sábado, 18 de septiembre de 2021

17.000 pasos en un día

Pablo Ángel Sánchez
16 mayo 2021
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17.000 pasos en un día

Salidas domiciliarias. De las funciones que tengo, esta es la más importante. Aquí lo llaman metas, que son objetivos que tenemos que alcanzar. Encontrar a una cantidad de personas para los siguientes temas: anticonceptivos, vacunación, sintomáticos respiratorios y visitas médicas. Estas últimas son mis favoritas.

Salgo a caminar. Me presento casa por casa e informo que voy a estar caminando por el barrio. Algunos me ofrecen asiento. Otros me evitan. Muchos me dicen que les tome la presión arterial. Estoy incómodo, si soy honesto, no por ir a las casas, al principio tengo en mi cabeza querer encontrar los objetivos que me imponen para cumplir con esta rotación. En mi cabeza hay números de personas que debo encontrar. No hay personas, nombres, historias.

40°C. Muy sudado. En mi mochila tengo todo lo necesario para “sobrevivir”. Me encuentro las primeras casas y me sorprende el material con el que están hechas. Son de madera, no hay diferencia entre el suelo de la calle y su casa. Parecen las cabañas que me hacía cuando era pequeño. A las 6 de la tarde, comienzan a hacer fogatas para ahuyentar a los mosquitos. Nos os podéis imaginar los mosquitos que hay.

Entro a una casa, hay como diez personas entre adultos y niños. Me siento entre ellos, muestro seguridad aunque por dentro estoy temblando. Hago mi presentación y en las cosas que les puedo ayudar: mis metas. Hay una chica embarazada y capto su atención, tiene una necesidad, eso me expresa su hermana. No tiene ningún control hecho y ¡está de meses! Sin los controles deben hacerse cargo de los gastos del parto. Es una medida puesta por el gobierno boliviano, para evitar las complicaciones de los embarazos y que haya un seguimiento.

Volvamos a lo importante. Me dice que por la pandemia no se ha atrevido a ir al hospital, mi respuesta es que lo voy a consultar y ver qué se puede hacer. Siguen apareciendo casos en esa familia: una chica con problemas respiratorios, pero no está, por lo que me comprometo a volver al día siguiente. La hora de los mosquitos y yo en la calle. Mi cabeza es la más afectada.

En la mañana del día siguiente vuelvo a ir y está la chica. Intento tomarle los signos vitales y es imposible. Hay mucha gente y no hay un espacio de tranquilidad, le digo que en la tarde vuelvo cuando no haya tanta gente. De repente, me muestran a una niña de un año, tiene fiebre y les digo que vayan al hospital. Me promete la mamá que va a llevar a su hija. Salgo de la casa y sigo con visitas por el barrio. Por la tarde vuelvo, la chica con la que había quedado no está. Pero sí la niña. No ha cumplido su promesa de ir al hospital. Le hago un examen físico y escucho muchas anormalidades, siento que es grave. No le doy opción de otra promesa, le digo que yo soy quien la va a llevar. Con ella, claro.

En el hospital, la doctora de turno da un diagnóstico. Coincide con el mío. Allí la doctora le dice a la madre que no puede estar tanto tiempo sin llevar a su hija para que la revise un médico y le dé el tratamiento adecuado. Estaba al límite de llegar a una complicación bastante grave. Como os comenté en el anterior post, la mayor “enfermedad” de aquí es el tiempo prolongado de las personas de ir al médico después de detectar los primeros síntomas. Menciona la posibilidad de hablar con asuntos sociales, aunque aquí lo llaman defensor del pueblo. Solo defienden cuando el daño está hecho. Entiendo a la doctora y me cuesta entender a la madre, pero ver sus condiciones en las que están viviendo, empatizo y pienso: ¡cuánto trabajo hay aquí! Y nuevamente, coincido con los mosquitos.

Sigamos con esta familia. La familia estrella, así les he bautizado. Me centro con la chica sin el control de embarazo. Voy a su casa el día siguiente (cuarta vez que voy). Consigo su cartilla para que sea gratuito su parto, pero para eso, debe hacerse unos laboratorios y debo hacerle un examen físico. Le doy las órdenes de laboratorio y quedo con ella al día siguiente para hacer su examen y darle su cartilla.

Al día siguiente no aparece. Una frustración aparece en mí.  Vuelvo a la casa. Están jugando a las cartas. Pregunto por ella, no me contestan. Como un minuto hacen como si no estuviera. Un pequeño golpe por mi parte en la mesa lo cambia todo. Ya me responden. Les digo que ya tengo todo, pero que necesito que ella vaya al hospital para poder hacer el examen físico y los laboratorios.

Otra mañana voy al hospital. Tengo la ilusión de que va a ir, he estado bastante insistente porque lo necesita. Llega la hora en la que hemos quedado, ¿pensáis que ha llegado? Más adelante lo sabréis. Mientras espero, la doctora encargada de estos casos, me explica cómo realizar el examen físico a la embarazadas. Se lo pido, pues mi asignatura de obstetricia fue de forma virtual. Aunque hubiera sido presencial, lo habría hecho igualmente.

Después de esperar unas dos horas (mientras tanto estaba en emergencias), comprendo que no va a venir. Mucha frustración. Tampoco me arrepiento de las veces que fui a su casa. De los 17.000 pasos que he dado en un día. Esos pasos me han ayudado a no pensar en las metas, sino en hacer las cosas bien. Pensar en las personas. Dar lo mejor de mí. Y si algo no se da, que no sea por mí.

Afortunadamente la presión de conseguir números para obtener mis metas había cambiado en mi primera salida, con la familia estrella y las caminatas.

Pablo Ángel Sánchez
Pablo Ángel Sánchez
Acerca del autor

Pablo Ángel Sánchez, eldense, se mudó a la zona tropical de Bolivia, a Santa Cruz de la Sierra justo después de estudiar Bellas Artes en la Universidad Politécnica de Valencia y un máster de Arteterapia Y Educación Artística para la inclusión social en la Universidad Autónoma de Madrid. La causa de su mudanza fue motivada por un voluntariado Internacional, una experiencia de un año a dos años, que se convirtió en ocho años. Ocho años aportando su grano de arena a proyectos como: mujeres artesanas, centro de día para niños trabajadores, centro de día para personas de la tercera edad, hogar para hijos trabajadores de la caña, centro cultural, entre otros. Poco después comenzó a estudiar medicina, pasión que tenía camuflada y que en su día a día fue floreciendo, rompiendo los estigmas que a veces la sociedad o uno mismo se impone. En estos momentos se encuentra en su año de prácticas para finalizar no solo su año de prácticas sino su aventura en tierras bolivianas.

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