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María Olcina Soriano, Maruja, desde la entrada de su vivienda | Jesús Cruces

Hace unos días, Elda vio cómo derribaban dos de las míticas casas de la calle Padre Manjón, que han dejado un gran solar donde se construirá un edificio. Un poco más abajo, en el número 13 de la misma calle, se encuentra en pie y en buenas condiciones, la última de estas casas con su característico jardín, que está habitada.

Una casa cuya historia se remonta al año 1955, cuando el padre de María Olcina Soriano, también conocida como Maruja, se jubiló y compró la vivienda. Antes de trasladarse al número 13 de Padre Manjón, la familia de Maruja vivía en el hotel que su padre poseía, el Hotel Juanito, donde ahora está la Plaza Mayor.

El padre de Maruja les dejó a ella y a su hermana la vivienda. Desde entonces, María Olcina ha vivido en la planta baja de la última casa unifamiliar construida en la época de la posguerra, mientras que su hermana reside en el piso de arriba.

Maruja es una mujer sencilla, de 87 años, que comenzó a dar clases con 16 años en la Huerta Nueva, para posteriormente, continuar su labor de profesora en la antigua Escuela Infantil El Vergel. En este colegio, los estudiantes entraban con 3 años y terminaban sus enseñanzas con 13. Ella reconoce que se le daba bien enseñar, y que cuando los niños finalizaban el colegio, lo sabían prácticamente todo. A lo largo de su vida han sido muchos los alumnos que ha tenido, tantos, que con el paso de los años, algunos de ellos pasan por su casa para visitarla de vez en cuando para saber cómo se encuentra. Ella misma se refiere a estos antiguos estudiantes como sus “discípulos”, y admite que la cuidan y la respetan.


Maruja recibiendo a una de sus antiguas alumnas y a la nieta de esta | Jesús Cruces.

Conforme avanza por el pasillo de la última casa unifamiliar de la calle Padre Manjón, Maruja va mostrando cada uno de sus rincones, sus objetos, fotografías y obsequios de la gente que la aprecia: “Mi casa es como un museo”, explica mientras admira uno de los cuadros que tiene colgados en la salita.

María Olcina no está casada y admite que ha pasado gran parte de su vida cuidando de personas mayores. Como no tiene hijos, le preocupa el futuro de la casa cuando ella no esté: “El día que falte, mis alumnos tratarán de hacer un museo, no queremos que derrumben la casa”. Ella tiene verdadera fe en esta promesa, ya que sus “discípulos” la cuidaron cuando pasó por las peores enfermedades de su vida, como el cáncer que logró superar hace unos años.


Número 13 de la calle Padre Manjón | Jesús Cruces.

Aunque aún siga siendo su vivienda, algunas personas ya la consideran una especie de museo. Maruja comenta que son muchos los que tocan a su timbre para preguntar por la casa. Y ella, amablemente, les ha enseñado su hogar, sin ningún tipo de reparo: “Hay personas que se han llegado a hacer fotos en la entrada”, admite con una sonrisa.


Interior de la casa de Maruja, donde se ve el suelo que ella tuvo que cambiar | Jesús Cruces.

Maruja confiesa que está continuamente invirtiendo dinero para restaurar y mantener la casa en buen estado, como hizo con el cambio del suelo. Y da las gracias a sus alumnos por ayudarla en todo momento, porque muchas veces ellos colaboran dando una mano de pintura o haciendo pequeños arreglos.

Desde la ventana del salón, contempla todos los días el tránsito de la gente, y recuerda que en su época tan solo veía un gran solar a través del cristal. Maruja tiene vistas a su jardín, el cual constituye uno de los elementos singulares de la casa, donde ha crecido un árbol y diversas plantas como jazmines. Un jardín que destaca en una calle, donde ahora, ya solo quedan edificios.


Vistas desde la ventana de Maruja | Jesús Cruces.

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