miércoles, 19 de agosto de 2026

El artefacto de coso

Alberto Requena
Hace 3 horas
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El artefacto de coso

¿Qué ocurriría si, al cortar una roca aparentemente antiquísima, apareciera en su interior un objeto mecánico fabricado con metal y cerámica? La escena parecería desafiar todo lo conocido sobre la historia humana. Si la roca tuviera realmente 500.000 años, el objeto demostraría que alguna sociedad remota dominaba la metalurgia, la cerámica técnica y la construcción de máquinas mucho antes de la aparición de las civilizaciones históricas. Esa fue precisamente la fascinación despertada por el llamado artefacto de Coso, descubierto en 1961 en las proximidades de la cordillera de Coso, en California.

El objeto fue encontrado durante una búsqueda de piedras y geodas destinadas a la venta. Cuando la pieza fue cortada, en lugar de la cavidad recubierta de cristales que suele caracterizar a una geoda, apareció un cilindro de material blanco semejante a la porcelana, atravesado por un eje metálico y rodeado por restos de otros componentes. Su aspecto recordaba inmediatamente a una pieza mecánica. Según la historia que comenzó a difundirse, un geólogo no identificado habría calculado que la envoltura rocosa necesitó unos 500.000 años para formarse. Sin embargo, nunca se presentó un informe geológico verificable, una datación publicada ni una descripción precisa del estrato en el que se habría encontrado el objeto.

A partir de aquel momento, el hallazgo fue incorporado al catálogo de los denominados OOPArts, abreviatura inglesa de out-of-place artifacts, es decir, «artefactos fuera de lugar». Con este nombre se designan objetos que aparentemente aparecen en contextos históricos o geológicos incompatibles con la tecnología utilizada para fabricarlos. Algunos autores interpretaron el objeto de Coso como una prueba de civilizaciones prehistóricas avanzadas; otros hablaron de visitantes extraterrestres, viajeros en el tiempo o culturas desaparecidas por catástrofes planetarias.

Las radiografías realizadas al objeto aumentaron el misterio. En ellas podía verse un núcleo metálico rodeado por una pieza cerámica y otras estructuras que parecían anillos, una arandela, una rosca o incluso un pequeño mecanismo helicoidal. Quienes defendían su origen extraordinario afirmaban que aquello podía ser un componente eléctrico desconocido. Sin embargo, otros observadores señalaron muy pronto su parecido con una bujía. El problema era que las bujías habituales en la década de 1960 no presentaban exactamente la misma forma, por lo que la identificación quedó durante años rodeada de dudas.

La investigación decisiva fue realizada décadas después por Pierre Stromberg y el geólogo Paul Heinrich. En lugar de comparar el artefacto únicamente con dispositivos contemporáneos, tuvieron en cuenta la evolución histórica de las bujías. En 1999 enviaron las imágenes y radiografías disponibles a varios miembros de la Spark Plug Collectors of America, una asociación especializada en bujías antiguas. Cuatro coleccionistas identificaron independientemente el objeto como una bujía Champion fabricada en la década de 1920. Algunos de ellos reconocieron el modelo casi inmediatamente y proporcionaron piezas similares para realizar comparaciones.

Imagen creada con ayuda de ChatGPT con Dall_E.

Las coincidencias eran numerosas. La forma del aislante de porcelana, el electrodo central, la rosca, la tuerca hexagonal, la cubierta superior y los anillos internos correspondían a la construcción de las bujías Champion de aquel periodo. Las supuestas piezas inexplicables eran componentes ordinarios del sistema utilizado para sujetar y aislar la porcelana. Los anillos de cobre y el material situado entre las partes metálicas permitían compensar las diferencias de dilatación térmica entre el acero y la cerámica. Incluso la imagen radiográfica de una bujía original de los años veinte resultaba extraordinariamente parecida a la del artefacto de Coso.

En 2018, el objeto, que había permanecido fuera del alcance de los investigadores durante muchos años, pudo examinarse físicamente. La inspección confirmó la identificación: el artefacto era una bujía Champion de los años veinte. Además, los geólogos que estudiaron su superficie no encontraron las supuestas conchas fósiles que habían servido para justificar la antigüedad de medio millón de años. Una parte de la propia bujía sobresalía todavía de la concreción, lo que permitió comparar directamente su diseño con ejemplares históricos.

Pero quedaba la pregunta fundamental: ¿cómo había quedado una bujía moderna encerrada dentro de algo parecido a una roca?

La respuesta se encuentra en la diferencia entre una geoda y una concreción mineral. Una verdadera geoda posee normalmente una cubierta mineral definida y una cavidad interior tapizada de cristales. La envoltura del artefacto de Coso no presentaba esas características. Era, más probablemente, un nódulo de óxidos, arcillas, sales y sedimentos consolidado alrededor de un objeto metálico en proceso de corrosión. Por tanto, no se trataba de una roca antigua que hubiera crecido lentamente durante cientos de miles de años, sino de una acumulación relativamente reciente formada alrededor de una pieza industrial.

Cuando el hierro se corroe, se transforma en óxidos e hidróxidos que ocupan un volumen mayor que el metal original. Estos productos pueden mezclarse con arena, polvo, pequeños guijarros y minerales presentes en el suelo. La humedad ocasional disuelve sales; posteriormente, la evaporación vuelve a depositarlas y contribuye a cementar los materiales. Repetido durante años, este proceso puede producir una envoltura dura y compacta que parece una roca natural. En la región de Coso, el polvo salino transportado por el viento desde zonas lacustres secas pudo acelerar considerablemente la corrosión y la formación del nódulo.

La presencia de una bujía de los años veinte tampoco resulta extraña en aquel lugar. La zona tuvo actividad minera durante la primera mitad del siglo XX, y las explotaciones utilizaban vehículos, motores, bombas, compresores y otros equipos de combustión. Una bujía desechada pudo permanecer sobre el terreno, oxidarse y quedar progresivamente recubierta de sedimentos mineralizados. Además, el objeto fue recogido en superficie y no documentado dentro de un estrato geológico intacto. Los descubridores reunieron diversas piedras en una misma bolsa, por lo que nunca pudo establecerse con precisión el punto exacto ni el contexto original del hallazgo.

El artefacto de Coso no demuestra la existencia de motores prehistóricos. Su importancia es diferente y muestra cómo puede construirse un misterio cuando una observación sorprendente se combina con una datación no documentada, la pérdida del contexto arqueológico y la repetición de una historia atractiva. La explicación extraordinaria sobrevivió durante décadas porque parecía más emocionante que la hipótesis sencilla de una bujía oxidada.

La ciencia no elimina el asombro; lo transforma. El verdadero interés del artefacto de Coso no reside en una civilización imposible, sino en la capacidad de los procesos químicos y geológicos para convertir, en unas pocas décadas, un objeto industrial abandonado en algo que parece pertenecer a un pasado remoto. También recuerda una regla esencial del conocimiento, ya que cuanto más extraordinaria sea una afirmación, más rigurosas deberán ser las pruebas que la sostengan.

Alberto Requena
Alberto Requena
Acerca del autor

Este blog pretende ser una depresión entre dos vertientes: la ciencia y la tecnología, con forma inclinada y alargada, para que por la vertiente puedan circular las aguas del conocimiento, como si se tratara de un río; o alojarse los hielos de un glaciar de descubrimiento, mientras tiene lugar la puesta a punto de su aplicación para el bienestar humano. Habrá, así, lugar para la historia de la ciencia, las curiosidades científicas y las audacias científico-tecnológicas. Todo un valle.

El eldense Alberto Requena es catedrático emérito de Química de la Universidad de Murcia.

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