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Los invisibles

Adicciones adolescentes

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Hace un tiempo estábamos trabajando con una familia y su hijo de 14 años. Llevábamos las primeras sesiones cuando un día apareció el padre muy cabreado arrastrando de la mano al hijo. De pronto y sin mediar palabra entró en el único despacho que en aquel momento tenía la puerta abierta y exclamó con voz de hartazgo: ¡Ahí os lo dejo!, ¡cuando esté curado me lo llevo!

A continuación se dio la vuelta y se marchó dejando a su vástago en la consulta. El niño, como estatua de sal, permaneció inmóvil con la cabeza baja.

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Hace varios años que comenzamos a trabajar en la UCA Elda con personas que tenían un problema con las tecnologías.

Los dos primeros casos eran chicos que llevaban meses jugando muchas horas diarias:

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Es raro el día en que no escucho el lamento:

¿Por qué mi hijo me odia? en muchas ocasiones acompañado de lágrimas, culpabilidad e impotencia.

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Creo que es necesario desterrar el mito de que la escuela privada o la concertada están libres de drogas; como dice el refranero popular: “en todos los sitios cuecen habas”.

Lo que si puede reducir de una manera mas que considerable su presencia son:

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El ser humano desde el mismo nacimiento necesita ayuda para subsistir, además tenemos el periodo de crianza más largo de todos los seres vivos.

Pero esta ayuda es especialmente importante en las enfermedades mentales y en las adicciones. En ambos casos el enfermo no es consciente de su enfermedad y en muchas ocasiones se niega a ser tratado.

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Se está acabando el verano; dentro de unos días habrán terminado las vacaciones de nuestros hijos. Durant­e el periodo estival, apenas han tenido normas y límites en lo concerniente a las tecnologías, y han abusado hasta que se les han cerrado los ojos o se les han entumecido los pulgares.

Honradamente a los adultos nos ha venido de perlas, pues han estado entretenidos durante muchísimas horas, evitando el temido “me aburro…”. Además, el saber que están en su habitación, nos da mucha “tranquilidad”, sobre todo si vivimos contagiados de los miedos de los informativos.

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Desde hace unos años, los profesionales de medidas judiciales me piden que les dé a sus chicos unas charlas que les ayuden a retomar el camino correcto.

No soy el único, hay un grupo de profesionales que colaboramos encantados y de forma totalmente desinteresada en este desafío.

 

Nos hemos acostumbrado a oír hablar de los adolescentes solo cuando cometen alguna estupidez o un delito, al igual que solo se oye hablar de los padres últimamente, cuando matan a un hijo (Filicidio).

Todos los progenitores lo hacemos lo mejor que sabemos y nunca nos debemos de sentir culpables si nuestros vástagos nos tienen desorientados, cansados, cabreados, etc.  Eso no significa que lo hayamos hecho mal o que el niño nos haya salido “defectuoso”.

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Desde hace tiempo, cada vez es más usual que los adolescentes que vienen obligados por los Servicios Sociales, Juzgado o por sus Padres a la Unidad, aparezcan manejando un móvil.

He de reconocer que esta situación me hacía sentir desconcertado, pues sabía que esa era parte de su estrategia para mostrar su cabreo e indignación por venir a un sitio donde no querían estar, donde no estaban dispuestos a escuchar nada y menos aprender algo, y por supuesto donde no deseaban volver.

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Semanalmente los servicios de urgencias atienden a menores, a veces a casi niños (11 o 12 años) por intoxicaciones alcohólicas, llegando incluso alguno a coma etílico.

Una vez que los padres ven al menor y se les informa que esta vez ha tenido suerte y  todo ha ido bien, respiran aliviados.

 Pero cada vez son más frecuentes los casos en los que no todo está bien y hay que hacer pruebas y pruebas y esperar y esperar a ver signos de mejora, o pasar su ingreso a las unidades de cuidados intensivos.

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