La voluntad como música de la conciencia
El interrogante sobre la voluntad toca uno de los núcleos más delicados de la condición humana, como es saber si elegimos verdaderamente o si solo creemos elegir. La neurociencia contemporánea ha mostrado con fuerza que nuestros actos se hallan profundamente vinculados a procesos cerebrales, impulsos eléctricos, circuitos neuronales, sistemas hormonales, mecanismos de recompensa y condicionamientos evolutivos. Desde esa perspectiva, la voluntad parecería quedar reducida a una apariencia subjetiva, como es que el cuerpo se mueve, el cerebro calcula, la biología decide, y la conciencia llega tarde para atribuirse una autoría que no le corresponde. Sin embargo, esa conclusión, aunque seductora por su aparente rigor, puede ser demasiado apresurada. La propuesta de Giuseppe Roncoroni plantea precisamente una resistencia filosófica ante esa reducción de la voluntad a ilusión.
El problema comienza cuando se identifica, sin matices, la vida consciente con la actividad material del cerebro. Si se parte de la premisa de que la materia existe como sustancia independiente, cerrada y autosuficiente, entonces la conciencia queda convertida en producto secundario de un órgano y el cerebro produciría pensamientos como el hígado produce bilis. Esta imagen, tantas veces repetida en la tradición materialista, parece resolver el enigma, pero en realidad lo desplaza y no lo resuelve. Porque si la conciencia es solo un epifenómeno, una sombra sin eficacia, resulta difícil explicar por qué la evolución habría conservado una experiencia tan compleja, tan costosa y tan íntimamente ligada a la orientación de la conducta.
La voluntad no necesita ser imaginada como una fuerza mágica que interrumpe las leyes naturales. Tampoco debe pensarse como una entidad separada que desciende sobre el cuerpo para gobernarlo desde fuera. Su realidad puede entenderse de otra manera, como una dimensión de la vida consciente que se expresa a través del cuerpo y de sus leyes, no contra ellas. El hecho de que una decisión posea correlatos neuronales no prueba que sea ilusoria. Solo muestra que toda decisión humana tiene una inscripción corporal. Del mismo modo, que una melodía pueda escribirse en una partitura no significa que la música sea idéntica al papel, a la tinta o a los signos.La analogía musical resulta especialmente fecunda. El cerebro puede compararse con una partitura, con una organización de signos y disposiciones que permiten que la vida consciente se module. Pero la música no se agota en la partitura. La partitura ordena, orienta, hace posible una ejecución, pero no contiene por sí sola la vivencia estética, la emoción del sonido, la intensidad del concierto ni el temblor íntimo de quien escucha. Así también, las neuronas participan en la vida mental, la hacen posible y la regulan, pero no agotan necesariamente la experiencia de querer, decidir, temer, amar o esperar.
La voluntad aparece entonces como una forma de resonancia entre conciencia y cuerpo. No es una excepción a la naturaleza, sino una manera en que la naturaleza se vuelve interioridad. Cuando una persona decide, no actúa un fantasma contra la fisiología, pero tampoco una maquinaria ciega sin sujeto. Actúa una unidad viviente en la que memoria, deseo, percepción, emoción, lenguaje, imaginación y cálculo se entrelazan. La voluntad no es una orden simple, sino una composición. Como en una obra musical, intervienen motivos anteriores, tensiones, repeticiones, modulaciones, silencios y desenlaces.
La reducción materialista tiende a convertir la conciencia en algo sobrante. Pero nuestra experiencia directa no se deja eliminar tan fácilmente. El dolor no es solo una descarga nerviosa, sino sufrimiento vivido. La alegría no es solo activación de circuitos, sino apertura del mundo. La decisión no es solo resultado de procesos cerebrales, sino apropiación de una posibilidad. La ciencia puede describir las condiciones biológicas de estos fenómenos, pero la descripción objetiva no sustituye por completo la realidad subjetiva que describe. Hay una diferencia entre registrar una emoción y sentirla, entre observar un cerebro y vivir una vida.

Por eso la voluntad no queda destruida por el conocimiento científico del cerebro. Al contrario, puede ser comprendida de forma más rica. Sabemos que nuestras elecciones están condicionadas por la historia personal, el cuerpo, la educación, el lenguaje, la cultura, los hábitos, los afectos y el entorno. Pero condicionamiento no significa anulación. Una voluntad absolutamente desligada de toda causa sería incomprensible; una voluntad completamente anulada por causas externas sería inexistente. La experiencia humana se mueve entre ambos extremos y somos seres condicionados que, dentro de sus condiciones, interpretan, valoran y responden.
La libertad no consiste en escapar de la naturaleza, sino en participar conscientemente en ella. Decidir no es crear desde la nada, sino ordenar motivos, reconocer posibilidades, ponderar consecuencias y asumir una orientación. La voluntad humana no es omnipotente, pero tampoco ficticia. Se parece más a una navegación que a una creación absoluta y no inventamos el mar, ni el viento, ni la forma del barco, pero podemos aprender a gobernar la travesía.
Roncoroni introduce, además, una crítica a la idea de que el mundo pueda describirse sin el observador. Recuperar el “yo veo” significa reconocer que toda teoría sobre la mente parte ya de una experiencia consciente. La conciencia no aparece al final del razonamiento como un producto que haya que justificar; está al comienzo, como el lugar desde el cual toda justificación se vuelve posible. Incluso quien niega la voluntad lo hace mediante actos de atención, juicio, argumentación y elección conceptual. La negación de la voluntad presupone, paradójicamente, una actividad consciente que selecciona razones y sostiene una tesis.
La imagen pitagórica de la música de las esferas añade una dimensión simbólica. El ser humano no es una máquina aislada, sino una criatura que busca armonía entre el orden del mundo y el sentido de su propia vida. La voluntad pertenece a esa búsqueda. No es puro capricho, sino esfuerzo por transformar impulsos dispersos en dirección, por convertir el ruido interior en una cierta melodía personal. En cada elección se oye, aunque sea débilmente, la tentativa de dar forma a la existencia.
La voluntad, por tanto, no es una ilusión simple ni una soberanía absoluta. Es una realidad compleja, encarnada, vulnerable y relacional. Vive en el cuerpo, pero no se reduce a la carne; depende del cerebro, pero no se confunde sin resto con una gráfica neurológica; está condicionada por la naturaleza, pero no desaparece en ella. Como la música, necesita instrumento, estructura y ejecución. Y como la música, solo existe plenamente cuando acontece en la experiencia viva.


Este blog pretende ser una depresión entre dos vertientes: la ciencia y la tecnología, con forma inclinada y alargada, para que por la vertiente puedan circular las aguas del conocimiento, como si se tratara de un río; o alojarse los hielos de un glaciar de descubrimiento, mientras tiene lugar la puesta a punto de su aplicación para el bienestar humano. Habrá, así, lugar para la historia de la ciencia, las curiosidades científicas y las audacias científico-tecnológicas. Todo un valle.
El eldense Alberto Requena es catedrático emérito de Química de la Universidad de Murcia.
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