SEMANARIO DE INFORMACIÓN LOCAL, DEPORTES Y ESPECTÁCULOS

Fundado en 1956
Visto: 761
Compartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en Google PlusCompartir en WhatsApp

Aprovecho los últimos días de clase para pasar una pequeña encuesta a todo mi alumnado sobre el desempeño de mi trabajo, su satisfacción con la asignatura, su valoración del año, etc. La última parte del formulario es abierta y recoge apartados muy sencillos: lo más positivo, lo más negativo y sugerencias. Este me resulta en especial útil para afrontar el próximo curso, más aún contando con que llevaba mucho tiempo alejado de la docencia directa mientras he estado trabajando en el centro de formación de profesores (CEFIRE).

Uno espera recibir propuestas en torno a la metodología, al tratamiento mayor, menor o nulo de ciertos temas... pero cuando me he dispuesto a leer la sección, he observado una abrumadora mayoría de comentarios que tenían que ver con el imponer el orden (a cualquier precio), castigar, echar a la calle a quienes molestan...

Estas respuestas hacen que me cuestione sobre mi práctica docente y sus consecuencias. Bien, por un lado, ya que no echan de menos muchos aspectos que considero importantes en ella pero, por otro lado...

Aunque tampoco es que me haya sorprendido demasiado. A lo largo de estos meses me he planteado en bastantes ocasiones, aparte de si lo hago o no, los motivos por los que he de mantener el orden en clase. Llego, una y otra vez, a dos principios:

  • He de cumplir unas normas asumidas por la ciudadanía y por el centro que afectan a la seguridad y al bienestar del alumnado.
  • He de facilitar el aprendizaje de este en unas condiciones dignas que lo hagan posible y no lo dificulten.

Intento regirme por esos principios, no sé si con demasiado éxito, y les repito con  frecuencia que el mayor castigo por no aprovechar la oportunidad de aprender algo no lo van a recibir de mí, por mucho que pueda echarles del aula, ponerles negativos, partes, si los hubiera, o crucificarlos en Itaca, por más que esté convencido de que daría lo mismo no hacerlo en tantos casos en que en su casa ni abren esta herramienta de seguimiento y comunicación. Debo de pecar de ingenuo además de hacerlo de blando.

¿Hasta qué punto es un problema personal/ profesional la aplicación de la mano dura que me solicitan? Creo que hasta el punto de salvaguardar los dos principios anteriores. Si no es así, tomaré nota para darles cumplida, cabal y pronta satisfacción. Más allá, pienso que deberíamos mirar más de cerca una cuestión compleja en realidad. ¿Qué nos piden cuando nos piden mano dura? Parece un título de Murakami.

¿Alguien cree que la mano dura es efectiva con aquellos alumnos o alumnas que se han/ hemos descolgado del sistema?, ¿con aquellos convencidos de que no tienen nada que ganar ni que perder?, ¿con aquellos expuestos a situaciones sangrantes mucho más duras que cualquier mano con la que los podamos amenazar?, ¿con aquellos a cuyas familias no hemos conocido en todo el año ni aun cuando las hemos llamado para explicar(nos) a qué vienen ciertos comportamientos? Me engaño o lo que realmente se reclama aquí es atención por parte de quien no la tiene, tampoco fuera de clase, y eliminación de elementos incómodos en nombre del bien común?

Yendo a casos menos extremos, cuando en el apartado de la encuesta que corresponde a lo más negativo abundan los: La clase habla/ molesta (3º persona del singular) muchoHay (impersonal) mucho ruido... me vuelven a asaltar algunas sospechas. Siempre hablan y molestan las y los demás o cuando los pillas hablando y molestando: Es que no es justo que me digas solo a mí. Me pregunto. Si quieres orden y silencio, ¿por qué no empiezas tú por mantenerlo? o Si quieres mano dura, ¿por qué me lloras tanto cuando te la van a aplicar? ¿Realmente me estás pidiendo mano dura o me estás pidiendo otra cosa muy distinta?

No es orden todo lo que reluce, al menos no ese orden. Sospecho que en esta demanda, más que el mero mantenimiento de un orden necesario, tiene mucho peso algo de tanto calado educativo como la responsabilidad o la falta de ella. La responsabilidad es incómoda. Es más fácil, me incluyo, disculpar nuestras acciones e inacciones, actitudes, posiciones buscando cabezas de turco fuera de nosotros y nosotras.

Cuando leo las abrumadoramente abundantes sugerencias de dureza en todos los estratos de la comunidad educativa, la prioridad de la mano dura frente a otras necesidades educativas, la necesidad de que alguien nos imponga un orden que no sabemos o, peor, no queremos imponer(nos), lo encuentro a la vez revelador y desconcertante, no solo eso, preocupante y peligroso, si extrapolamos este pensamiento fuera de la propia escuela.

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Acerca del autor

Autor: Jesús María "Pitxu" García

Jesús María "Pitxu" García Sáenz (Vitoria-Gasteiz, 1970) es doctor en Filosofía y Letras (sección Filología Hispánica) por la Universidad de Deusto. Como profesor de Secundaria ha trabajado en el IES Azorín de Petrer y en el CEFIRE de Elda, en la asesoría de plurilingüismo y en las de referencia sobre programas europeos y coeducación.

Utilizamos cookies propias, al continuar navengando por el sitio aceptas nuestra política de cookies.

Aceptar

Buscando...

Un momento por favor

Google+
Compartir