sábado, 16 de octubre de 2021

Asisto a un parto y a niños ingresados

Pablo Ángel Sánchez
26 julio 2021
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Asisto a un parto y a niños ingresados

Otra semana más. Poco a poco estoy entendiendo los papeleos. Cada vez más seguro a la hora de examinar a un bebé con horas de vida. En mi primer turno de esta semana vuelvo a estar en el servicio donde recibimos a los bebés. En mi cabeza está la idea: no tener tensión. Todo marcha bien durante toda la noche.

Llega una mujer embarazada a eso de las 5 de la mañana. Pregunto a la residente de ginecología en cuántos centímetros de dilatación esta la chica, me dice que de 5 centímetros. Aviso a mi residente de pediatría mientras preparo todo lo necesario para recibir al bebe, ropa, pañal. A los 20 minutos me dice que esta de siete centímetros. Ahí decido encender la incubadora, se lo comento a mi residente y ella me dice que cuando esté en 8 centímetros le avise.

Mientras estoy analizando que todo lo necesario esté en orden y que funciona, la señora grita, a modo de empujón. Aviso a la residente de ginecología y veo que se coloca la bata estéril, veo la cabeza del bebé. Mi residente y la pediatra no llegan. Estoy solo en el servicio de pediatría. La tensión que pensaba que no iba a estar, con esta situación vuelve. Calentando la tela para recibir al bebe; y al ver que nadie llega, recibo al bebe. Menos mal que hay compañeros de ginecología y me indican cómo hacerlo. Hago lo necesario, llega la residente y me deja hacer a mí todo. Más tarde llega la pediatra.

El turno termina a las 7 de la mañana, pero no me voy a casa. Debo seguir en el hospital hasta las dos de la tarde. Vuelvo con los bebes que están en ingresados. Sigo mis rutinas de todos los días. Aprendo a sacar leche a las mamás a quienes les cuesta. Lo hago con una jeringa. La enfermera cuando ve que a alguna mama le cuesta, me avisan. También ayudo a limpiar los bebés, pues por el tema de la pandemia, las madres no pueden moverse mucho. Todas las que suben a piso son porque han tenido a su bebé por cesárea. También los calmo.

Un día cualquiera. Una de las mamás me dice que le diga un nombre español para ponerle a su hija: África, como mi sobrina. No me dice nada. Al momento llega el padre. Son las horas de visita. Veo que tiene miedo de coger en brazos a su hija. Le enseño cómo hacerlo.

Al día siguiente. La mamá que me preguntó por el nombre, me comenta que su hija se llama África. En ese momento, le pido si le puedo sacar una foto y se la mando a mi cuñada comentándole lo sucedido. Es una manera de sentirme como en casa.

Llega otro turno. Los maravillosos turnos. Este día estoy en emergencias. Casualmente llego en un momento de caos. Intento entender el caos. Me cuesta un poco, pero lo consigo. En un momento veo a una niña sola, con un suero en la sala de espera. Es la paciente que tenía que buscar. En realidad, a su hermano. El motivo es que hay que ingresarla. Y su madre, para quedarse con ella, debe traer también el hermano en el hospital. No tienen a nadie que lo cuide en casa. Por eso, hay que hacerle la prueba del covid-19.  Pero, no hay ni madre ni hermano. Una de las pacientes de la sala de espera me dice que se fueron a comer algo fuera.

Llega la madre con el hijo. Le comento que no puede dejar a su hija sola. Por eso, acompaño yo a su hijo hacerle la prueba. Le hacemos la prueba y sale negativo. La niña también da negativo. Pero en el momento de ingresarla, cice la madre que no quieren.

Algo parecido pasa en la mañana. Yo no estuve, pero llega una niña a emergencias con sus padres. Tiene una dificultad respiratoria. Los padres se fueron del hospital con la niña sin avisar. No se le pudo hacer el tratamiento. Y ya en la noche, vuelven porque sus síntomas estaban empeorando. Ahora comprenden que necesita que se ingrese.

Entre la locura de gestionar análisis, radiografía, recetas, puedo descansar algo. A la hora le digo a un enfermero que debe medicar a una paciente. Le dejo la medicación. Cuando termina mi turno vuelvo a decirle al enfermero si le dio la medicación. Me dice que no. Lo miro con cara de odio. Lamentablemente, los internos (yo en este caso) somos lo último. Y aquí, eso de las jerarquías lo llevan a rajatabla desde un punto que no es nada bueno. Por lo tanto, solo pude mirarlo de ese modo.

Subo a piso. Ese día termina mi rotación en ese servicio. Nos hacen un examen. Me sale muy bien. Hasta con sueño. Me despido del personal de este servicio y me voy a casa.

Pablo Ángel Sánchez
Pablo Ángel Sánchez
Acerca del autor

Pablo Ángel Sánchez, eldense, se mudó a la zona tropical de Bolivia, a Santa Cruz de la Sierra justo después de estudiar Bellas Artes en la Universidad Politécnica de Valencia y un máster de Arteterapia Y Educación Artística para la inclusión social en la Universidad Autónoma de Madrid. La causa de su mudanza fue motivada por un voluntariado Internacional, una experiencia de un año a dos años, que se convirtió en ocho años. Ocho años aportando su grano de arena a proyectos como: mujeres artesanas, centro de día para niños trabajadores, centro de día para personas de la tercera edad, hogar para hijos trabajadores de la caña, centro cultural, entre otros. Poco después comenzó a estudiar medicina, pasión que tenía camuflada y que en su día a día fue floreciendo, rompiendo los estigmas que a veces la sociedad o uno mismo se impone. En estos momentos se encuentra en su año de prácticas para finalizar no solo su año de prácticas sino su aventura en tierras bolivianas.

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