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Escribo esta entrada el domingo previo a la vuelta a la escuela tras las vacaciones de Semana Santa. Es cierto que aún cuento con el colchón del lunes, festivo en nuestra Comunidad y efímera tabla de salvación para el síndrome postvacacional, pero está claro que este martes niños y niñas y adultos, cada cual desde su responsabilidad, como familia o como profesional de la educación, nos incorporamos a una secuencia de actividades que rompen con los hábitos de los últimos días y recuperan la, a veces ansiada y a veces aborrecida, rutina escolar.

 

   Todo principio suele ser complicado y ocasionar alguna incomodidad. Quien más y quien menos, en especial, los más pequeños, sufre unos cambios manifestados tanto en el estado anímico como, en casos más localizados, en el físico. Es necesario por ello que nos planteemos la mejor manera de afrontarlos.

   Lo ideal, qué difícil conseguirlo, sería ir preparando el regreso de forma natural y gradual durante los últimos días de vacaciones y tratar de mitigar el efecto del nuevo horario adaptándonos poco a poco a su llegada.

   Otra recomendación de los especialistas consiste en intentar transmitir la idea de normalidad a la hora de retomar la nueva rutina e insistir en los aspectos positivos de esta. Ciertamente, los hay. 

   Aprendemos a lo largo de toda nuestra vida, tanto en situaciones formales, por ejemplo, dentro del aula, como fuera de ellas. La vuelta a la clase tras un paréntesis que nos ha permitido variar nuestras actividades, exponernos a situaciones distintas que nos han  enseñado desde otros puntos de vista no debería entenderse como algo tan trágico. Es una vuelta que tiene mucho de reencuentro con las y los demás, de compartir no solo el aula o el patio sino un proyecto educativo personal y comunitario. La vuelta no debería entenderse como un simple regreso, un retroceso, sino como parte de un camino

   Habríamos de afirmarlo y hacerlo explícito en mayor medida desde la propia escuela mediante una relación más estrecha entre experiencias y aprendizaje. Así, cuando reconocemos en este regreso la posibilidad de concretar propósitos formulados durante estos días, más dados al descanso y a la reflexión, sería positivo tener presente el de desdibujar hasta cierto punto la frontera mental que propician las vallas y las puertas de los centros educativos. 

   Tanto a un lado como al otro de ellas, sintámonos invitados e invitadas a mantener la motivación de aprender y crecer con las y los demás porque la vuelta no solo se da en dirección a unos espacios o unos horarios sino también hacia personas que aquí y allá nos acompañan en ese crecimiento, en el compromiso de lograr un mundo mejor.