. La subinspectora Miró, de la Policía Nacional, ha llamado hace un rato para confirmar que el juzgado ha tramitado la denuncia y ha dado permiso para las escuchas y demás...

 

* * *

 

Media hora más tarde, el grueso de las visitas se despide. Hay los inevitables compromisos; obligaciones y devociones que atender. Los buenos deseos y las muestras de afecto se resumen en un nuevo abrazo entre el presidente de los Marroquíes y el veterano comparsista.

—... Cualquier cosa que necesitéis, Paco. Vosotros, ya lo sabéis, formáis parte de nuestra gran familia festera.

 

* * *

 

Sábado, 14:00 h.

 

—¿Qué haces ahí arriba? —se enfada el secuestrador espigado—. ¡Baja enseguida!

Los tres hombres, todos ellos cubiertos con pasamontañas negro, han entrado en el garaje tras la luz de un camping gas.

—No pienso moverme —se resiste Salu.

—Vamos, baja —dice, conciliador, el recién llegado—. No vayas a caerte y tengamos un lío.

Salu se reafirma en que ha escuchado esa voz. En la sala de Juntas de la Casa de Rosas, por más señas. Pero así, vestido de paisano...

—¿Le parece poco lío este en el que ya están metidos? —replica, airada—. Esto es un secuestro, y no van a salirse con...

—Sí, sí..., lo que tú quieras —la interrumpe el corpulento, menos dado a paternalismos—. Pero baja de una puta vez o te bajo yo de un guantazo.

Con un resoplido disconforme, Salu obedece. El tercer facineroso se adelanta para ayudarla, pero ella se retrae.

—¡No me toque! He oído lo que piensan hacerle a la pobre imagen. ¡Son ustedes unos salvajes!

—No es más que un pedazo de madera pintada —se encoge de hombros el corpulento.

—Es mucho más que eso —replica Salu, recordando la defensa que de la talla hicieran Mamen y Rafa—. El culto a san Antón tiene en Elda una tradición antiquísima; y esta imagen ha sido venerada por nuestros padres y abuelos. Para el pueblo entero es muy importante.

—Lo dudo —dice el depuesto jefe, poco convencido—. Pero aprovecha, si quieres verla —añade, subiendo al remolque—. Podrás decir que fuiste la última en hacerlo.

Con la ayuda del corpulento retira por completo la lona que cubre la efigie, y luego aproxima el fanal. Un estremecimiento recorre a Salu. Acostumbrada a ver la imagen en alto, llevada en andas sobre su peana, nunca la ha contemplado tan de cerca. La luz blanca y concentrada del camping gas revela los detalles con extraordinaria nitidez, al tiempo que el contrastado claroscuro le da un aire irreal, casi fantasmagórico. La suave caída de la capa parece más suave que nunca; los realistas pliegues de la túnica, más realistas que nunca; y el sonrosado rostro de frente fruncida en expresión concentrada, más sonrosado que nunca. Indolentemente apoyado en su bastón, eternamente absorto en su lectura, el Santo Anacoreta permanece ajeno a su fatal destino.

El recién llegado también parece impresionado.

—Es hermoso, ¿verdad? —dice.

Salu no responde, abstraída en detalles en los que nunca llegó realmente a fijarse: el anillo de oro que algún fiel devoto colocó en su índice; la cruz pintada en el pecho de la blanca túnica; el cinturón anudado al modo franciscano; la venerable, luenga, enmarañada barba; y el pequeño, simpático, inocente gorrín, tan ingenuamente confiado, el pobre, en la protección de su patrono. Todo eso —salvo el anillo, si los facinerosos andan espabilados— está a punto de convertirse en humo, junto con la ilusión de tantos eldenses de buena fe; y nadie puede impedirlo, porque nadie, salvo ella, está enterado.

—No pueden hacerlo —se resiste—. No tienen derecho. Esta imagen pertenece al pueblo. ¡No pueden quitársela!

Tres pares de ojos se clavan en ella. Bajo los respectivos pasamontañas se adivinan las muecas despectivas, las sonrisas cínicas. Uno de los secuestradores da un bufido, el otro hace una especie de pedorreta. El depuesto jefe, sin embargo, se lo toma en serio. Cuando habla, Salu cree detectar en su voz un deje de amargura, o de desencanto.

—Has dicho que los eldenses la veneran —dice—. Qué equivocada estás. Para ellos, san Antonio Abad no es más que una excusa para ir de fiesta: encender hogueras, quemar pólvora, celebrar desfiles, bailar pasodobles, lucir ropajes suntuosos. No hay nada espiritual en todo eso, y mucho menos en comer, beber y bailar con desenfreno. No, si fueran piadosos habrían hecho un mínimo esfuerzo por salvar su efigie; una cuestación, quizá, para obtener el dinero del rescate. Pero los capitostes que manejan el cotarro ni siquiera lo han intentado. Lo único que les importa es que siga la Fiesta, no se vaya a molestar el pueblo. No vaya a quedarse sin su panem et cirquenses y se les subleve...

Ahora sí, Salu cree reconocer la voz. O más bien, el discurso, tan similar al que escuchó en la sala de juntas de la Casa de Rosas. Tiene, se dice, que ser la misma persona: versada en las tradiciones del pueblo, crítica con su falta de espiritualidad, capaz de soltar un latinajo. Y esa referencia a una cuestación popular, que ya aventuró entonces. Pero... ¿secuestrar la imagen del Santo Abad?, ¿quemarla?... ¿Por qué haría un religioso algo así? ¿Por dinero?, ¿por despecho?

—Bueno, ya está bien —zanja, con la autoridad que parece haber recuperado tras la conversación sottovoce, el secuestrador forzado—. Basta de cháchara. Vamos, guapa; vuelve a tu colchón —ordena, conduciendo a Salu por el codo—. Y vosotros, dejad la imagen como estaba, lista para esta noche.

 

* * *

 

Mientras los otros se afanan en el garaje, en la nave el que primero fue jefe, luego exjefe, y ahora no está muy claro qué, susurra unas palabras al oído de Salu.

—No va a ocurrirte nada —la tranquiliza—. Todo esto va de farol: quedarás libre aunque no paguen el rescate. No somos unos criminales, ¿entiendes? Solo estate quietecita y no des faena.

 

* * *

 

Sábado, 18:00 h.

 

Las dos Entradas, Cristiana y Mora, son los actos centrales de la Fiesta; aquellos en cuya preparación los eldenses han invertido más ilusión, empeño y, todo hay que decirlo, dinero. Si es un lugar común el derroche de fantasía, colorido y suntuosidad con que los diseños de trajes y complementos, fruto de una inagotable fecundidad creativa, sorprenden cada año al público, otros tópicos como la viril majestuosidad de los capitanes, la femenil belleza de las abanderadas, la marcialidad de bloques y escuadras, la desbordante alegría de los pasodobles y la solemnidad de las marchas moras y cristianas, llevan, por fuerza, a concluir que nadie que no haya presenciado una de tales Entradas pueda imaginar su grandiosidad.

No será esta, sin embargo, la triunfal Entrada Cristiana del septuagésimo quinto aniversario, la que infundirá en Almudena pasión por la Fiesta. A las seis de la tarde, hora de su comienzo, la joven y sus abuelos continúan en casa, de donde ninguno de ellos se ha apartado en todo el día, pendientes de los teléfonos por si apareciese Salu o llamase la Policía. Además de Mamen y Juanma, que ha declinado desfilar con sus piratas, los acompañan los padres de Mamen, que tampoco se encuentran de humor para desfiles.

A eso de las seis y cuarto, cuando ya se escuchan por la cercana Juan Carlos I los pasodobles que acompañan el caracoleo de los Estudiantes, suena el timbre de la entrada.

—¡Voy!

Almudena se apresura hacia el zaguán por si acaso ocurre el milagro, pero no hay explosión de júbilo al abrirse la puerta. A pesar de ello, la muchacha regresa menos decepcionada de lo que cabría esperar, pues la acompaña Ángeles Miró.

 

* * *

 

—Hemos revisado las grabaciones de las cámaras de seguridad de la zona —explica, tras los saludos formales, la subinspectora—. Ha sido rápido, porque no hay muchas. En una de ellas, en la avenida Reina Victoria, se aprecia el paso de una furgoneta blanca hacia las cuatro y cuarto de la madrugada. No podemos saber si es la que vio el señor Poveda, puesto que no fue capaz de describirla con detalle. De todos modos, tampoco es posible identificarla: no lleva ningún rótulo distintivo, y la matrícula no se aprecia en la imagen.

»También se han hecho pesquisas por los alrededores, en los cuartelillos y locales que se encontraban abiertos a esa hora, por si en el último momento la señora Amat hubiese decidido ir a alguno de ellos. —La subinspectora anticipa la negativa con la cabeza—. Nadie recuerda haberla visto.

—Y de su teléfono, ¿han averiguado algo? —pregunta Almudena.

—Está desactivado. La última triangulación lo sitúa en este portal, precisamente. Luego, o bien se apagó, o bien...

—Estaba a tope de batería —recuerda Mamen—. Salu lo estuvo cargando en mi casa, durante el Desfile Infantil.

—Entonces alguien lo apagó, sin duda. Hemos obtenido un listado de las llamadas registradas por el operador durante los últimos días. —La subinspectora echa un vistazo a sus notas—: hija, padres, amigos... Nada por ese lado, tampoco.

La ausencia de buenas noticias hace que cunda el desánimo entre los presentes.

—Nada, entonces. Nada de nada —suspira doña Remedios.

—¿Qué más se puede hacer, subinspectora? —quiere saber don Paco

—Esta noche, a las doce, se cumple el plazo dado por los ladrones de la imagen de san Antón —reflexiona la policía—. Si es cierto que ambos temas estén relacionados, quizá entonces sepamos algo. En todo caso, mi equipo ha preparado un comunicado de prensa. Si no tiene ustedes ninguna objeción, lo enviaremos esta misma tarde a los medios locales y comarcales, de forma que pueda ser difundido en los informativos de la noche y en la prensa matinal de mañana.

Mientras el comunicado circula, un silencio pesimista se instala en el salón de la casa de El Progreso. Solo Almudena, visiblemente emocionada, se atreve a profanarlo antes de prorrumpir en sollozos.

—Quiero darle las gracias, subinspectora —dice—, por todo lo que está haciendo por nosotros...

Continuará.