domingo, 26 de julio de 2026

La partitura del cerebro

Alberto Requena
2 junio 2026
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La partitura del cerebro

Uno de los problemas más difíciles y antiguos del pensamiento es la relación entre la mente y el cerebro, entre la vida consciente y la materia, entre la voluntad y las leyes naturales. La pregunta de fondo es inquietante, ¿es la voluntad una ilusión? Si todo lo que somos dependiera exclusivamente del funcionamiento físico del cerebro, entonces nuestros pensamientos, deseos, decisiones y sentimientos parecerían quedar reducidos a procesos neuronales. En ese caso, la libertad humana sería solo una apariencia, porque creeríamos elegir, pero en realidad seríamos conducidos por una maquinaria biológica determinada por leyes naturales.

Se puede partir de una crítica con la idea de que existe un mundo material exterior, anterior e independiente de la conciencia, y que dentro de ese mundo la mente surge como producto del cerebro, como apunta Giuseppe Roncoroni. Según esta visión, primero estaría la materia; después, como resultado de una organización suficientemente compleja de esa materia, aparecería la conciencia. El cerebro sería entonces la causa de la mente. La actividad neuronal produciría pensamientos, emociones, recuerdos, proyectos y decisiones, de modo parecido a como otros órganos producen secreciones o funciones fisiológicas.

Esta concepción tiene una larga historia, como advertimos en la famosa afirmación de Cabanis, según la cual el cerebro segrega pensamiento como el hígado segrega bilis. La comparación es deliberadamente provocadora, porque convierte la vida interior en un producto orgánico. También hay autores contemporáneos, como Kim o Ramachandran, vinculados a posiciones naturalistas o fisicalistas de la mente. En ellas, la riqueza de la experiencia humana, como el amor, el dolor, la ambición, la religiosidad, la intimidad personal, queda identificada con la actividad de “pequeñas masas gelatinosas” en el interior del cráneo.

No es muy aceptable esta reducción. Resulta insuficiente, incluso absurda, porque no explica realmente cómo una masa de tejido nervioso puede generar la experiencia subjetiva. La pregunta no es solo científica, sino metafísica: ¿cómo puede algo físico producir la interioridad? ¿Cómo puede una combinación de neuronas dar lugar al sentimiento de ser alguien? ¿Cómo puede la materia convertirse en música interior, en memoria, en sentido, en angustia o en esperanza? Claramente, identificar mente y cerebro no resuelve el problema, sino que lo elimina de forma artificial. Es como cortar el nudo gordiano con una espada, que parece una solución, pero en realidad se ha suprimido uno de los términos del conflicto.

En el epifenomenalismo, doctrina según la cual los estados mentales serían efectos secundarios de los procesos físicos cerebrales, no tendrían eficacia causal propia. Según esa postura, la conciencia acompañaría al cerebro como una sombra acompaña al cuerpo, ya que aparece con él, pero no lo dirige. Resulta inaceptable esta conclusión. Si la conciencia no interviene en la vida, entonces nuestros pensamientos serían inútiles; nuestras decisiones, ilusorias; nuestra deliberación, un teatro sin consecuencias. Pero si aceptamos eso, la experiencia humana queda profundamente devaluada.

Cambiemos de perspectiva. Una imagen muy sugerente tiene lugar cuando una radiografía resulta difícil de interpretar y el médico puede mirarla desde lejos, girarla o contemplarla desde otro ángulo. Del mismo modo, la filosofía debe abandonar ciertas premisas heredadas y ensayar una mirada distinta. El error comienza cuando se olvida el “yo veo”, es decir, el carácter originario de la observación. Antes de hablar de materia, mundo exterior o causalidad, hay experiencia consciente. La conciencia no es algo que aparezca al final como un añadido, sino el punto de partida desde el cual todo lo demás se manifiesta.

Este planteamiento filosófico cambia el problema. Si la materia no se toma como sustancia absoluta y primera, entonces el cerebro ya no tiene por qué ser considerado productor de la mente. La vida consciente deja de ser un epílogo de la actividad neuronal y se convierte en un dato originario. No necesita justificar su existencia como si fuera un residuo inexplicable de la fisiología. La mente no es una consecuencia secundaria de órgano cerebral, sino una dimensión primera de la realidad vivida.

Para expresar esta relación entre mente y cerebro, vamos a hacer uso de una analogía poética y filosófica, “la mente es música y el cerebro es partitura”. Una partitura contiene signos, como puntos, líneas, claves, silencios, indicaciones de ritmo y de intensidad. Pero esos signos no son la música misma. La música necesita la partitura para ordenarse, para ser interpretada, para adquirir forma concreta; sin embargo, no se reduce a la tinta sobre el papel. La melodía pertenece a otro plano, porque se escucha, se vive, se despliega en el tiempo, conmueve.

Así sucedería con la mente. Los procesos neuronales serían como signos escritos en una partitura. Cada red neuronal, cada secuencia de activación, cada configuración cerebral correspondería a ciertos momentos de la vida psíquica. Pero la tristeza, la alegría, el deseo o la decisión no son meros dibujos neurológicos. Son vivencias. El gráfico cerebral puede acompañarlas, expresarlas o regularlas, pero no agota su realidad. Igual que la palabra “adagio” califica la música y no la tinta, términos como “dolor”, “esperanza” o “voluntad” califican la experiencia consciente y no simplemente la imagen de una resonancia cerebral.

La metáfora musical permite evitar dos extremos. Por un lado, evita el dualismo vulgar que separaría radicalmente alma y cuerpo como dos sustancias incomunicadas. Por otro, evita el materialismo reductivo que disuelve la mente en la materia. Música y partitura no son lo mismo, pero tampoco están totalmente separadas. La partitura organiza la música; la música da sentido a la partitura. De modo semejante, el cerebro y la mente forman una unidad psicofísica, al ser distintos en su modo de aparecer, pero coordinados en una misma realidad viviente.

Esta idea tiene consecuencias para la voluntad. Si la mente fuera solo un efecto pasivo del cerebro, la voluntad sería ilusoria. Pero si la mente posee una realidad originaria, entonces las decisiones humanas no tienen por qué entenderse como meras apariencias. La voluntad no queda fuera de la naturaleza, pero tampoco se reduce a un mecanismo ciego. La libertad humana podría ser comprendida como una forma de armonía entre la vida consciente y el orden natural, no como una ruptura milagrosa de las leyes físicas.

No se trata de que Giuseppe Roncoroni presente una teoría científica en sentido estricto, sino una propuesta filosófica, casi metafísica, apoyada en imágenes literarias y musicales. Por eso aparecen referencias a Pitágoras, Shakespeare, Hazrat Inayat Khan, Barbour, Cioran y Athanasius Kircher. Todos ellos sirven para ampliar la metáfora de la música como estructura profunda del mundo. Pitágoras, con la música de las esferas, representa la idea de que el cosmos posee una armonía interna. Shakespeare vincula la música con la nobleza espiritual. Cioran ve en el órgano una especie de cosmogonía sonora. Estas referencias no son adornos, sino que refuerzan la tesis de que la realidad no debe entenderse únicamente como mecanismo, sino también como forma, ritmo, resonancia y sentido.

La alusión a la “música de las esferas” resulta especialmente significativa. En la tradición pitagórica, los astros producen una armonía que no siempre es audible, pero que expresa el orden matemático del cosmos. Giuseppe Roncoroni utiliza esta imagen para sugerir que la conciencia humana participa de una musicalidad más amplia. La mente no sería una anomalía biológica, sino una expresión del orden profundo de la realidad. El cerebro, entonces, no sería una fábrica de conciencia, sino el instrumento o la partitura mediante la cual esa conciencia adquiere forma individual.

La propuesta tiene una dimensión crítica frente al cientificismo. No niega la ciencia ni la importancia del cerebro; al contrario, reconoce que la vida mental está coordinada con estructuras neuronales. Lo que rechaza es la pretensión de que la explicación física agote la realidad de la experiencia. Una descripción neurológica de la tristeza no es la tristeza misma. Una cartografía cerebral de una decisión no sustituye el drama íntimo de decidir. Una medición de la actividad neuronal durante una creación musical no equivale a la música vivida por quien la compone o escucha.

Desde esta perspectiva, el gran error moderno sería confundir correlación con identidad. Que todo pensamiento tenga una base cerebral no implica que el pensamiento sea únicamente cerebro. Que una melodía pueda escribirse en una partitura no significa que la melodía sea papel. Que una emoción tenga un correlato neuronal no significa que la emoción quede explicada por completo al describir ese correlato. La ciencia del cerebro es necesaria, pero no suficiente para comprender la conciencia.

Giuseppe Roncoroni defiende, en último término, una filosofía no reductiva de la vida humana. Quiere preservar la dignidad de la conciencia frente a las teorías que la convierten en subproducto, ilusión o secreción orgánica. Quiere pensar la mente y el cerebro como compañeros de camino, no como enemigo y vencedor. Frente a la imagen de un cerebro que encarcela la voluntad, propone la imagen de una partitura que permite que la música se manifieste. Frente a una naturaleza mecánica y muda, propone una naturaleza atravesada por armonía.

En consecuencia, la voluntad no queda demostrada como una libertad absoluta, pero tampoco queda anulada como ilusión. Aparece como una dimensión de la vida consciente que debe comprenderse desde una premisa distinta, no partiendo de la materia como sustancia última, sino de la experiencia como dato primero. La mente no sería un fantasma dentro de una máquina, ni una simple reacción química; sería la música misma de la existencia personal. Y el cerebro, lejos de rebajarla, sería la partitura admirable donde esa música encuentra forma, ritmo y encarnación.

Alberto Requena
Alberto Requena
Acerca del autor

Este blog pretende ser una depresión entre dos vertientes: la ciencia y la tecnología, con forma inclinada y alargada, para que por la vertiente puedan circular las aguas del conocimiento, como si se tratara de un río; o alojarse los hielos de un glaciar de descubrimiento, mientras tiene lugar la puesta a punto de su aplicación para el bienestar humano. Habrá, así, lugar para la historia de la ciencia, las curiosidades científicas y las audacias científico-tecnológicas. Todo un valle.

El eldense Alberto Requena es catedrático emérito de Química de la Universidad de Murcia.

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