SEMANARIO DE INFORMACIÓN LOCAL, DEPORTES Y ESPECTÁCULOS

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Resumen de lo publicado

Hace veinte años que María Salud Amat, Salu para todo el mundo, no viene a su Elda natal para las fiestas de Moros y Cristianos. Este año, aprovechando que Almudena, su hija, ha terminado sus estudios y que, por primera vez desde que tiene uso de razón, está libre de exámenes, ambas han emprendido un viaje iniciático. La hija, para conocer al fin la fiesta. La madre, para reencontrarse con ella.

El jueves por la tarde, mientras Almudena se dirige a presenciar la Entrada de Bandas con los amigos de su primo Jorge, Salu hace lo propio con Mamen, su amiga del alma.

 

Viernes, 01:30 h.

Días más tarde, semanas, quizá, cuando Salu tenga ocasión de analizar con sosiego el devenir de los acontecimientos que se sucedieron durante aquellos Moros y Cristianos, seguramente identificará cada uno de los pequeños detalles y casualidades que acabarían dándole un papel protagonista en los hechos. Para empezar, resultó decisivo el hecho de que la comparsa de Piratas desfilase en último lugar de la Retreta...

Pero antes de eso conviene volver a la plaza de la Constitución, más conocida por plaza del Ayuntamiento; al momento en que, con los últimos compases del pasodoble Idella, la Entrada de Bandas finaliza con una explosión de júbilo y una sonora mascletá, tras cuyos ecos el público se dispersa, bullicioso, por la ciudad entera. Ya sea en casa, en restaurante o en cuartelillo, los eldenses se aprestan a celebrar el comienzo de los Moros de una forma más íntima, aunque no menos gratificante: con la obligada cena entre familiares y amigos. No hay tiempo que perder, pues a medianoche todos, comparsistas y espectadores, tienen cita con el primer acto participativo de la Fiesta: la Retreta.

Esa primera noche, Salu cena en El Galeón, el cuartelillo de la escuadra de Juanma Rico, el marido de Mamen, lo que es tanto como decir una escuadra de piratas afables e inofensivos, más dados a la cerveza y al pasodoble que al ron de caña y los sangrientos abordajes. Tras una animada sobremesa, las dos amigas dejan a los pacíficos piratas aprestándose para la Retreta —es decir, pasando de la cerveza al gin-tonic— y se dirigen al portal de los Rico-Vera, donde los allegados que no desfilan suelen darse cita para ejercer de espectadores.

* * *

En la Retreta, todo un año de paciente espera se desborda en una riada de alegría incontenida. Desinhibidos —la cena y la copa previas ayudan, sin duda—, los festeros desfilan a ritmo de pasodoble, y el público los recibe con simpatía; indulgente, pues sabe que el informal pasacalle es un desahogo bien merecido, preludio de esos otros, majestuosos y solemnes, que mostrarán el verdadero espíritu de la Fiesta. Aunque para informales de verdad, se sonríe Salu, las Retretas de su juventud, en las que la carnavalada y el desorden predominaban sobre la uniformidad festera; y era tal el desmadre que más de un imprudente, recuerda, acababa en ellas sus fiestas, víctima de un bochornoso naufragio etílico.

Al filo de la una y media de la madrugada, por la esquina de Pemán con Dahellos todavía desfila el bando Moro. A ritmo de pasodoble, vestidos con sus tradicionales trajes de guerrilla, han pasado Realistas, Huestes del Cadí y Musulmanes, y ahora se abren paso los adorados Marroquíes de don Paco. A petición de su amiga, Mamen consulta el reloj y hace un rápido cálculo: bando Cristiano de por medio —Estudiantes, Zíngaros, Contrabandistas, Cristianos y Piratas, en ese orden—, la escuadra de Juanma no será avistada antes de las dos. Lo cual provoca en Salu el primer bostezo de la noche.

—Uf, no sé si aguantaré —dice—. Después del madrugón de hoy, del viaje, el vino de la cena, el gin-tonic... —Hasta aquí hemos llegado, viene a decir cuando apura el líquido incoloro y aguanoso de su vaso de plástico—. Estoy rendida, Mamen. Creo que me voy a la cama.

La segunda casualidad es el wasap que, en ese preciso instante, reciben ambas en el grupo Elda-Madrid-Londres, así llamado porque Julia, otra de las amigas de la infancia, lleva años instalada en la capital del Brexit. Aunque Julia no suele venir en Moros —Navidades y gracias—, el grupo anda bastante revuelto estos días con la movida festera.

—Es Chelo —dice Salu, más rápida porque todavía no necesita, como su amiga, ponerse las gafas de cerca para leer los mensajes—. Que ha llegado a su cuartelillo, que está con Fini, que tienen muchas ganas de verme, y que nos acerquemos a tomar algo con ellas.

Chelo y su marido han desfilado al comienzo de la Retreta con los Moros Realistas, por lo que debieron de acabar hace rato. Mamen se levanta de su silla y se frota con alivio las nalgas entumecidas.

—¿Pues sabes qué te digo? —dice—. Que por mí, bien. Porque si sigo aquí sentada, para cuando acabe Juanma yo también voy a estar sobada. Y tú, ¿te vas a la cama o te apuntas?

Un segundo bostezo no es óbice para que Salu se apunte.

—Te acompaño porque a mí también me apetece verlas —asiente—. Me tomo la última y a dormir, que mañana quiero llevar a Almu al Traslado del Santo.

—¿A Almudena, dices? —sonríe su amiga, escéptica—... Eso será si consigues levantarla, je, je...

 

* * *

El cuartelillo es el hábitat natural del festero: en él almuerza, come, cena, copea e invita a los amigos, que a su vez lo invitan a los suyos. En el cuartelillo el festero baila, canta, se cambia para los desfiles, se maquilla y se desmaquilla; y si no duerme en él es porque en los cuartelillos no suele haber camas, y porque en ningún sitio se duerme como en casa. Claro que, bien mirado, algunos parecen no dormir nunca.

En Elda, los cuartelillos particulares están por todas partes. Proliferan, sobre todo, en el casco antiguo y en los barrios construidos durante el primer tercio del siglo pasado —El Progreso, La Prosperidad, La Fraternidad— a base de casas unifamiliares, normalmente de dos plantas. Tantos hay —más de trescientos, casi todos ellos permanentes—, que en alguna calle parecen superar en número a las viviendas.

Guardianas del Sultán, la escuadra de moras realistas de armas tomar a la que pertenece Chelo Porta, se acuartela en una de esas casas antiguas que sobrevivieron a la fiebre del desarrollo inmobiliario. Al entrar se da uno de bruces con una amplia barra, donde todo quien se acerca tiene garantizados, como mínimo, un botellín de cerveza y un platillo de mezclaíco. Luego, en caso de contar con la complicidad de los anfitriones —suele bastar con que alguno de los visitantes y alguno de la escuadra, no necesariamente presente, tengan un conocido en común, y a veces ni eso es necesario—, se accede a un diáfano salón que ocupa toda la planta baja y que hace las veces de comedor y pista de baile. Con la primera planta reservada a cocina, sala de estar, ropero y vestidor, el de la escuadra de Chelo es un cuartelillo de manual.

 

* * *

—¡¡¡Saluuu!!!

Espitosa ella, el efusivo abrazo de Chelo hace que parte de su vodka con naranja salga disparado por los aires cual ola que rompe contra el malecón. Por fortuna, el atuendo de la recién llegada sale indemne de la pringosa rociada.

—Qué alegría verte, Chelo —corresponde su amiga.

—¿Desde cuándo?... Desde Navidades, por lo menos.

—Por lo menos.

Chelo es la superheroína de Salu: madre de familia numerosa y trabajadora a jornada completa, mantiene, a base de gimnasio y piscina, un tipazo que te mueres, y siempre se las arregla para estar divina.

—Y cuántos años sin venir a Moros, ¿no?

—Uf, ya ni me acuerdo.

—¿Estás bien? —se interesa la realista, afectuosa, sin deshacer el abrazo.

Salu sabe que el «¿estás bien?» no es de oficio. Como íntima suya que es desde la infancia, también Chelo sufrió por ella cuando lo del fatal accidente de Félix.

—Estoy bien, gracias —agradece de corazón.

—Eh, que yo también me alegro de verte, Chelo —tercia Mamen, ignorada hasta entonces.

—A ti te tengo muy vista, guapa, ¡ja, ja! —desdeña la aludida con mohín cariñoso. Pero luego, como para compensarla, la coge por el brazo—. Venid, vamos a que os pongan una copa. ¿Dónde se ha metido Fini? Estaba por aquí...

Invariablemente ataviada en Moros, desde los quince años, con su bombacho verde y su chaleco teja de las Huestes del Cadí, Fini Guarinos, que se divorció un poco antes de que ella enviudase, es, junto con Mamen, con quien Salu pasa más tiempo cada vez que viene a Elda.

—¿Qué tal la Banca? —pregunta, tras los afectuosos abrazos y besos.

Acostumbrada a que las amigas le consulten a menudo qué hacer con ahorros e hipotecas, Salu, que estudió Económicas y tiene un buen puesto en una entidad financiera del IBEX, ríe la pregunta.

—La Banca siempre gana, ya sabes —dice—. Y yo tengo unas ganas de prejubilarme que no me aguanto.

—Huy, pues no te queda... Y además, no sé a qué viene tanta prisa. Si estás estupenda.

—Ya. Tú sí que estás estupenda.

—Pues díselo a algún amigo tuyo; banquero a ser posible. Oye, si hay que ir a Madrid, se va, ¡ja, ja!...

Mientras acompasan hombros y caderas al ritmo, ora latino, ora festero, que marca el ambiente cuartelillero, Salu y Fini, Mamen y Chelo, por parejas alternas o las cuatro juntas, no paran de hablar hasta que llega el momento de cogerse de los brazos para bailar y lalarear Paquito el chocolatero.

Que aparezca Marijose Cremades para completar el quinteto de amigas de la infancia es solo cuestión de tiempo: en cuanto los Cristianos acaben la Retreta, justo antes de los Piratas, a buen seguro que se pone en contacto.

 

* * *

Viernes, 02:30 h.

La tercera circunstancia, o casualidad, que va a meter a Salu de cabeza en el lío es el hecho de que Marijose y su marido han entrado, por primera vez desde que la crianza de sus hijos los obligara a recortar gastos prescindibles, en un cuartelillo. Un cuartelillo superchulo, al decir suyo; y claro, la cristiana se empeña —faltaría más— en llevar a sus amigas para invitarlas a una copa y «para que sepáis dónde está vuestra casa estos Moros». Toda la resistencia que Salu es capaz de desplegar no basta ante la firme decisión de su amiga y la complicidad del resto. Además, «el sitio está aquí al lado; casi te viene de camino a casa». Punto pelota.

—Bueeeno —cede al fin—. Pero la última, ¿eh? Y luego me retiro, que mañana hay Traslado.

 

* * *

Lo normal en La mesnada de doña Urraca es que, en las cálidas noches de junio, la juerga se concentre en el patio, bien equipado con juego de luces y potentes altavoces para disfrute de los mesnaderos y —es un decir— regocijo de sus vecinos. Salu, que considera dos gin-tonics como el límite para estar en condiciones al día siguiente, ha vuelto a la cerveza; por no rechazar la invitación de Marijose, más que nada. Y como quiera que el primer trago acaba por colmar su ya hinchada vejiga, interrumpe la cháchara a cinco para preguntar por el baño.

El «baño» de La mesnada consiste en dos aseos contiguos que dan al patio. Salu tiene suerte: el de mujeres está vacío y, como enseguida descubre, razonablemente limpio. Sentada en la taza, exhala un gran suspiro de alivio al tiempo que reconsidera su límite, pues se nota algo mareada: va a ser que un gin-tonic es suficiente.

—... ¿Tienes la nota?

—La tengo.

Fuera, en el patio, la música ha parado un instante, y por un ventanuco entreabierto que comunica con el aseo de hombres se filtran dos voces masculinas. ¿Dos hombres en un aseo? Ella creía que eso era cosa de chicas; pero claro, pensándolo bien, ellos lo tienen fácil para orinar a un tiempo. Se ve que cuando la vejiga aprieta...

—¿Y crees que pagarán?

—Si no pagan, le pegamos fuego. Que se jodan los eldenses.

—Pues vamos, que tenemos mucha faena por delante...

Las voces suenan desabridas, hostiles; roncas, ya sea de natural o por acumulación de tabaco y alcohol. Salu frunce el entrecejo. ¿Que se jodan los eldenses? ¿Qué han querido decir con eso?... ¿Y a qué viene lo de «si no pagan, le pegamos fuego»? Mosqueada, apresura la micción, fuerza el cierre de la espita antes de finalizar y se incorpora para recomponer pantalón, cinto y blusa. Quiere ver la cara de los extraños intrigantes, pero entonces suceden tres cosas a la vez: la música recupera el volumen cuartelillero —los aires de reggaetón mudados en aires de rumba catalana—; en el aseo contiguo se deja oír, amortiguada, la descarga de la cisterna; y el pestillo del suyo se atasca, obligándola a forcejear durante unos preciosos instantes. Cuando logra verse fuera, Salu comprueba que la puerta del otro aseo está entreabierta; y su interior, vacío.

Sus primeras miradas se dirigen a quienes charlan, bailan y copean en el patio, hasta que recuerda el «vamos, que tenemos faena». Entonces entra en la casa y cruza el espacioso salón, justo a tiempo de ver dos figuras masculinas que salen por la puerta del cuartelillo. Sin hacer caso de Marijose, que la reclama desde un nutrido grupo de cristianos, Salu se asoma a la acera. Dos hombres cruzan la calzada, unos metros más allá, en dirección a la esquina opuesta. Cual pareja clásica del cine cómico, el uno es bajo y corpulento; el otro, fino y espigado. Ambos visten la misma camiseta azul oscuro con un logotipo blanco serigrafiado a la espalda; ambos la combinan con el inconfundible pantalón negro, recogido con borlas blancas en la pantorrilla, de los Estudiantes. Para cuando desaparecen tras la esquina, Salu solo ha podido verles las espaldas.

—Me voy —le dice a Mamen, que departe con un moro musulmán cerca de la entrada—. Despídeme de Marijose, que tengo prisa.

Extrañada de tanta premura, su amiga intenta retenerla.

—Espera —dice—. Quiero presentarte a...

Pero ya ella ha ganado la salida de nuevo.

—¡Mañana!

 

* * *

Al doblar la esquina, Salu comprueba que los extraños, que bajan por Pedrito Rico en dirección a la iglesia de Santa Ana, ya le llevan dos manzanas de ventaja. Es al intentar caminar derecha por la acera cuando vuelve a acusar que va un poco cargada. Definitivamente, el vinito de la cena y un gin-tonic. Dios, qué ganas de meterse en la cama... De pronto, según se acerca a las Cuatro Esquinas, tiene un destello de lucidez: ¿se puede saber qué hace un jueves de Moros, a las tres de la mañana casi, siguiendo a dos desconocidos a causa de una conversación que ni siquiera está segura de haber entendido bien?

Hay que ser idiota para...

—¡Mamá!

La familiar figura de Almudena se destaca de entre un grupito de jóvenes de diversas filiaciones festeras que conversan animados, entre risas y bromas, en un banco de la plazuela de la iglesia.

—Hola, mamá —dice, sonriente, desde el barandado—. ¿Adónde vas?

Eso, se dice Salu, es lo que se estaba preguntando ella. Sobre la marcha, improvisa la única respuesta coherente.

—Eeeh... A casa. Es tarde ya, y estoy cansada.

—¿A casa? —se extraña su hija—... ¿No vas en dirección contraria?

—Eeem... Sí, pero estaba dando un paseo para... Bueno, ya sabes, despejarme un poco y eso. ¿Y tú? —cambia de tema, señalando al grupo con un gesto—. Veo que lo estás pasando bien.

—Muchííísimo —dice la joven, entusiasta—. Tenías razón: estas fiestas son una pasada. Y yo, perdiéndomelas todos estos años.

Mírala: la que no conocía a nadie, la que iba a aburrirse tanto... A Salu se le escapa una carcajada.

—Ya sabía que te iban a gustar, ¡ja, ja!... ¿Y Jorge?, ¿no estás con él?

—Acaba de irse para acompañar a Lola. —Almudena se encoge de hombros, y luego baja el tono, en plan confidencial, con un mohín malicioso—. Ha estado muy atento, ¿sabes? Yo creo que pensaba que su prima la empollona era un muermo que le iba a aguar las fiestas, y se ha quedado sorprendido.

Ríen las dos, madre e hija, hasta que la risa de la primera se resuelve en bostezo.

—Bueno, pues me voy —dice—. ¿Te quedas?

—No. Espera, que me despido y voy contigo. Yo también estoy cansada, ¿sabes?

Mientras espera, Salu comprueba que, más allá de la iglesia, los dos hombres de camiseta azul se pierden de vista al doblar por la plaza del Sagrado Corazón. ¡Al diablo! Lo que estaba haciendo era una tontería. Irse a casa con Almudena; eso es lo que tiene que hacer.

 

* * *

Llegadas al domicilio familiar, ni cinco minutos tardan madre e hija en lavarse, empijamarse y meterse en sus camas respectivas. Cuando Salu trata, durante el breve minuto que tarda en quedarse dormida, de hacer balance de la larga jornada que termina —el viaje pasado por agua, la reunión familiar alrededor del arroz, el desbordamiento del espíritu festero, la cena cuartelillera, el reencuentro con las amigas, la inmersión de Almu en la Fiesta—, admite con satisfacción que resulta muy positivo. Tan solo un par de detalles le dejan cierto regustillo amargo: le ha sobrado una copa, culpa suya; y la cama se le hace grande, culpa del infortunio. ¡Dios, cómo le hubiese gustado a Félix ver a su hija disfrutar de los Moros y Cristianos!

Y otra cosa: ese impresentable, maleducado, grosero «que se jodan los eldenses»; que, aunque ya no está segura de que haya sido real, continúa martilleándole la cabeza.

En la calle, la llovizna que comenzaba a insinuarse justo cuando alcanzaban el portal —«Corre, Almu, que no se estropee tu chaleco»—, se desata en ruidoso aguacero. «Que llueva todo lo que tenga que llover», es el último pensamiento de Salu antes de sucumbir al agotamiento. «Mejor ahora que mañana por la mañana».

 

* * *

Viernes, 10:00 h.

De la escuadra de su adolescencia guarda Salu muchos de sus mejores recuerdos de la Fiesta. La formaron aquellas compañeras de clase que coincidieron en querer salir de moras, y cuyos padres, bien por ser festeros de pro, bien por desear verlas transformadas en bellas huríes, se avinieron a costear el dispendio: Celia, María, Loli, Inma, Luisa, Lidia, Reyes, Toñi... Menudo elenco. Dado que don Paco se empeñó en que su hija siguiese la tradición familiar, y que a las demás les pareció bien con tal de salir juntas, las muchachas se apuntaron a los moros Marroquíes.

Aquella primera época festera, que duraría desde la entrada en la edad del pavo hasta la diáspora de las que emigraron para estudiar fuera, dio para tantos buenos ratos que aun hoy, cuarenta años después de su debut como comparsistas, las respetables casadas, divorciadas, viudas o solteras en que se han convertido aquellas jovencitas despreocupadas conservan entre sí un vínculo especial.

Dios, cómo se divertían, en los días previos a la Fiesta, ensayando el paso con un radiocasete en las calles sin tráfico de la Ciudad Vergel, a la salida del colegio. Cómo reían, se animaban unas a otras o se burlaban de la cabo de escuadra; pero también cómo se apoyaban en el común, juvenil afán por asombrar al mundo con su gracejo, su elegancia y su majestuosidad. Cómo les gustaba probarse aquellos trajes y turbantes de fantasía oriental, hechos con vaporosos tules y brillantes rasos, recamados con hilo dorado y con plumas, lentejuelas y pedrería; trajes que, con el concurso de sus voluntariosas madres, habían alquilado en Sax o en Villena y luego habían ajustado, repasado, ceñido o desceñido a conveniencia. Y cómo disfrutaban experimentando peinados y maquillajes de exóticos diseños, imposibles pestañas postizas y purpurina a discreción.

Y así llegaba el gran día: el sábado por la tarde, mientras las comparsas del otro bando abrían la Entrada Cristiana, estaba hecho para ellas de prisas, nervios y sobresaltos de última hora, del estilo de «se me ha descosido el velo» o «no encuentro un brazalete» o «se me ha corrido la pintura». Luego todo salía a la perfección, claro: el paso marcial, perfectamente sincronizado; el digno protagonismo de la cabo de escuadra de turno, radiante con su aguerrida cimitarra; las ovaciones del público, que arreciaban cuando se acercaban a familiares y amigos. Un kilómetro y medio de lento, altivo, triunfal paseo hacia el jardín del Islam.

Lo peor de ser moras, recuerda Salu, era que el desfile del sábado solía terminar a las tantas, y que luego, a pesar del cansancio, había que regresar a casa a la carrera para quitarse los majestuosos trajes, desmaquillarse, cenar algo de fundamento, ponerse la ropa de guerrilla y salir de verbena. Todo lo cual, teniendo en cuenta que al día siguiente había que madrugar para vestirse y maquillarse de nuevo —el bando Moro abría la Entrada del domingo por la mañana—, hacía que la noche se quedase corta para las fogosas huríes.

 

* * *

Todo eso y mucho más recuerda Salu de sus Moros y Cristianos de juventud; sin embargo, por más que hurga en su memoria, le vienen a la cabeza pocas imágenes de actos festeros tan importantes como las Guerrillas, las Embajadas o el Traslado del Santo; probablemente porque, siendo estos por la mañana, ella se hallaba demasiado ocupada en recuperar el sueño perdido la noche anterior. Así que, en este su reencuentro con la Fiesta después de veinte años, una de sus prioridades es no perderse los vistosos y tradicionales actos matutinos, comenzando por el susodicho Traslado. Y si luego —porque las noches cuartelilleras pasan factura sí o sí— hay que sacrificar parte de alguna Entrada en favor de una buena siesta, se sacrificará sin el menor remordimiento.

Naturalmente, Almudena no reacciona a su llamada cuando, a eso de las diez de la mañana, bien desayunada y en impecable traje de guerrilla, Salu se dispone a salir hacia la ermita de san Antón. No importa; tampoco conviene agobiarla más de la cuenta. Ya se encargarán sus abuelos de despertarla a una hora más llevadera y de llevarla luego —porque eso es algo que doña Remedios y don Paco no se perderían por nada del mundo— a ver la entrada del Santo en la iglesia.

En cuanto a ella, zumo de naranja, café y paracetamol han constituido el cóctel milagroso con que ha ahuyentado ese ligero, aunque insidioso dolor de cabeza provocado, qué duda cabe, por el maldito segundo gin-tonic. Ya veremos, se sonríe maliciosa, si Mamen, que ha confesado estar catatónica en respuesta a su wasap para quedar, puede decir lo mismo.

 

* * *

En casa de su amiga aprovecha para tomar un segundo café. Tal como sospechaba, a la zíngara se la ha torcido la mañana por culpa de una noche muy larga: que si la penúltima copa con Marijose en La mesnada de doña Urraca; que si la última con un amigo musulmán a quien, al decir suyo, Salu dio plantón; que si luego apareció Juanma, en fin, empeñado en que todos rematasen la noche en El Galeón...

—Total, que me sobraron dos copas, por lo menos —concluye Mamen, mientras termina de atarse las botas de cascabeles.

—Si es que parece mentira, mujer —la reprende Salu, afectuosa—. Deberías saber que los Moros y Cristianos son una carrera de fondo; que no se puede echar el resto la primera noche.

—No, si ya...

—Venga, date aire, que todavía llegamos a tiempo de ver a Juanma disparar unos arcabuzazos.

La sola mención de tal posibilidad hace que Mamen se lleve las manos a las sienes.

—¡Uf, deja, deja! —dice con tono lastimero—... Para arcabuzazos estoy yo.

—Por cierto, que parece como si hubieran dejado de disparar —se extraña Salu—. ¿Tan tarde se nos ha hecho?

Pero un vistazo al móvil despeja sus temores.

—Qué va; si aún no son las once. Qué raro...

Sale al balcón seguida por el cascabeleo de su amiga. Para ser la hora que es del día que es, la ciudad se halla sumida en un sorprendente silencio.

—No se oye nada —constata Mamen—: ni disparos, ni bandas de música...

Salu se encoge de hombros.

—Venga, vámonos —dice—; que al final vamos a perdernos el...

Un hombre y una mujer, el famoso tema de Francis Lai, la interrumpe: el móvil de su amiga, que siempre será una romántica.

—Mira qué casualidad: es Juanma. Se ve que han terminado el alardo —dice Mamen, deslizando un dedo por la pantalla antes de llevársela a la cara—. Hola, cariño. —Sus ojos y sus labios sonríen—. ¿Qué haces?, ¿no estás disparando?... ¿Cómo? ¿Que habéis parado nada más comenzar el recorrido?... —La sonrisa se torna en rictus de extrañeza—. ¿Que se ha suspendido todo? Pero... ¡¿¡Que el Santo qué!?!... —La extrañeza, en espanto—. Sí... Sí... Vale, vale... ¡Dios mío!

Demudada, cuelga el teléfono. Alguna emoción fuerte —los ojos muy abiertos, la boca muy abierta, la respiración suspendida— le impide articular palabra.

—¡Por Dios, Mamen!, ¿qué pasa? —la apremia Salu—. ¿Qué ocurre con el Santo?

Pero antes de que su amiga responda la invade una horrible sospecha, casi una certeza —«Que se jodan los eldenses»—: la de que conoce la respuesta.

Mamen respira hondo un par de veces seguidas. Luego, no sin esfuerzo, consigue hablar.

—Que la imagen de san Antón ha desaparecido. Que —inspira—... Que, por lo visto, el párroco de Santa Ana y el asesor religioso de la Junta Central han ido esta mañana a la ermita y han encontrado una nota de rescate sobre la plataforma vacía. Que los —espira—... secuestradores dan de plazo hasta la media noche del sábado para que se les entreguen ciento cincuenta mil euros; de lo contrario... De lo contrario —suspira—, la ciudad de Elda no volverá a ver a san Antón.



Continuará.

 

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Acerca del autor

Autor: Ramón Candelas

Nací en Elda en 1960, y, aunque resido en San Sebastián, nunca he dejado de regresar a mis raíces. Hace década y media que me dedico a escribir novelas, de las que Cuartelillo. Una novela muy festera hace la número seis. Desde mi juventud, mi relación con la fiesta de Moros y Cristianos ha sufrido, entre la participación entusiasta y la incomparecencia, altibajos debidos a la distancia, los estudios, la crianza de los hijos y otras causas ligadas al devenir de la vida. Precisamente mi reencuentro con los Moros y Cristianos en 2018, tras una larga ausencia, me inspiró esta especie de intriga, comedia negra o como queráis calificarla, alrededor de nuestra amada Fiesta.

A todos vosotros, mis paisanos, he querido presentárosla desde este Valle de Elda que consideramos tan nuestro, en sucesivas entregas al modo de los folletines decimonónicos. No me preguntéis por qué, pero es algo que me hace mucha ilusión. Y espero sinceramente que, capítulo a capítulo, sufráis, disfrutéis, añoréis y os emocionéis con Salu a lo largo de sus peripecias en la Fiesta del septuagésimo quinto aniversario.

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