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A medida que van pasando los años, los recuerdos de lo todo lo vivido se nos acumulan en nuestra memoria.  

De mi niñez guardo, como casi todos, esos momentos que eran importantes: asistir a la escuela, los juegos con los amigos, acudir los domingos a la sesión de cine autorizada a menores... pero existe un recuerdo que siempre ha quedado más reflejado en mi memoria que el resto: son mis visitas a las queridas tiendas de ultramarinos.

Esos lugares donde la abuela te mandaba a hacer el mandado para traer las faltas, el local donde se respiraba familiaridad entre todos los que allí se congregaban. Esa tienda donde se mezclaban los olores: frutas, detergentes, los caramelos guardados en tarros de cristal, los fiambres que eran cortados en lonchas al instante para luego dar buena cuenta durante la merienda con los amigos en la calle, y un largo etcétera de productos los cuales se dispensaban a gusto del cliente. 

Te hacían la cuenta en un papel y la guardaban hasta el sábado, cuando se pagaba todo junto. Y para los pequeños lo más importante: te regalaban un caramelo por ser obediente y ayudar a los abuelos.

Ese era el premio que te daban y esa es la admiración que siento, después de tantos años, por esos lugares y esas personas que lo regentaban, Higinito, Antoñita, Lolita, Rosita Naranjo, Juanito Martín, y un largo etcétera de admirados vecinos que estaban al frente de estos lugares, y que cada día me daban lecciones de verdadera amistad, de humildad, de sencillez y, por encima de todo, de lealtad y honradez con todos los vecinos que formábamos ese lugar.

Las tiendas de barrio eran por encima de todo amistad, el sentir preocupación por el prójimo y ayudarnos los unos a los otros sin pedir nada a cambio.

Hoy día el progreso ha devorado estos lugares emblemáticos, se ha perdido la amistad en la gran mayoría de los casos, el reconocimiento a la labor de los vecinos, el respeto a los mayores que nos atendían y que nos ayudaban con sus experiencia a avanzar hacia el futuro. Y todo ello sin ningún coste adicional, el único coste era poner en práctica los citados conocimientos cuando fuésemos mayores.

Gracias a ellos y a sus pequeñas lecciones diarias consiguieron enseñarnos a valorar el concepto de la lealtad y la honradez.

Hoy día, apenas sobreviven unos pocos y en contados lugares, pero yo los sigo recordando, porque por encima de todo, el progreso te puede quitar lugares emblemáticos, pero lo que nunca va a conseguir es borrar mis recuerdos a mis queridas y añoradas tiendas de ultramarinos.

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Acerca del autor

Autor: José J. González

Bienvenidos a mi blog sobre enología y hostelería. Llevo 23 años desarrollando la profesión de hostelería y me gustaría que este blog fuese un punto de encuentro para los lectores del Valle de Elda y de cualquier persona que quiera seguirnos. Para cualquier sugerencia podéis escribir al correo electrónico de esta redacción.

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