miércoles, 20 de octubre de 2021

24 horas

Pablo Ángel Sánchez
8 mayo 2021
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24 horas

Un jueves. Primer turno de 24 horas en emergencias. Ansioso, nervioso. Como primer día de cualquier cosa. Camino al hospital a las 6:15 de la mañana mientras hablo con mis padres. Ya en el hospital conozco a la doctora con la que voy a estar de 7 de la mañana a 11 de la noche. 

Ahora, en Bolivia hay un paro por parte del sistema sanitario. Por lo tanto, todos los pacientes que deberían ir a consulta vienen a emergencias.

Primeros pacientes, la mayoría niños. Resfriados, aunque en ocasiones un poco más complicados porque tardan alrededor de cuatro días en traer a los niños a consulta. Llega una doctora nueva, la que está de turno le dice que se vaya al triage. A los cinco minutos entra, prefiere estar con ella. Salgo a triage, sin explicación. No de cómo tomar los signos vitales sino de cómo rellenar el formulario que hay en el hospital.

Yo solo ante el peligro. Muchos nervios por estar solo. Tiene una buena explicación: mi cuarto día en el hospital y primer día en emergencias. Además, hace año y medio, en Bolivia hubo un paro cívico, otros lo llaman golpe de estado, pero ese no es el tema a debatir ahora. El punto importante para entender la situación es que las clases se suspendieron. Y el año pasado, pandemia (nada más que añadir).

Llevaba mucho tiempo sin estar con un paciente. Un secreto que me atrevo decir aquí: no sabía qué hacer. Mi conclusión fue llamar a la doctora con la mínima duda que tenía, es decir, todas. Termina por venirse conmigo a la zona de triage.

Media mañana. Se acerca una enfermera y le dice a una interna que caminaba por emergencias que debe ir a una casa a verificar una muerte. Observo la cara de la interna. Nos miramos, veo su desencaje. En mi mente está la curiosidad de ir, se lo digo. Me dice de que vaya yo solo. Pero yo le digo que si voy es por acompañarla (y porque tengo la curiosidad de hacerlo por si en otro momento me lo mandan a mi). La interna le dice a la doctora de turno que no se atreve ir. La doctora nueva que ha llegado se anima a ir, yo le acompaño.

La casa de la persona que ha fallecido está a una calle de donde vivo. El tipo de casa, en este caso, son habitaciones sueltas de madera que se distribuyen por un patio grande. En el patio hay un riachuelo. Muchas gallinas y algún gallo están en el entorno. La doctora tiene miedo de ellas, yo también. No demuestro el miedo a las gallinas. No por ser valiente, es porque en mi cabeza está el pensamiento del encuentro con el cuerpo para tomarle los signos vitales. Estas cosas no te las explican en la universidad, no me refiero al encontrarme gallinas en las casas, que deberían. Me refiero al hecho de tener que ir a una casa a verificar un cuerpo. Imagino que lo hacen. Pero no es algo, al menos en mi caso, que tenga en mente la posibilidad de pasar.

Cuando salgo de la casa no pienso en la toma de signos vitales a un cuerpo. Pienso en la familia. Muchos de ellos con su presión arterial alterada, otros haciendo las gestiones para poder enterrarlo. Hasta en la muerte hay diferencias sociales.

Más tarde, todo es tranquilo. ¡Tranquilo! La palabra que no se debe decir en emergencias, al menos eso me dicen en Puerto Suárez. Yo la dije, y la tuve en mi mente por mucho tiempo después de volver de la casa llena de gallinas. Llaman a la doctora para comentarle la situación de una chica que ha llegado a la posta de una comunidad. No soy consciente de lo que está pasando. Al cabo de unos 30 minutos nos avisan que están de camino al hospital. Intuyo que es grave. Y sí, es grave. El chófer de la ambulancia entra para comenzar a colocar el oxígeno. La doctora, la enfermera y yo nos preparamos para lo que viene. Hay que reanimar a la paciente. Eso es lo que está en mi mente. Todo va muy deprisa. Me dicen lo que tengo que hacer. No sé si estoy nervioso o es miedo. Afortunadamente no me frena. La adrenalina del momento hace estar al pie del cañón. Pues en ese momento, solo somos cuatro personas.

Llega la paciente. Ayudo a colocarla en la camilla para ponerle todas las cosas necesarias para controlar sus signos vitales. Me encargan medirle su saturación. No da señal. Me dicen que se lo he puesto mal, vuelvo a colocarlo. Sigue sin dar señal. La doctora grita ¡adrenalina! Pero un doctor, que no me doy cuenta cuando llega, dice que ya no tiene signos vitales.

Entra la familia. Prefiero salir fuera. Comentan las doctoras de la posta que han traído a la paciente que llevaba mucho tiempo encontrándose mal. Esta situación no es aislada. Pasa en muchas ocasiones, eso comentan los trabajadores de aquí. También lo percibí cuando estaba en Santa Cruz. Esperan mucho tiempo en casa y van al hospital cuando no hay mucha solución. ¿Podría haberse evitado este final? No lo sé. Lo único que sé que se habría tenido más oportunidades para remediar lo que le estaba pasando.

Después de estar unas dos horas el cuerpo en emergencias por la gestión los papeles del fallecimiento, llegan más familiares con el ataúd para llevarse a su familiar. Solo son tres. Le ayudo a poner el cuerpo en el ataúd y a llevarlo a una camioneta que está en la puerta. Es la primera vez que toco “una caja”.

Afortunadamente, las 10 horas que faltaron del turno fue bien.

Salgo del turno y camino a casa tengo una sensación bastante rara, no sé qué nombre darle. Creo que es por el concepto muerte. El tema muerte era algo que me asustaba. Enfrentarme, entenderla y saber gestionarla ha sido el mayor aprendizaje para este primer turno. Suena extraño, pero ha sido un buen aprendizaje.

Viernes libre. Solo pude dormir cuatro horas. El calor no me permite más. Llega el domingo (después del sábado). A las 7:30 de la mañana suena mi móvil para decirme si puedo ir al hospital hacer otro turno de 24 horas. Mi compañera que tenía que ir, no puede.

Nuevo turno. Llega una chica con contusiones por su pareja. Tengo que examinarla para que el doctor de turno haga su certificado médico para la denuncia. Me adentro a otra realidad boliviana (y del mundo, lamentablemente). Termina el turno asistiendo a una apendicetomía. Como no es mi turno de manera oficial, debo hacer mi horario de lunes. Solo tengo una hora para ir a casa para ducharme con el fin de hacer mi jornada: de 8 de la mañana a 6 de la tarde.

Pablo Ángel Sánchez
Pablo Ángel Sánchez
Acerca del autor

Pablo Ángel Sánchez, eldense, se mudó a la zona tropical de Bolivia, a Santa Cruz de la Sierra justo después de estudiar Bellas Artes en la Universidad Politécnica de Valencia y un máster de Arteterapia Y Educación Artística para la inclusión social en la Universidad Autónoma de Madrid. La causa de su mudanza fue motivada por un voluntariado Internacional, una experiencia de un año a dos años, que se convirtió en ocho años. Ocho años aportando su grano de arena a proyectos como: mujeres artesanas, centro de día para niños trabajadores, centro de día para personas de la tercera edad, hogar para hijos trabajadores de la caña, centro cultural, entre otros. Poco después comenzó a estudiar medicina, pasión que tenía camuflada y que en su día a día fue floreciendo, rompiendo los estigmas que a veces la sociedad o uno mismo se impone. En estos momentos se encuentra en su año de prácticas para finalizar no solo su año de prácticas sino su aventura en tierras bolivianas.

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