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Te estoy hablando a ti, sí, a ti, que me apartas la mirada cada vez que tu detector de reproches que no quiero oír, cada vez que la lucecita de alarma de todo el mundo está contra mí se te enciende en la frente. Te lo digo porque te conozco y en las arenas movedizas de nuestras peleas cotidianas he aprendido a soportarte y a estimarte de alguna manera, a poner un rostro donde antes solo leía las cifras abultadas de un fracaso que también es el mío, de alguna manera.

Te hablo a ti a quien conocí en aquel caótico primero de ESO en el que suspendiste todo lo evaluable sobre los papeles, a ti con quien he coincidido en este primero en el que las inercias nos están conduciendo a un fatídico déjà vu que no promete nada bueno, a ti con quien quizás coincida el curso que viene cuando, ojalá no sea así, promociones a segundo de forma automática, a ti con trece años y toda la vida por delante.

Te estoy hablando ahora a ti y no a tu familia, a esa a la que tantas veces he llamado sin recibir contestación alguna o a esa que, preocupada, ha compartido conmigo tantas y tantas entrevistas, tantas incertidumbres acerca de qué debemos o qué podemos hacer contigo.

Te hablo a ti a quien, en ocasiones egoístamente, no echo de menos cuando faltas y a quien, sin embargo, preferiría mantener en clase antes de que te pierdas en cualquier parque de la ciudad, con cualquier compañía que te acabará jodiendo la vida o, en el mejor de los casos, unos años de la vida. A ti a quien he visto llorar y reír, hacer daño y sufrirlo, mostrar las mayores virtudes y mezquindades en lapsos inconcebibles para quienes ya tenemos una edad.

Te estoy hablando a ti, al fin y al cabo, a quien, en el mejor de los casos, me encontraré en un futuro en el supermercado, en el centro de salud o en la clase de pilates, con quien me reiré del pasado y de lo bien que nos ha ido, o a quien no llegaré siquiera a reconocer, porque los años nos cambian mucho, demasiado, tanto si tienes trece como si pasas de los cuarenta.

Te lo pregunto porque no tengo todas las respuestas por más que me esfuerce. Eso es algo que también el tiempo me ha enseñado. Porque me urge y no me da igual una cosa que otra. Porque no quisiera equivocarme aunque no tenga ni toda la culpa ni todo el mérito sobre lo que te ocurra. Ni siquiera por creerme mejor profesional o mejor persona. Porque en mi fuero interno pienso que me lo merezco, que es lo menos que puede pedir alguien que desea que crezcas y que seas lo más feliz posible cuando salgas por esa puerta.

¿Qué *** hago contigo?

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Acerca del autor

Autor: Jesús María "Pitxu" García

Jesús María "Pitxu" García Sáenz (Vitoria-Gasteiz, 1970) es doctor en Filosofía y Letras (sección Filología Hispánica) por la Universidad de Deusto. Como profesor de Secundaria ha trabajado en el IES Azorín de Petrer y en el CEFIRE de Elda, en la asesoría de plurilingüismo y en las de referencia sobre programas europeos y coeducación.

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