viernes, 7 de mayo de 2021

Aquí, despertarse a las 8 de la mañana no es madrugar

Pablo Ángel Sánchez
Hace 5 días
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Aquí, despertarse a las 8 de la mañana no es madrugar

Sobre mi nuevo destino donde voy a vivir, Puerto Suárez, tengo que aclarar que la que daré es una visión personal de lo que voy viviendo, sin pretender que lo expuesto aquí sea la verdad absoluta de cómo es o está el pueblo:

Después de la locura del viaje y el lugar para dormir encontrado; vamos al hospital. Ilusionado y con 40° de calor vamos al Hospital. Junto a mis compañeros de universidad, busco al director, pero se está yendo a vacunar contra la COVID-19 a una comunidad cercana. Por lo tanto tenemos la mañana libre y damos un paseo.

En la noche de un viernes tenemos la reunión organizativa nuestros responsables, el director era uno de ellos. Somos nueve estudiantes que hemos llegado de Santa Cruz de la Sierra. Ahí nos comunican que nos van a separar ya que vamos a apoyar en las diferentes postas (centros de salud). En cada posta, solo hay un/a doctor/a y una enfermera (en femenino porque solo hay mujeres ocupando esta profesión, en este caso). El mejor lugar, o eso dicen, donde nos puede tocar como apoyo es en el Hospital. Este Hospital, si comparamos con las instalaciones de España, seria del tamaño de un centro de salud, pero con quirófano. Después de hacer el sorteo, mi destino es el Hospital, algo que celebrar, ¿o no?, ya lo descubriremos.

Por delante tengo un fin de semana para asimilar que el lunes comienzo.

De lo que rescato de la primera reunión es que, si un paciente de esta zona se pone grave y necesita una atención más especializada, debe recorrer los 640 kilómetros para poder llegar a Santa Cruz, no en helicóptero sino en ambulancia. Escucho esa información, pienso en la distancia, en normalizar esa salvajada de viaje; pero en mi cabeza lo comparo en las distancias que hay en España. Pienso en que es más distancia que ir de Elda a Madrid, Imaginad que por una complicación haya que hacer un viaje de 7-9 horas para ser atendido. Tampoco garantiza que llegues al destino con vida. Todo depende de cómo te encuentres, o de que no te enfrentes a un bloqueo. Cuenta el chofer de la ambulancia, que en la primera ola del COVID-19, todos los días tenían que ir a Santa Cruz con un paciente grave a consecuencia del virus.

Sábado, despierto en “La casa de la familia Cuellar”, o es así como refiero la que será mi casa-habitación para estos tres meses. Viven muchas personas. Son varias casas que entre ellas forman un patio interno. No me queda claro todos los que son y la relación que hay entre ellos. Debo hacerme un esquema de los habitantes, su árbol genealógico ¿podré conseguirlo? De momento me veo haciendo mi primera consulta médica a la hija de una de las familias.

Me siento bajo un árbol a las 2 de la tarde porque estar en mi habitación es imposible. Acompañado de muchos de ellos, a modo de bienvenida me comentan cómo es el pueblo, la tranquilidad que hay en él y la situación social que muchas personas viven. Un punto que se queda en mi cabeza es que el agua que sale del grifo es salada. Muchas familias no pueden costearse el agua embotellada, por lo tanto, solo beben agua del grifo. Esto conlleva a problemas de salud, incluso mencionan que a varios niños del pueblo han tenido que proceder a una nefrectomía (extirpación de un riñón).

No solo la familia Cuellar me da referencias. Hay un tigre, que en ocasiones se alimenta de los perros de la zona y una anaconda y que acompaña a los trabajadores de una planta de almacenamiento de gasolina. Eso me lo comenta Jhona, amigo de mi amigo Ricky de Santa Cruz. Por suerte, está lejos de mi alcance. Me refiero al tigre y a la anaconda, Jhona solo está a una calle.

Lunes, primera y nueva semana. Me encuentro de nuevo ante la realidad pandémica, vacunación COVID-19. Aquí, al ser un pueblo cerca de la frontera con Brasil, toda población será vacunada. Una de las enfermeras comenta que en un día han vacunado a 900 personas. ¡Mucho lío!

Uno de los primeros días me llevan a vacunar a la carceleta del pueblo. Somos recibidos como héroes: “los enviados del señor”. La realidad de la carceleta; 60 presos y dos policías de turno controlando el lugar. Son cinco celdas y en cada una duermen aproximadamente unos 13 presos. Comienzo a vacunar, mi primer contacto directo con un paciente. La verdad, fue una sensación parecida a la de abrir un regalo. Pero no un regalo cualquiera, sino el regalo de la mañana de un 6 de enero.

Siento que formo parte de un todo. Sentir que viene después de la quinta vacuna. La despedida de las vacunas, parte del protocolo boliviano. Nos ponen enfrente de todos ellos. Descubro que la intimidad no existe en ese lugar, tampoco me sorprende. Uno de los presos no quiso vacunarse, es libre para hacerlo y muy libre también el policía de la cárcel en decirlo delante de todos. A mí ese proceder me incomoda un poco. Presionado por los otros presos, “decide” vacunarse. Mientras se vacunaba, nos comunica que hace un par de meses le hicieron una prueba de antígenos para la COVID-19, pero en ningún momento le dieron el resultado. ¿Comprensible que no confíe? SÍ, al menos eso creo. Toda persona merece saber el resultado de una prueba que le hacen. Aunque digan que no se les comunicó porque todos salieron negativos.

Vuelvo a organizar las vacunas, una lucha para que no se cuelen unos de otros. Momentos tensos, nos llaman vagos. Les aclaro, el tipo de vacuna y los posibles síntomas acompañado del ejército. Muerto del calor. Los mosquitos salen a las 6 de la tarde, la misma hora a la que yo termino en el Hospital. Mi cabeza es la que más los sufre. A esa hora hay unos 30 grados, temperatura fresquita según la gente del pueblo, pero yo tengo la ropa empapada. Vuelvo a casa. Me encuentro a un grupo de hombres, bebiendo unas cervezas. Después de una semana, su saludo es más eufórico. Y yo, pensando en mi primer turno de 24 horas…

Pablo Ángel Sánchez
Pablo Ángel Sánchez
Acerca del autor

Pablo Ángel Sánchez, eldense, se mudó a la zona tropical de Bolivia, a Santa Cruz de la Sierra justo después de estudiar Bellas Artes en la Universidad Politécnica de Valencia y un máster de Arteterapia Y Educación Artística para la inclusión social en la Universidad Autónoma de Madrid. La causa de su mudanza fue motivada por un voluntariado Internacional, una experiencia de un año a dos años, que se convirtió en ocho años. Ocho años aportando su grano de arena a proyectos como: mujeres artesanas, centro de día para niños trabajadores, centro de día para personas de la tercera edad, hogar para hijos trabajadores de la caña, centro cultural, entre otros. Poco después comenzó a estudiar medicina, pasión que tenía camuflada y que en su día a día fue floreciendo, rompiendo los estigmas que a veces la sociedad o uno mismo se impone. En estos momentos se encuentra en su año de prácticas para finalizar no solo su año de prácticas sino su aventura en tierras bolivianas.

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