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Hace algunas semanas, ni siquiera recuerdo muy bien el curso de la conversación, un compañero pronunció una frase que nos impactó y que, quien más y quien menos, guardó en ese disco duro que todo docente, para bien y para mal, lleva dentro.

Aprender es una secuela de divertirte.

Si nos detenemos en ella, lo cierto es que además de sonar bien contiene en sí misma una verdad muy ilustrativa para el desarrollo de nuestra tarea como enseñantes. Efectivamente, aprender está unido de modo íntimo al placer y la diversión. Aprendemos, cualquier cosa, con la esperanza de ser más felices, de aumentar nuestro bienestar personal o basado en la relación con las y los demás.

 Aprendemos desde que nacemos guiados y guiadas por la curiosidad y la búsqueda de plenitud. Observamos, repetimos, experimentamos, nos equivocamos... reaccionando ante estímulos que aportan sentido a nuestra experiencia, a nuestro discurrir, tal vez la mejora en un desempeño, una mayor  autonomía, la aceptación de los demás, la propia autoestima, el sentirnos mejor, más útiles, más queridos... 

De ahí que esta necesidad irreprimible por aprender esté ligada mucho más de lo que somos conscientes a nuestras emociones, independientemente de la coyuntura educativa, digamos, formal. Si no existieran las escuelas, nadie duda de que seguiríamos aprendiendo de esta forma. No obstante, contamos con escuelas y con docentes capacitados facilitadores, en teoría, de esos procesos de aprendizaje. 

...

Lunes a las 8 de la mañana, madre y padre luchan con sus hijos para sacarlos, para arrancarlos de la cama entre quejas y lamentos. Tengo sueño... No quiero ir... Me aburro... Otra vez colegio... No es justo.

La escena parece demasiado habitual, casa mal con todo lo expresado y suscita serias  dudas al respecto de las carencias desde la escuela y desde la propia comunidad educativa comparadas con otros ámbitos informales o no formales de aprendizaje.

¿Es posible hacer de nuestras escuelas lugares donde aprender por placer? Un blog de educación muy recomendable, el de Salvador Rodríguez Ojaos titula una de sus más recientes entradas "La alegría de aprender, motor del cambio". En ella explica como desde el Ministerio de Educación de Finlandia, uno de los países más significados por la calidad de su sistema educativo, se ha presentado un nuevo currículo fundamentado, ni más ni menos, en la alegría de aprender y el papel activo de los alumnos. Con todas las reservas ante la implantación de modelos exitosos fuera de su contexto, es algo digno de reflexión.

¿Qué nos falta para hacer realidad esa alegría de aprender? No digo que que no haya experiencias placenteras de aprendizaje en la escuela pero sí que algunos factores sobre los que tenemos cierto control y responsabilidad podrían contribuir a que aquellas fueran cada vez más norma y menos excepción.

Puedo pensar en algunos pero la lista sería larga:

¿Cuáles añadiríais?