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Miembros de un jurado deliberando la concesión de un premio literario.

Cuánta expectación cuando se abre el sobre que anuncia al ganador o la ganadora de un óscar. O cuando se abren las plicas tras el fallo en un certamen literario. Un premio debería suponer el reconocimiento a la mejor de las obras presentadas. Sin embargo, cada día se extiende más la convicción de que muchos de ellos están amañados antes incluso de ser convocados. El escepticismo, cuando no la resignación, ante el compadreo que reina a la hora de otorgarlos viene de lejos. 

Hace tiempo que Luís Antonio de Villena lo denunció sin tapujos: “Vivimos en un mundo dominado por el dinero y donde las editoriales, es verdad, se arriesgan poco. Nos podemos preguntar, de paso, si es bueno que las editoriales y las instituciones pacten los premios. Porque es una costumbre generalizada”. Alguna vez José Manuel Caballero Bonald, premio Cervantes 2012, se ha quejado de estos tejemanejes y se ha negado a presidir algún jurado. “Podría decirse que los premios no pactados de antemano son los modestos”, remarca; y añade que “lo que prevalece a la larga es la rentabilidad comercial o el lucimiento de la entidad patrocinadora. Eso de descubrir nuevos valores viene a ser un reclamo para incautos o algo así”.

Un ejemplo muy sonado: la concesión del premio de poesía Ciudad de Burgos hace unos años supuso un eslabón más en este engranaje de impunidad y amiguismo. El jurado, formado por ilustres mandarines del mundo editorial y liriquil nada variopinto (porque siempre son los mismos), concedió el galardón a un libro que ni siquiera fue preseleccionado por los generosos expertos (porque son anónimos y no suelen cobrar) que dejan en diez a los finalistas. Menudo bochorno. Ya lo dijo sin rodeos Juan Cruz en un estupendo artículo de 2010: “Amañan los jurados, y luego pasean el trofeo como si fuera el resultado de un merecimiento. Y en realidad han tenido muñidores situados estratégicamente para hacer parecer justo lo que es simplemente una chapuza”.

Ni Proust ni Borges obtuvieron incomprensiblemente el Nobel.

Ante esta situación de amaños, la lista de autores que rechazan premios oficiales o que cuestionan la imparcialidad de los concedidos es ya muy amplia y muy antigua. Como extensa es la nómina de damnificados que, por muy distintos motivos, casi nunca literarios, jamás fueron reconocidos.  Hablemos por ejemplo de un premio como el Nobel, que nunca recayó en consagrados e insignes creadores que tantos méritos acumularon y nunca vieron recompensada su dedicación: Tolstoi, Kafka, Rilke, Proust, Joyce, Virginia Wolf, Graham Green, Nabokov, Italo Calvino, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar... Como ingentes son los escritores premiados que hoy nadie recuerda. Ni desde luego lee.

Lo que prima hoy, si hacemos caso al extenso reportaje del suplemento Babelia del sábado pasado, son los premios como herramienta de promoción editorial). En ¿A quién sirven los premios?, tal es su título y al que remito al lector para ahondar en el tema, se afirma lo siguiente: “Se habla mucho de que los premios literarios se dan a la carta en España, pero ¿hasta qué punto se puede demostrar? ¿Cómo se conceden? ¿Mantienen su vocación de descubrir talentos? Si generalmente las bases impiden declararlos desiertos, ¿está garantizada la calidad literaria? ¿Se arriesgan las editoriales a premiar un buen libro de dudoso futuro comercial tras la inversión que realizan? O dicho de otra forma, ¿cuán honestos son los galardones privados?” Preguntas nada fáciles de responder sin explicar otras muchas cosas que inciden en el fenómeno literario.

El último Nobel de Literatura al cantautor Bob Dylan desató una fuerte polémica.

A mi modo de ver, deberían ser básicamente dos los tipos de premios literarios: los dirigidos a autores noveles, desconocidos completamente en los cenáculos, para promocionar sus obras por lo que son -textos merecedores de ser divulgados- y no por quienes las escriben; y los premios de reconocimiento a un libro ya publicado o a toda una trayectoria (Nacional, de la Crítica, Cervantes, Nobel, etc.) a los que no hay que presentarse ex profeso. Si bien la concesión del último Nobel de Literatura a Bob Dylan abre el debate a planteamientos y enfoques novedosos a pesar de haber levantado suficiente polvareda como para dedicarle toda una tesis al tema.

Y en cualquiera de los casos, por supuesto que se debe garantizar la imparcialidad al nombrar y cambiar cada año a los jurados, exigiéndoles rigor y la lectura del mayor número de obras presentadas. Transparencia frente al enchufismo y los amaños; o coherencia y criterio, es lo que deberían rezumar estos premios para ser creíbles. Y nunca olvidar que si es perdonable equivocarse, no lo es corromperse

Y tú, lector, ¿cómo lo ves?

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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