SEMANARIO DE INFORMACIÓN LOCAL, DEPORTES Y ESPECTÁCULOS

Fundado en 1956
Visto: 507
Compartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en Google PlusCompartir en WhatsApp

Resumen de lo publicado

Salu Amat ha venido a las fiestas de Moros y Cristianos tras veinte años de ausencia. En la madrugada del viernes disfruta del ambiente festero en un cuartelillo con sus amigas. En un momento dado, mientras se alivia en el aseo, escucha una conversación sospechosa entre dos hombres en el aseo contiguo. Escamada, los sigue durante un trecho, hasta que, al encontrarse con Almudena, su hija, decide desistir.

El viernes por la mañana, cuando se dispone a acudir al Traslado del Santo con su amiga Mamen, esta recibe una llamada de su marido: la imagen de San Antón ha sido secuestrada. De no pagar un fuerte rescate, la ciudad no volverá a ver a su ermitaño.

 

Viernes, 11:30 h.

A esta hora debería comenzar el Traslado del Santo. Tras el alardo de arcabucería que lo precede, el Estandarte estaría recién llegado a la ermita en festiva comitiva de autoridades municipales, religiosas y festeras; los integrantes de las diferentes comparsas se arracimarían en los alrededores, llegados al son de sus bandas de música tras recoger a capitanes y abanderadas; los Zíngaros, encargados este año de portar la imagen, la habrían sacado fuera de la ermita, donde habría sido recibida con gran algarabía y estruendo artillero; la campana voltearía en su espadaña sin descanso —sin descanso del campanero, se entiende—; y los Realistas, abriendo el desfile ante el venerable Anacoreta y su inseparable gorrino, enfilarían por la calle Independencia el recorrido que los llevaría hasta la escalinata de la iglesia de Santa Ana.

El viernes de Moros del año de gracia de 2019, en el septuagésimo quinto aniversario de la Fiesta, lo que es tanto como decir en sus Bodas de Brillantes, nada de eso ocurre en la perpleja ciudad de Elda. La campana permanece inmóvil en su espadaña; los instrumentos musicales enmudecen en manos de sus confusos dueños; las andas y la peana, aligeradas de la pesada talla, descansan en sus borriquetas; los portadores, sin imagen que portar, murmuran cabizbajos, preocupados, como el resto de los comparsistas, por el devenir de la Fiesta.

 

* * *

Salu y Mamen encuentran en la plazuela de San Antón a Juanma, quien, como muchos de los tiradores que participaban en el Alardo, ha querido comprobar con sus propios ojos la veracidad de la insólita noticia que ha dado al traste con todo.

—¿Y qué dicen los de la Junta Central? —se interesa su esposa—. ¿Se sabe algo?

El pirata se encoge de hombros.

—Se han encerrado en la Casa de Rosas a deliberar en cuanto han verificado la noticia —dice—. Y hasta ahora. Por lo visto están reunidos todos: el alcalde, la concejala de Fiestas, la Junta en pleno, la Mayordomía...

—¿Crees que suspenderán las fiestas? —pregunta Salu.

—¡Ni hablar! Si se les ocurre, aquí se organiza un motín. —Como para reforzar sus palabras, Juanma blande el pesado arcabuz que apoyaba indolentemente en la acera—. Solo faltaba que nos quedásemos sin fiestas por culpa de unos desgraciados.

Se diría que tiene razón, en vista del creciente público que abarrota las calles aledañas. Desde la Avenida de Ronda hasta La Frontera, la noticia ha corrido cual reguero de pólvora, y multitud de curiosos, amén de quienes aguardaban en las aceras para presenciar el Traslado, se acercan para seguir, en vivo y en directo, los acontecimientos. A pesar de que el sol protagoniza una espléndida mañana de junio, un escalofrío estremece a Salu. No puede continuar así, se dice; ha de contar a alguien lo que sabe, aunque no la tomen en serio.

—Salu, ¿te encuentras bien? —se preocupa Mamen—. Te has puesto pálida.

Su amiga se apoya en ella, como si le flaqueasen las piernas.

—Nnno... Sssí..., estoy bien, gracias —balbucea, confusa—. Es solo que... Vamos a sentarnos en algún sitio, porfa. Ven tú también, Juanma, que he de deciros algo. Igual os reís de mí, pero...

 

* * *

—Joder.

—Sí, joder.

Sentados en el único banco de la plaza del Ayuntamiento que han encontrado libre, justo al lado del castillo prefabricado que, Alá mediante, los Moros tomarán al asalto el sábado por la mañana, Mamen y Juanma tratan de asimilar el relato de Salu. Al pirata le parecería el momento idóneo para encender un cigarrillo, de no ser porque lleva una cantimplora de pólvora colgada del hombro.

—Así que por eso me diste la espantada anoche —dice la zíngara—. Pero... ¿por qué no me has dicho nada antes, en casa?

La contrabandista hace un gesto ambiguo.

—Y yo qué sé, Mamen —dice—. Estoy confusa: ayer me moría de cansancio y llevaba una copa de más; ni siquiera estoy muy segura de lo que escuché, y tampoco pude verles la cara a aquellos individuos. ¿De veras creéis que alguien va a tomarme en serio?

—Hum. Yo sí —afirma Juanma—. En la placeta había quien murmuraba que esto es una broma pesada de los petrolancos...

—¡Pero eso es ridículo! —protesta su esposa.

—Exacto. Y el relato de Salu lo demuestra. —El pirata pasa el brazo por el hombro de su cabizbaja amiga y la atrae hacia sí en afectuoso abrazo—. Creo que deberías contarlo a la Policía antes de que a algunos exaltados se les vaya la pinza y comiencen a gritar ¡a Petrel!, ¡a Petrel!

Un destello ilumina los ojos de Mamen.

—Tengo una idea mejor —dice, sacando el móvil de su bolsito bandolera.

—¿Qué vas a hacer? —se inquieta Salu.

Su amiga hace un gesto hacia el otro extremo de la calle Colón, donde se vislumbra el elegante edificio modernista reconvertido en sede de la Junta Central.

—Están todos reunidos en la Casa de Rosas, ¿no? —dice—. Como es de suponer que hayan avisado a la Policía, vamos allí y se lo cuentas a todo el mundo.

—Pero Mamen, aquello será un guirigay —objeta Salu—. ¿Por qué crees que van a hacernos caso?

La aludida guiña un ojo cómplice a su marido.

—Porque resulta que Rafa Poveda, el musulmán que te quise presentar anoche y que, por cierto —sonríe, pícara—, es muy guapo, está divorciado y es buen amigo de Juanma y mío, es también vocal de la Junta; y supongo que estará allí, reunido con los demás.

 

* * *

Viernes, 12:00 h.

El término guirigay, entendido como «griterío o confusión que resulta cuando varios hablan a la vez o cantan desordenadamente» según el diccionario de la Lengua, se queda corto para describir el caos reinante fuera y dentro de la sede de la Junta Central de Comparsas. La llamada Casa de la Viuda de Rosas, profusamente engalanada de pendones y colgaduras su hermosa fachada dispuesta alrededor del mirador modernista, es, en efecto, un hervidero de eldenses ávidos de conocer el desarrollo de los acontecimientos.

Al principio Rafa Poveda no atiende las llamadas de Mamen. Solo cuando esta le envía un wasap en el que dice tener información sobre lo del Santo, el vocal de la Junta se pone en contacto.

—... Tenemos que vernos, Rafa. Es importante —apremia ella—... Sí, ahora... Sí, estupendo. Vamos para allá.

—¿Nos recibe? —pregunta Salu.

—Sí. Dice que entremos, que baja al hall a buscarnos.

—Id vosotras —dice Juanma—. Yo he de acercarme a casa para dejar el arcabuz y la pólvora. Luego nos reuniremos aquí.

 

* * *

Sorteada la multitud que invade la confluencia de Colón y Nueva, las dos amigas acceden al vestíbulo de la planta baja, repleto de corrillos de comparsistas de todas las filiaciones. Desde la escalera que da acceso a las dependencias superiores, bloqueada por un cordón de seguridad de la Policía Local, un musulmán de cerrada barba les hace señas para que se acerquen. Una vez franqueado el paso, Mamen hace las presentaciones.

—Salu, te presento a Rafa. Rafa, esta es mi amiga Salu.

Tras los besos de rigor, el musulmán parece caer en la cuenta.

—Mamen me ha hablado de ti —sonríe—. Tú eres la de ayer, ¿no?; la que...

—Sí —confirma Mamen—, y entenderás que nos dejase plantados cuando oigas lo que tiene que contarte.

El vocal de la Junta asiente, aunque su expresión denota escepticismo. No imagina qué luz puede aportar alguien tan desvinculado de la Fiesta como la amiga de su amiga.

—Subid conmigo —dice—. Buscaremos un despacho vacío.

 

* * *

No obstante la inicial desconfianza y la mirada azul grisáceo, que pasaría por gélida de no ser por la amabilidad y el creciente interés con que Rafa Poveda la escucha, Salu acaba su relato con más convicción que lo inicia. Como si el trato condescendiente hubiese espoleado su amor propio.

—... Y me quedé allí con mi hija. Ya no los vi más.

—Hum. ¿Y dices que doblaron por la plaza del Sagrado Corazón?

—Como si se dirigiesen a la ermita.

La reacción del vocal de la Junta es la previsible.

—¡Joooder!

Se mesa la barba, en la que Salu observa abundancia de hebras plateadas —Mamen tiene razón: es guapo, el tío—, mientras recapacita sobre lo escuchado.  

—Así que todo esto va en serio —dice al fin—. Hay muchas dudas ahí al lado, en la sala de juntas, pero tu relato confirma que el Santo está en peligro.

—¿Por qué preocupa tanto? —se encoge de hombros Salu—. Es solo una talla de madera.

—Hum. Sí y no —tercia Mamen, cuyo padre suele escribir sobre etnografía eldense en las revistas de fiestas—. La imagen es una talla de madera, en efecto, pero también una antigua tradición. Nuestros padres, abuelos y bisabuelos la han venerado desde 1941, antes de que comenzasen las modernas fiestas de Moros y Cristianos. Tú lo sabes muy bien, aunque vivas en Madrid, porque tu familia tiene gran raigambre festera.

—San Antón despierta un gran afecto en el pueblo, es cierto —asiente Rafa—. Fijaos en todos esos comparsistas de ahí abajo, en la calle: seguramente la mayoría no serán practicantes; muchos no serán creyentes, incluso. Pero llega la Fiesta y todos acuden a arropar al Santo, y se rifan llevarlo en andas, y se emocionan cuando le cantan el himno. Hay cariño, cuando no devoción. Por eso es importante lo que le ocurra a la imagen.

—¿Qué hacemos, entonces? —pregunta Salu.

—Ven conmigo. Veamos qué dicen las fuerzas vivas del pueblo.

 

* * *

La sala de juntas de la Casa de Rosas está repleta. A la Junta de Gobierno de la Junta Central de Comparsas, reunida en sesión extraordinaria y urgente, se suman el asesor religioso con algún que otro clérigo, el alcalde con algunos de sus concejales, y el jefe de la Policía Local con sus subalternos más próximos. Todos ellos escuchan con atención el relato de Salu, cuyo final deviene en descontrolado gallinero; el mismo que ella y Rafa se han encontrado al entrar.

—¡¡¡Silencio, coño!!!

No es hasta que Sergio Aguado, presidente de la Junta, adopta una actitud ejecutiva —puñetazo en la mesa, o sea—, que el gallinero se apacigua.

—Ya habéis oído a la amiga de Rafa —dice, tras lanzar una mirada adusta en derredor—: esos tipos van en serio. Y nosotros tenemos a miles de personas, al pueblo entero, pendientes de esta reunión. Hemos de tomar una decisión, y hemos de hacerlo ya. —Con un gesto de su cabeza, cede la palabra al hombre que se sienta a su lado—. Tú eres la máxima autoridad, alcalde...

El regidor de Elda abandona su actitud reflexiva para dirigirse a los presentes.

—El Ayuntamiento está haciendo todo lo que está en su mano —dice con gesto grave, pero resuelto—. Nuestra máxima preocupación ahora mismo es garantizar la seguridad ciudadana; y para ello, creemos que lo mejor es continuar con la Fiesta. ¿No es cierto? —pregunta al hombre que se sienta a su lado.

Antes de responder, el concejal de Seguridad Ciudadana intercambia una mirada de entendimiento con el jefe de la Policía Local.

—Esa es nuestra recomendación, desde luego —asiente—. Sería difícil garantizar el orden si la Fiesta se suspendiese por culpa de una broma de mal gusto. La gente podría tomárselo mal, buscando culpables donde no los haya. Podríamos encontrarnos con un tumulto, incluso.

—¿Llama broma de mal gusto a esto? —interviene, enervado, el párroco de Santa Ana—. ¡Han secuestrado al patrón de la Fiesta, por Dios! ¡No podemos continuar como si nada hubiese ocurrido!

—Cierto, don Ernesto —admite el edil—; pero tampoco podemos dejar que unos desaprensivos boicoteen los Moros y Cristianos. Los ciudadanos llevan todo el año aguardando este fin de semana; han invertido mucho trabajo y mucha ilusión, por no hablar del dinero que les cuesta: cuotas, trajes, cuartelillos...

—Habría que suspender ciertos actos —admite el presidente de la Junta—: la Ofrenda y la Procesión, desde luego, y quizá...

—¿Es que nadie se plantea pagar el rescate? —lo interrumpe un hombre que se sienta junto al párroco—. ¿Es que vamos a dejar que reduzcan a cenizas a nuestro san Antonio Abad en el setenta y cinco aniversario de la Fiesta?

—Tú eres el tesorero de la Junta, Rufino —lo interpela Santiago Vidal, el presidente de Mayordomía—. ¿Acaso tenemos fondos para tal cosa?

—¿Ciento cincuenta mil euros?... Claro que no —se encoge de hombros el interpelado—. Ni de lejos. Pero podría hacerse algo, no sé; habría que...

—Una cuestación, se me ocurre —dice Germán Sirvent, el asesor religioso de la Junta—. Entre cincuenta mil eldenses tocamos a tres euros por cabeza. No me parece mucho, si es cierto que tanto dinero nos gastamos en los Moros.

—Rufino tiene razón —apoya el párroco—. Sin el Santo, la Fiesta pierde todo sentido; y si suspendemos los actos religiosos, ¿qué nos queda? ¿Es que solo interesan la juerga, la bebida, el boato...?

—Cierto —asiente el tesorero—. Quizá si la concejala de Fiestas...

Una mujer joven, que hasta el momento ha permanecido en silencio junto al alcalde, alza ambas manos en gesto defensivo.

—Alto ahí. El Ayuntamiento no va a gastar un solo céntimo de los contribuyentes en pagar un rescate —dice, concluyente—. Es impensable y, además, sería ilegal.

—La concejala tiene razón —apoya el presidente, con evidente tono de impaciencia—. Y por lo que a mí respecta, esta Junta Central no puede dedicar ni un minuto más al tema. Tenemos cuatro días por delante con infinidad de asuntos que atender, sin contar con que todos nos hemos ganado el derecho a disfrutar de los Moros y Cristianos, con Santo o sin Santo. Y de todos modos, aunque quisiéramos, no hay tiempo para organizar una colecta en menos de veinticuatro horas. Así que sugiero que confiemos en las Fuerzas de Seguridad y en la Justicia. Esperemos que ellos resuelvan este tema lo antes posible.

—Pero alguien tendrá que atender a la Policía Nacional, a la Guardia Civil, a los negociadores —apunta el asesor religioso—. Habría que organizar una comisión de apoyo, ¿no?

El jefe de la Policía Local frunce el ceño, como si no hubiese entendido bien.

—¿Negociadores? ¿A qué se refiere, don Germán?

El cura lo mira desconcertado, tan obvia le parece la cosa.

—A... los negociadores, naturalmente. A los que intervienen siempre que hay un secuestro, ¿no?

El policía se rasca el cogote. No quiere ser descortés con el sacerdote, pero...

—Me parece que no lo entiende, don Germán —dice—. No van a venir la Policía Nacional ni la Guardia Civil; tampoco va a haber negociadores, porque no estamos ante un caso de secuestro.

—¿Cómo que no? Pero si han pedido un rescate y todo.

—Entienda que, por mucha devoción que inspire, se trata de una efigie de madera. Hablamos de un robo, todo lo más; o de una extorsión. Y sin violencia de por medio... —El policía se quita las gafas para frotarse el entrecejo; como si estuviera cansado, que lo está—. Digamos que a los autores podrían caerles de uno a tres años. Incluso podrían salir parados con una simple multa, si todo queda en un mero delito de coacciones. Le aseguro, don Germán, que los Geos no se van a molestar.

El silencio se apodera de la sala de juntas. En un rincón, de pie junto a la puerta, Salu dedica una mirada cómplice a Rafa. Una especie de «¿Qué te decía yo?».

Es una mujer de uniforme negro con cordones blancos cruzando el pecho y cinturón acharolado ribeteado de blanco quien se pone en pie para romper el silencio.

—Muy bien —dice, resuelta—. Pues en ese caso, nosotros nos vamos a abrir el cuartelillo. Hemos preparado un aperitivo cojonudo, y no vamos a permitir que una miserable coacción nos lo estropee.

De las palabras de la presidenta de los Estudiantes, jaleadas por un coro de síes, vivas y oles, se hacen eco el presidente de los Musulmanes y el de los Realistas.

—Nosotros también nos vamos —dice el primero—, que tenemos que hacer la Rueda antes del aperitivo.

—Y nosotros —dice el segundo—. Y a las siete de la tarde vamos a estar preparados en la plaza Castelar para abrir el Desfile Infantil.

Más síes, más vivas, más oles. El presidente de la Junta Central demanda silencio.

—¿Todo el mundo de acuerdo, entonces? Pues aguardad un momento. Que nadie salga hasta que hayamos redactado un comunicado...

 

* * *

Viernes, 14:00 h.

Gracias a que El Galeón está situado en la zona cortada al tráfico para los desfiles, sus piratas se permiten ocupar la calle con una amplia jaima bajo la que celebran los festines cuartelilleros, cada uno de los cuales va religiosamente precedido de su correspondiente aperitivo.

El de hoy es especialmente celebrado por quienes han pasado la mañana en vilo tras la suspensión del Traslado del Santo, una vez zanjada la crisis con un escueto comunicado de la Junta Central: se mantienen todos los actos previstos hasta la tarde del sábado; luego, ya se verá. Así que los comparsistas se han reagrupado con sus bandas de música y, constituidos en festera escolta de abanderadas, capitanes y estandartes, se han dirigido a sus respectivos cuartelillos oficiales, donde han cumplido con la tradición de tomar un piscolabis antes de dispersarse en busca del almuerzo.

O del segundo aperitivo, como es el caso de quienes, al filo de las dos de la tarde, todavía aguardan distendidos el momento de sentarse bajo la jaima de El Galeón. De entre todos ellos, dos hombres y dos mujeres disfrutan en especial del momento, pues han vivido una mañana particularmente intensa: Rafa y Juanma saborean un tradicional mezclaíco de vermú con Picón; Mamen y Salu, prudentes, se refrescan con sendas cervezas. Los cuatro charlan, bromean y ríen en consecuencia. O mejor dicho: cuatro charlan y tres ríen y bromean.

—¿Qué te ocurre, Salu? —dice Mamen en un momento dado—. Te veo un poco seria.

—¿Eh?... —La aludida reacciona como si regresase de otro lugar—. Oh, no es nada. Es que... pensaba en el pobre san Antón. Tan querido, tan venerado y tan todo lo que queráis, pero al final... Pues eso: al final, abandonado a su suerte.

—Pero mujer, si tú misma lo has dicho: es una talla de madera.

—Y además, ¿qué otra cosa se puede hacer? —apunta Juanma.

—No, si ya —admite Salu—... Pero ¿qué queréis que os diga? Me queda la sensación de que podría hacerse algo más.

—A mí también —interviene Rafa—. Pero ya veis que con la Policía no se puede contar; demasiado tiene con mantener el orden en el pueblo. Y está claro que pagar el rescate no es una opción.

—A lo mejor, cuando los secuestradores tengan claro que no van a sacar nada, devuelven la imagen y todo se queda en agua de borrajas —sugiere Mamen.

A Salu —«Que se jodan los eldenses»— las esperanzas de su amiga le parecen un punto ingenuas.

—Veremos —dice.

—Por cierto, os quedáis a comer, ¿no? —invita la zíngara—. Ya que estáis aquí...

—Uf, yo no —niega la contrabandista—. Como con Almu en casa de mis padres. Si no, no van a vernos el pelo en todos los Moros.

—Yo tampoco —niega el musulmán, al tiempo que consulta su reloj—. Ya estoy comprometido; y además, llego tarde.

Pero alguna idea inconfesada debe de rondarle a Mamen por la cabeza, se malicia Salu, porque no se rinde fácilmente.

—Bueno, pues entonces venís a cenar —insiste.

Y como no tiene claro si la idea es buena o mala, Salu decide hacerse la esquiva.  

—Es que anoche me comprometí con Marijose para cenar en La mesnada.

Que si quieres.

—Bah, por eso ni te preocupes. Déjame a Marijose a mí. ¿Y tú, Rafa?

El musulmán no parece tener tantos reparos. Y el caso es que, a pesar de los suyos, algo en su interior hace desear a Salu que acepte.

—Por mí, bien.

—Estupendo —celebra Juanma—. Pues entonces os reservo sitio. Creo que tenemos entremeses variados y luego huevos fritos con morcillica de cebolla y pataticas al montón.

 

* * *

Viernes, 15:15 h.

 

Sabido es que las abuelas están para dar a las nietas los caprichos que les niegan sus madres. Fiel a esta filosofía, doña Remedios se ha marcado hoy unos gazpachos de conejo y setas para deleite de Almudena y resignación de Salu, que comienza a dar por perdida toda esperanza de regresar a Madrid sin unos kilos de más.

Don Paco, que rebaña su plato con un trozo de torta antes de repetir, opina que su hija exagera.

—Bah, tonterías —desdeña—. Un par de kilitos no te van a venir mal. Y además, ¿cómo van a engordar unos sencillos gazpachicos? Si acaso, esta noche te cenas un hervido para compensar.

—Claro, un hervido —dice Salu, en cuya mente ya humean los huevos fritos con morcilla de El Galeón—. ¿Cómo no se me había ocurrido?

—Yo cenaré fuera —anuncia Almu, como de pasada—. Me han invitado en otro cuartelillo; y esta vez de verdad, que la cena de ayer fue a escote.

—¿Y quién te ha invitado, si puede saberse? —pregunta la abuela—. ¿No será el chico ese que ha venido a buscarte?

—A ver, a ver... Cuéntame, hija —se interesa la madre—. ¿Qué me he perdido?

—Que parece que la cosa va de primos —sonríe el abuelo, malicioso—, je, je...

—Pues nada —quita importancia Almudena—, que ayer conocí a Fran, un primo de Lola con el que hice buenas migas. Y esta mañana, como se ha suspendido el Traslado y todo eso, y los abuelos al final no han salido, Fran me ha llevado a la plaza Mayor para que viese la Rueda Musulmana.

—Anda, pero si yo también he estado allí —dice Salu—. Es chula, ¿verdad?

—Mucho. Luego nos hemos juntado con Lola y Jorge en el cuartelillo de Fran, que nos ha invitado a todos a cenar.

—Pues me parece estupendo, pero... ¿por qué no me contaste lo de Fran anoche?

—Poco a poco, mamá —suspira Almudena, paciente—. Deja que las cosas vayan poco a poco.

 

* * *

Como don Paco, hombre de su casa de los de antes, se queda frito en el sofá mientras las mujeres recogen la mesa y la cocina, suele despertarse de la siesta el primero. Almudena, que por su juventud y porque se ha levantado a las tantas no necesita cerrar los ojos, aprovecha para pedirle que le enseñe fotos de la bisabuela abanderada.

—Mírala, qué guapetona, mi madre —dice el abuelo, orgulloso—. Lástima que las fotos sean en blanco y negro, porque las abanderadas de entonces iban muy vistosas. Más sencillas, pero también más auténticas que las de ahora, que se pasan de fantasiosas y recargadas. ¿No te parece?

Su nieta, de momento, solo ha visto a la abanderada de los Musulmanes; y como le ha parecido que lucía estupenda, no se moja.

—Si tú lo dices...

Sea recostada en un diván con el aire lánguido de una favorita del califa, sea blandiendo un alfanje cuajado de pedrería, cual guardiana fiera del Islam, la bisabuela Ana aparece, ora sonriente, ora enigmática, en multitud de fotografías, al natural o de estudio, que parecen sacadas de una superproducción de la época del cinemascope, pero sin tecnicolor.

—Sí que era guapa —se admira Almudena—. Tenía una belleza muy de la época; como de actriz del cine mudo...

—Algo de eso habéis sacado tu madre y tú —admite, más ancho que largo, don Paco—. Mira, aquí tengo algunas revistas originales de la época. Trátalas con cuidado, que son incunables.

—Vaya, sí que son antiguas. A ver... ¡Huy, pero qué es esto! —Almudena hace un gesto de sorpresa cuando abre el primero de los ejemplares que le tiende su abuelo—. Escucha: «A nuestro invicto Caudillo Generalísimo Franco, en gratitud por la marcha ascendente y progresiva que lleva a nuestra queridísima Patria, dedicamos este programa». ¡Toma ya!, y con efigie mayestática en primera página, nada menos.

El abuelo hace una mueca de indiferencia.

—Cosas de la época, ya ves; la pleitesía era obligada. Te advierto que hay perlas mucho más fuertes.

—Ya veo. ¿Y la bisabuela Ana, dónde...?

—Aquí, mira... Y aquí, y aquí...

 

* * *

—Y tú, mamá —dice Almudena, cansada de hojear revistas que le producen picor de nariz, cuando advierte que Salu ha regresado al mundo de los vivos—, ¿por qué te hiciste contrabandista?

Con un apagado bostezo, Salu se despereza en el sofá.

—Uf, no te imaginas qué disgusto se llevó tu abuelo, aquí presente —dice, socarrona—. ¿Verdad, papá?

—Bueno, bueno —quita importancia el aludido—... No sería para tanto.

—Ya lo creo que sí —asegura su hija—. No lo digo porque te enfadases conmigo, que no lo hiciste; pero sé que la procesión fue por dentro. El caso —continúa para Almudena— es que mi escuadra de juventud, la de moras marroquíes, se disolvió cuando cumplimos los dieciocho. Algunas salimos a estudiar fuera y dejamos de venir a la Fiesta; ya sabes tú lo complicadas que son las fechas. Las que quedaron no pudieron o no quisieron buscar sustitutas, y la mayoría cambiaron de comparsa. Mientras tanto, la otra escuadra que se había formado en clase, la de Chelo, Mamen y Marijose, entre otras, siguió fiel a los Contrabandistas.

—¿Y Fini?

—Huy, Fini siempre fue por libre. Ella comenzó a salir con unas amigas de las Huestes, y nunca lo dejaron. Así que yo, cuando acabé los estudios y pude, por fin, escaparme los primeros fines de semana de junio, como has hecho tú ahora, me junté con mis amigas contrabandistas. Eso duró seis o siete años; los que tardé en casarme con tu padre y en tenerte a ti.

—A Félix siempre le venían mal las fechas —dice doña Remedios, que también se ha despertado—: que si el bufete esto, que si el bufete lo otro. Que yo recuerde, vino tres o cuatro años.

—Eso es —confirma Salu—. Con mi trabajo en el banco y contigo en el colegio, todo resultaba muy complicado, así que yo también lo dejé. Y hasta ayer. La escuadra se deshizo con el tiempo: unas la dejaron por maternidad; otras, porque se pasaron a las escuadras de los maridos. Ahora, ya lo ves, soy la única que sigue vistiendo de contrabandista.

—Y mira qué bien te sienta —alaba don Paco—. Se nota que conservas el tipo de hace veinte años.

—Sí, ¡ja, ja! —ríe su hija—... Solo ha habido que ensanchar la cintura un poco, ¿verdad, mamá?

—Di que sí, abuelo, que se conserva estupenda —apoya Almudena, al tiempo que se levanta del sofá—. Bueno, pues yo voy a arreglarme y a ponerme mi traje de marroquí.

—¿Vienes a casa de Mamen a ver el Desfile Infantil?

—Un ratito. A las ocho he quedado con Fran y los demás.

—¿Y vosotros, mamá? Mamen me ha dicho que vengáis, que sus padres os han reservado sillas.

 

* * *

La luz en la calle ha cambiado cuando los Amat al completo abandonan la casa de El Progreso. La mañana radiante ha dejado paso a una tarde tristona, ligeramente desapacible, consecuencia de un frente que, procedente de Bolón, poco a poco va cubriendo el Valle. A juicio de don Paco, de momento no hay riesgo de lluvia.

De momento.



Continuará.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Acerca del autor

Autor: Ramón Candelas

Nací en Elda en 1960, y, aunque resido en San Sebastián, nunca he dejado de regresar a mis raíces. Hace década y media que me dedico a escribir novelas, de las que Cuartelillo. Una novela muy festera hace la número seis. Desde mi juventud, mi relación con la fiesta de Moros y Cristianos ha sufrido, entre la participación entusiasta y la incomparecencia, altibajos debidos a la distancia, los estudios, la crianza de los hijos y otras causas ligadas al devenir de la vida. Precisamente mi reencuentro con los Moros y Cristianos en 2018, tras una larga ausencia, me inspiró esta especie de intriga, comedia negra o como queráis calificarla, alrededor de nuestra amada Fiesta.

A todos vosotros, mis paisanos, he querido presentárosla desde este Valle de Elda que consideramos tan nuestro, en sucesivas entregas al modo de los folletines decimonónicos. No me preguntéis por qué, pero es algo que me hace mucha ilusión. Y espero sinceramente que, capítulo a capítulo, sufráis, disfrutéis, añoréis y os emocionéis con Salu a lo largo de sus peripecias en la Fiesta del septuagésimo quinto aniversario.

Utilizamos cookies propias, al continuar navengando por el sitio aceptas nuestra política de cookies.

Aceptar

Buscando...

Un momento por favor

Google+
Compartir