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Uno de los rasgos más definitorios de nuestra sociedad es la prisa, la velocidad a la hora de cumplir cualquier tarea (a veces de cualquier manera) como un criterio de éxito. Esta idea aparece también firmemente arraigada en la cultura y la práctica escolar, más allá de en los procesos de enseñanza y de aprendizaje en el propio funcionamiento del centro, incluso en el desarrollo de tareas burocráticas o administrativas cuya relación con el éxito o la mejora de dichos procesos resulta más que cuestionable.

Interrumpir la carrera en la que se convierte nuestra jornada de trabajo para mirar qué está pasando alrededor con calma, con una perspectiva, no parece ser un signo de nuestros tiempos. Se suceden las clases, las aulas, el alumnado y el profesorado, los conflictos, los temas con la angustia de si llegarán o no a concluirse, las evaluaciones y, sin embargo, cuánto nos cuesta pararnos, inmersos e inmersas en una hiperactividad que resentirá la salud, la paciencia e incluso la calidad de las prácticas nada ejemplares para desarrollar personas equilibradas, críticas, capaces de deliberar e inteligir, entender y entendernos con un cierto criterio, con una cierta conciencia.

Puede que la prisa nos lleve a las últimas páginas de los libros de texto pero tal vez con el coste de perdernos por el camino muchos otros aprendizajes que necesitan una maduración más lenta, expuesta al ensayo,  al desarrollo de relaciones, a la experiencia, al enamoramiento y la curiosidad, al error y la recapacitación más allá que sobre los resultados, a la decepción, al largo plazo... para hacerse patentes. Puede que las prisas nos proporcionen muchas respuestas inmediatas pero no podemos estar seguros ni seguras de que sean las mejores, las más significativas.

Toda acción, aun la más hegemónica, impulsa reacciones que la ponen en evidencia por mucho que no consigan invertir aquella tendencia sino de forma limitada. Este es el caso del llamado movimiento slow (lento), que impregna, trata de impregnar, todas áreas sometidas a la dictadura de la inmediatez, contraponiendo a ella el disfrute y, más que la inactividad, un hacer selectivo y consciente. Hablamos así de slow food, en oposición a fast food (comida rápida), slow fashion (moda lenta), slow parenting (crianza lenta) y, como no, de slow education.

El movimiento se caracteriza en el terreno educativo por una preocupación por la profundidad del aprendizaje y por el cuidado de las personas que aprenden (y las que enseñan), al igual que en el caso quizás más popular de la comida, una búsqueda de cierta calidad en esta experiencia educativa.

Algunos modelos escolares optan de manera decisiva por lo slow y la promoción de valores asociados a ellos, respeto a los tiempos de cada uno y cada una, a la oportunidad o no, a la sostenibilidad y globalidad de sus procesos. En otros casos, los más, lo slow se intuye en iniciativas más y menos personales o vinculadas a actuaciones más concretas (huertos escolares, yoga, meditación en el aula...) e incluso a intereses en el plano de la formación docente.

Es paradógica la velocidad de difusión de algunas de estas prácticas. Ni siquiera la propia filosofía slow puede escapar de la vertiginosa voracidad mediática. ¿Se trata solo de una moda más? Es difícil saberlo. Tal vez sí, según para quién. Como toda tendencia global, es susceptible de monetizarse, no obstante, me parece que existe una genuina inquietud que encuentra en ella una vía de expresión.

Otro aspecto que considero importante es el hecho de que, a pesar de considerar aquí la vertiente educativa de lo fast y de lo slow, resulta imprescindible estimarlos con mayor amplitud. Sería impropio, por lo tanto atribuir al centro educativo toda la responsabilidad de encauzar un torrente o atemperar una aceleración mucho más global y que repercute en tantísimos otros ámbitos. La raíz del problema está mucho más allá, en una concepción más general del tiempo y del modo de llenarlo (o vaciarlo) en esta época en que nos ha tocado vivir.

En medio de las contradicciones de provocar y sufrir la prisa o de la consabida prevalencia de lo urgente sobre lo necesario, la escuela sí que puede, sin embargo convertirse en un espacio de referencia de reflexión y confrontación de intereses, porque hay preguntas de las que no se puede sustraer que rara vez se formulan fuera de ella.

¿Qué tipo de personas estamos educando? No nos extrañemos si se frustran ante el mínimo fracaso, si se impacientan a las primeras de cambio, si se mueven por impulsos allí donde las circunstancias les exigirían pararse a pensar dónde acabará ese movimiento, si solo aprenden a apreciar aquello que puede proporcionarles una rentabilidad inmediata, a costa de lo que sea y de quien sea.

Mirémonos con calma al espejo antes de dar una respuesta.

 

Para saber más:

DOMÈNECH FRANCESCH, Joan. (2009) Elogio de la educación lenta. Graó, Barcelona.

Dossier bibliográfico L'educació lenta (CEFIRE de Valencia)

Impaciencia educativa... El blog de Salvaroj 

La educación lenta (blog)

Slow Education

TED Global. Carl Honoré elogia la lentitud