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LOCUS AMOENUS

El tópico visto con los ojos surrealistas de Dalí.

Veíamos cómo desde la antigüedad, los poetas remarcaron en sus piezas más o menos elegíacas el carácter irrecuperable del tiempo ya vivido, acentuando con ello la condición fugaz de nuestra vida. Lo que o bien llevaba a una actitud vitalista, de gozo y disfrute, pues la vida es breve y no debemos desaprovecharla, o a otra visión más pesimista, propia del Barroco, donde la muerte (en sus sentido finalista pero también de decrepitud como proceso que todo lo corroe) explica y da sentido a nuestro ser.

Pero antes de proseguir con los poetas modernos, que también han tratado el tema con profusión y diversidad de tonos, aludiré brevemente a la presencia del tópico en otras manifestaciones artísticas actuales:

Si observamos con detenimiento el famoso cuadro de Dalí donde se representan los relojes blandos, tan característicos de su etapa como pintor surrealista, veremos que no todos marcan la misma hora sino que señalan cinco minutos después que el anterior, en clara alusión al paso contumaz del tiempo. En el cine, la película El curioso caso de Benjamin Button, que relata la historia de un niño que nace anciano es paradigmática. Infinidad de canciones actuales aluden a este tópico: Un año más, de Mecano; Rosas o La playa, de La Oreja de Van Gogh; “Hermano bebe, que la vida es breve”, de Siniestro Total; “Vuela, vuela alto mientras puedas/ que la vida es una rueda/ que nunca frena”, de Álex Ubago; o incluso el final de Esos locos bajitos, de Joan Manuel Serrat: “Nada ni nadie puede impedir que sufran/ que las agujas avancen en el reloj,/ que decidan por ellos, que se equivoquen,/ que crezcan y que un día/ nos digan adiós.”

Un Serrat que cantó a Machado y su “caminante no hay camino/ se hace camino al andar./ Al andar se hace el camino,/ y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar”, cima donde las haya del tema tratado, vinculado aquí a otro tópico, el del homo viator, la vida como viaje, como camino. Antes de Machado, los románticos también recogieron este motivo en composiciones que aludían a la decrepitud que la erosión del tiempo va dejando en nosotros y en el paisaje (bajo la influencia de poemas medievales o barrocos como el soneto A las ruinas de Itálica, de Francisco Medrano) o al paso del tiempo irreparable también para los enamorados, como en la Rima LIV de Bécquer:

Hermano bebe, que la vida es breve, cantaba Siniestro Total.

 

Cuando volvemos las fugaces horas
del pasado a evocar,
temblando brilla en sus pestañas negras
una lágrima pronta a resbalar.

Y, al fin, resbala y cae como gota
de rocío al pensar
que cual hoy por ayer, por hoy mañana,
volveremos los dos a suspirar.

 

El Modernismo, las Vanguardias, la Generación del 27… ningún movimiento estético del siglo XX ha sido ajeno al tópico tratado. En esta breve pero bellísima composición, Ernestina de Champourcín nos transmite el irremediable marchitarse del tiempo sirviéndose de imágenes etéreas (perfume, fragancia, invisible, brisa, huele…) que culminan en un contundente e irrecuperable latido:

 

Y se va marchitando la caja de las rosas;
no tiene quien las saque y las lleve al camino.
Un airón de perfume se nos quiebra en las manos
mientras algo se muere y nace al mismo tiempo.

Se nos frustró la cita con aquella fragancia
de tan pura, invisible, ese ramo de brisa
que apenas huele a nada
y que agavilla en sí todo el amor del mundo.
Hay cosas que no son, pero que siguen siendo
gozo, nostalgia, fronda que nunca hemos plantado,
hermosura secreta que sólo fue latido.

 

Creo que el tópico está suficientemente explicado. Concluyo con un poema de Jaime Gil de Biedma, donde el tema alcanza una tonalidad desencantada y una perspectiva únicos. Se trata de No volveré a ser joven, que también cantara Loquillo, y que contiene otros tópicos como el del mundo cual gran teatro:

 

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

 

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro.

 

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

 

Al empuje vitalista del joven que vive como si no hubiese mañana, y donde la muerte es una lejana abstracción, le sucede con el irremediable paso del tiempo una visión pertinente de lo fugaz y la preocupación concreta por el envejecimiento y la muerte. En un poema breve, como la vida, y contundente como el tiempo. Un poema memorable.

Ernestina de Champourcin y Jaime Gil de Biedma.

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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