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Desde hace tiempo, cada vez es más usual que los adolescentes que vienen obligados por los Servicios Sociales, Juzgado o por sus Padres a la Unidad, aparezcan manejando un móvil.

He de reconocer que esta situación me hacía sentir desconcertado, pues sabía que esa era parte de su estrategia para mostrar su cabreo e indignación por venir a un sitio donde no querían estar, donde no estaban dispuestos a escuchar nada y menos aprender algo, y por supuesto donde no deseaban volver.

Las respuestas que yo aprendí del sistema eran dos:

  1. La Imperativa.- Decirle “¡Por favor, apaga el móvil!”.

 A partir de ese momento sus respuestas se limitaban a: “sí”, “no” y “no sé”. Por lo que daba por perdida la consulta.

  1. La Contemplativa.- No decirle nada y esperar a que apague el aparato para comenzar.

Tras la experiencia, aprendí que como él estaba entretenido, pasaba el tiempo sin levantar la mirada ni pronunciar palabra alguna, hasta que daba por acabado el encuentro al haberse agotado el tiempo.

Yo intuía que tenía que haber alguna forma de empezar ese tenso encuentro sin estar abocado al fracaso.

Un día paseando por un parque, observé cómo un grupo de adolescentes se interrelacionaba. Me di cuenta de que ninguno apagaba o cerraba el móvil para prestar atención al de al lado, sino que hablaban entre ellos con el  aparato en la mano de una forma natural y espontánea; nadie le decía al otro “apaga el Smartphone que quiero comentarte algo”.

Ahí me percaté de uno de mis muchos errores: “quería que ellos se comportaran como lo haría yo”. Pero ellos no tienen ni mi edad ni yo he nacido en la era de las comunicaciones.

 Entonces me pregunté: ¿Por qué tenemos que “obligarles” a comunicarse de manera distinta a como lo hacen habitualmente entre ellos?

Descubrí que si yo actuaba de la misma manera que ellos estaban acostumbrados a hacer: “Empezar la entrevista sin importarme lo que llevan entre las manos”, entonces quizás no los perdería.

Había otro factor favorecedor de un buen desenlace, y es empezar preguntándoles por cosas que a ellos les importan, con el firme propósito de conocerlos.

 Una vez que puse en marcha ambas estrategias me di cuenta de que todos, al cabo de un rato, cierran o apagan el móvil al darse cuenta que yo no soy el que ellos esperaban o temían, sino un profesional dispuesto a escucharles y, si ellos quieren, y solo si ellos quieren, alguien que les pueda ayudar y acompañar a dejar la sustancia por la que les han traído a la Unidad.

Mi próximo artículo se titulará:

 

SOBREVIVIR, A PESAR DE LOS PADRES

Este artículo también lo podéis encontrar en el blog http://www.adiccionesadolescentes.es 

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Acerca del autor

Autor: José José Gil

Me llamo José José Gil (J.J.) y soy Enfermero de la Unidad de Conductas Adictivas de Elda. Reconozco que soy un apasionado de mi trabajo y como profesional y padre llevo muchos años investigando las ADICCIONES ADOLESCENTES.

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