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Un error es un hecho cuyos beneficios plenos aún no se han volcado a nuestro favor.

Peter Senge

Odio equivocarme y me temo que esta aversión por el rechazo, por el ridículo que supone el error, más si es público, o por la reprimenda que suele acompañarlo, es algo compartido por una amplia mayoría.

   Me atrevo a decir que esta actitud hacia el error se arraiga en lo más profundo de la educación recibida. Hemos aprendido a ver en él un formidable enemigo, un peligro que conviene evitar a toda costa. A veces a costa de nuestra originalidad o de las posibilidades de enriquecernos con nuevas experiencias no menos educativas. Nos cuesta ver en el error algo ajeno a la frustración, a la desaprobación y a la penalización.  Lo hemos llegado a identificar, con cierto fatalismo, como un enemigo inexorable, generador de tensiones e inseguridades, inhibidor de iniciativas, aniquilador de la autoestima y de la mayor o menor estima que nos puedan tener.

 

   A pesar de lo anterior, en el curso que nos lleva a la experimentación y al crecimiento, en el itinerario de nuestra formación para los múltiples aspectos de nuestras vidas, el error tiene un papel fundamental a la hora de facilitar nuestra comprensión del mundo. No podemos aprender si nuestro único objetivo es evitar unos errores que necesariamente salpicarán este proceso. Esa es la palabra, necesitamos del error como punto de partida para nuestro aprendizaje. Habrá que sacarle partido, lo que conlleva una actuación muy diferente de la habitual, empezando por la que tiene lugar en la escuela misma y en nuestras casas.

   Cuando nuestros hijos e hijas nos traen controles o exámenes corregidos y con una nota numérica, que destaca sobre cualquier otro elemento, solemos sentir una satisfacción proporcional a lo inmaculado del papel. En ausencia de anotaciones quedaremos contentos aunque, en realidad, ¿qué aprenderemos de esa prueba? ¿Se trata simplemente de constatar lo listos o listas que somos o nuestra capacidad para contestar lo esperado? Un examen con muchas correcciones llega a resultar frustrante pero admite la posibilidad de reflexionar, más allá de la simple satisfacción pasajera, y, a partir de ella, la de aprender. 

   Cuando desde el aula o desde la mesa del salón castigamos el error, incluso con un pequeño gesto o una mirada de desaprobación, deberíamos pensar menos en el resultado y más en el camino que nos ha llevado hasta él. Habríamos de valorar si no estamos educando en el temor a la crítica, en el silencio no reflexivo sino temeroso y alienante.

   Como educadores y educadoras, tendríamos que plantearnos, más que una mera sanción, la manera de reconvertir los errores, de que nos den pie a mostrar opciones diversas de llegar al éxito. ¿A qué lleva negar el error y renegar de él o penalizarlo si no nos tomamos el trabajo de descubrir su porqué, el contexto en el que ha tenido lugar? Si nuestra equivocación se ha debido a la curiosidad, a la indagación, ¿la censuraremos igual que si hubiera respondido a la desidia? Es cierto que las causas de los errores son muy diversas y que, probablemente, en otras circunstancias, volverán a repetirse pero ¿vamos a renunciar a una herramienta de conocimiento tan potente como esta? 

   Condenar el error en sí mismo, sin considerar todo lo que se sitúa alrededor y sin una propuesta alternativa, más allá de la penalización es un síntoma de muchos males de nuestra educación (competitividad, individualismo, prevalencia de los resultados...), males que conducen a crear desde edades muy tempranas frustraciones y resistencias con importantes repercusiones en el futuro entre las cuales se podrían citar el conformismo y la ausencia de espíritu crítico. 

   ¿Es lo que queremos? Ojalá no me equivoque al rendir este pequeño homenaje al error y destacar el papel que un enfoque positivo puede jugar en la educación. Y si me equivoco... seguro que, al menos, sabré sobrellevarlo mejor.