martes, 14 de julio de 2026

La proto ciencia de los druidas

Alberto Requena
9 abril 2026
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La proto ciencia de los druidas

Los druidas no tenían “ciencia” en el sentido moderno, y no conocemos tratados escritos por ellos, ni un método experimental comparable al de la ciencia posterior, pero sí parecen haber formado una élite intelectual con saberes sistemáticos sobre la naturaleza, el calendario, la religión, la enseñanza y la ley. Lo difícil es separar lo histórico de lo legendario, porque casi todo lo que sabemos procede de autores grecorromanos y de una arqueología muy fragmentaria.

La fuente antigua más citada es Julio César. En La guerra de las Galias dice que los druidas enseñaban durante años de forma oral y que trataban “sobre los astros y su movimiento, sobre la magnitud del universo y de la tierra, sobre la naturaleza de las cosas y sobre el poder de los dioses”. Eso sugiere que poseían algo parecido a una cosmología, una astronomía práctica y una filosofía natural, aunque mezcladas con religión. César también afirma que la formación podía durar hasta veinte años, lo que indica un sistema educativo largo y especializado.

La afirmación más precisa es que los druidas cultivaban sobre todo cuatro tipos de saber. El primero era una ciencia del tiempo: observación de ciclos astrales y probablemente cálculo calendárico. No podemos demostrar que el célebre calendario de Coligny fuese “obra de druidas” en sentido estricto, pero sí muestra que en el mundo galo existía un conocimiento calendárico lunisolar bastante elaborado; aun así, los especialistas advierten que no debe atribuirse automáticamente a los druidas concretos sin cautela.

El calendario de Coligny es una gran tabla de bronce inscrita en lengua gala con alfabeto latino, hallada en 1897 en Coligny (Ain, Francia). Hoy se conserva en Lugdunum – Musée et théâtres romains de Lyon. El museo lo fecha en la segunda mitad del siglo I d. C. y lo describe como un calendario “lunar con intercalación”, es decir, lunisolar. ¿Por qué es tan importante? Porque es una de las piezas más valiosas para conocer la lengua gala y la forma en que los galos organizaban el tiempo. El Museo de Arqueología Nacional lo presenta como el texto más largo en lengua celta antigua grabado sobre soporte material conservado en la Galia romana, y el museo de Lyon lo considera una obra clave para entender el cómputo del tiempo en el mundo galo. Su estructura reconstruida muestra un ciclo de cinco años, con meses de 29 y 30 días y meses intercalados añadidos para ajustar el ciclo lunar al año solar. En la explicación de Lugdunum, los meses llevan nombres galos y el sistema alterna meses de 29 y 30 días; estudios especializados describen el calendario como un ciclo de 62 meses distribuido sobre esos cinco años. También destacan en la tabla las palabras matu y anmatu, que suelen interpretarse como marcas de carácter favorable o desfavorable, aunque el detalle exacto de todas las anotaciones sigue siendo discutido. De hecho, los especialistas subrayan desde hace décadas que el calendario no está completamente descifrado y que algunas partes siguen siendo objeto de interpretación filológica y astronómica.

En relación con los druidas, hay que ser prudente. El calendario suele asociarse al saber calendárico y ritual celta, y el propio museo de Lyon plantea el tema del tiempo entre los galos como una posible “cuestión de druidas”, pero eso no equivale a una prueba directa de que el objeto fuese fabricado o usado exclusivamente por druidas. Lo seguro es que testimonia una tradición gala de cómputo del tiempo muy elaborada, mantenida en época romana.

El segundo era una filosofía natural y moral. Estrabón distingue entre bardos, adivinos y druidas, y dice que estos últimos estudiaban no solo la “filosofía natural”, sino también la “filosofía moral”. Eso encaja bastante bien con la imagen del druida como sabio, consejero y maestro, no solo como sacerdote ritual.

 

El tercero era un saber jurídico y educativo. Los druidas actuaban como jueces, árbitros y maestros. Ese conocimiento no era “científico” en sentido físico o matemático, pero sí era un saber técnico y especializado: dominaban normas, precedentes, fórmulas rituales y una gran tradición oral memorizada. La insistencia de César en el aprendizaje de enormes cantidades de versos apunta a una auténtica tecnología de la memoria.

El cuarto era un conocimiento de medicina, herboristería y adivinación, aunque aquí las pruebas son más débiles. Las fuentes clásicas y algunos resúmenes museísticos modernos los presentan a veces como curadores o sanadores, pero en este punto conviene ser prudente y hay menos evidencia directa que para su papel como maestros, jueces o especialistas religiosos.

Al interrogante de “qué ciencia tenían”, los druidas, la formulación más rigurosa sería que los druidas poseían una proto-ciencia sagrada de la naturaleza, basada en observación del cielo, cómputo del tiempo, reflexión cosmológica, conocimiento ritual y transmisión oral experta. No era ciencia moderna, pero tampoco mera magia popular. Era una mezcla de astronomía práctica, filosofía natural, jurisprudencia, pedagogía y religión.

También es importante no exagerar. La imagen romántica del druida como astrónomo genial, médico universal y arquitecto de Stonehenge es en gran parte una construcción posterior. Hoy los historiadores subrayan que la evidencia material sobre los druidas es escasa y que ni siquiera existe consenso arqueológico pleno sobre qué restos pueden llamarse inequívocamente “druídicos”. Además, Stonehenge es muy anterior a los druidas históricos.

En suma, los druidas no tenían “ciencia” moderna, pero sí un sistema culto de saber sobre el cosmos, el calendario, la naturaleza, la ley y el rito, transmitido oralmente y muy prestigioso en las sociedades celtas.

Alberto Requena
Alberto Requena
Acerca del autor

Este blog pretende ser una depresión entre dos vertientes: la ciencia y la tecnología, con forma inclinada y alargada, para que por la vertiente puedan circular las aguas del conocimiento, como si se tratara de un río; o alojarse los hielos de un glaciar de descubrimiento, mientras tiene lugar la puesta a punto de su aplicación para el bienestar humano. Habrá, así, lugar para la historia de la ciencia, las curiosidades científicas y las audacias científico-tecnológicas. Todo un valle.

El eldense Alberto Requena es catedrático emérito de Química de la Universidad de Murcia.

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