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14 AGO 2020 Fundado en 1956
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La frase es bien conocida, y repetida, y no por todos asumida, según se desprende de declaraciones constantes a los cuatro vientos de algunos. El otorgamiento por omisión está a la orden del día. Lo venimos practicando desde tiempo inmemorial. Hemos prescindido de la consideración de que lo que no es permisible no deber ser, porque no debemos dañar a otro u otra cosa o deteriorar su valor. Así es que, manteniendo en vigor las primitivas teorías tradicionales medioambientales, nos hemos conducido como especie y, en gran medida nos conducimos, por posiciones antropocéntricas, en las que hacemos valer el predominio de la especie humana a la que otorgamos un valor cúspide en la creación. Algo tienen que ver las religiones convencionales en esto, por ejemplo, la narración del Génesis correspondiente a la creación del mundo.

Un breve repaso a la cronología de la aparición de la vida y las especies en la Tierra evidencia que no hay mucho amparo para las posiciones antropocéntricas. La vida en este planeta se estima que se estableció hace unos 3.800 millones de años, es decir, un poco después (solo unos 700 millones de años) de la formación de la Tierra a partir de la nebulosa protosolar que ocurriera hace unos 4.540 millones de años. Fue en ese momento cuando se combinaron tres factores decisivos: la aparición de la membrana como elemento delimitador, el surgimiento del metabolismo capaz de intercambiar materia y energía y una molécula que sustentaba información, probablemente el ARN que promocionaría el ADN. Este sistema, denominado célula, constituyó el primer ser vivo, con capacidades de automantenerse y autorreproducirse. En este momento comenzó a actuar la evolución con una especie unicelular que constituyó el antepasado del que procede la biodiversidad. Se inició un proceso evolutivo de animales y plantas iniciando formas de vida microscópica de la que quedan escasos restos fósiles y denominado periodo precámbrico. Se dio paso a la evolución biológica plasmada en eras y periodos. Solo es hace entre 65 y 25 millones de años, en el periodo paleoceno,  que aparecen los primeros animales y plantas. Solo hace 14 millones de años cuando bajaron los primates de los árboles. La selección natural favoreció la postura erguida, gracias a la cual los distintos miembros mantuvieron contacto visual con la manada. Hace unos 6 millones de años aparece en África la especie de homínidos denominada Australopitecus y afloraron las primeras habilidades, asociadas a complejidad neuronal de la corteza cerebral. Hace 5 millones de años se enfría el clima y se provoca la extinción de muchos grandes mamíferos al tiempo que se extendieron los australopitecus. La capacidad de curiosidad se fue incrementando y manteniendo durante más tiempo, lo que devino en un incremento de la inteligencia, la denominada maduración retardada. Hace 2.5 millones de años surge el homo habilis que superaba al australopitecus en capacidad craneal y que empezó a trabajar la piedra. Se inicia la Edad de Piedra y tras sucesivas glaciaciones y superación de condiciones de vida severas, hace 2 millones de años, al inicio de la era cuaternaria, surge el homo erectus, que se extinguió hace unos 90.000 años. El fuego y el control del mismo, da pie a una evolución instrumental. Tras la tercera glaciación del cuaternario surgen el homo sapiens y el neardental con muestras fósiles de hace 200.000 y 100.000 años en Alemania e Israel. El homo sapiens evidencia su superioridad cultural sobre el neardental, hace solamente unos 35.000 años.

Ahora bien, tanto animales como plantas, y desde luego el hábitat, el medio ambiente, son anteriores a la especie humana. La concepción antropocéntrica dominante sitúa a la especie humana en el culmen de la creación, posición otorgada desde el ámbito religioso, poco respetuoso con la dinámica de los hechos relatados anteriormente, aunque incluso el propio orden de la creación sitúa al hombre en el último peldaño. Las otras especies tienen una evolución al margen de la humana, lo que les otorga un valor intrínseco no apto para cuantificar la especie humana, al tener vida propia e importancia al margen de la utilidad que pueda o no tener para los humanos. Desde la propia aparición de la vida, hasta la extinción, las distintas especies, de animales y vegetales, tienen una dinámica propia independiente de cualquier valoración individual o colectiva de la especie humana. De efectuarse una extensión moral para considerar los demás seres vivos, la limitación a solamente animales o incluir las plantas, si lo relevante es la vida, no está demasiado justificada. Pero ¿por qué detener la extensión moral solamente a los seres vivos?

Leonard propone la denominada Ética de la Tierra, en la que la Tierra viene a ser  un ser vivo, consciente y con capacidad de sentir. La Tierra es el más fundamental de los sistemas desde el punto de vista ecológico y debe ser respetada, como extensión moral. Las cosas buenas son las que propician estabilidad, integridad y belleza a las comunidades de seres vivos. La Tierra tiene un valor intrínseco y los demás elementos tienen un valor instrumental, en tanto en cuanto propician estabilidad, integridad y belleza a las comunidades. La vida es el elemento de referencia con lo que la especie humana es vida que quiere vivir en medio de vida que quiere vivir. La biodiversidad es el mayor bien de la Naturaleza: la variabilidad con la que la vida se manifiesta. No son los individuos vivos, ni siquiera las especies, ni tampoco las comunidades de seres vivos los relevantes, sino en una visión integradora, los sistemas y procesos que garantizan o contribuyen al mantenimiento de la vida en nuestro planeta: procesos bigeoquimicos, captura del dióxido de carbono atmosférico, producción fotosintética de oxígeno, generación del suelo, control a todos los niveles del clima, evolución de las formas vivas sobre la Tierra, tasa de recuperación de los recursos naturales intervenidos por la especie humana. Esta visión ecocéntrica como culminación de la evolución del pensamiento ético sobre la Naturaleza, no admite conductas desviadas en las que la especie humana está adornada por una superioridad moral, de forma que deriva su dominio del resto de la Naturaleza, incluidos los seres vivos y no vivos.

El episodio acaecido con el Mar Menor, laguna litoral de enorme contenido ecológico, venido al traste por malas practicas ambientales, abusos sin control y dejadez de respeto mínimo a un Medio Ambiente que no ha sido capaz de tolerar tanto abuso, solamente ha suscitado preocupación cuando se han vislumbrado perjuicios para la especie humana. No se le ha otorgado ningún valor intrínseco, ningún imperativo categórico de naturaleza deontológica ha sido respetado, hasta que como sistema ha dado muestras evidentes de caminar a pasos agigantados hacia la extinción. No camina por su cuenta, como sistema autónomo y en libertad, sino presionado por actividades humanas, legales y no, que han acosado hasta convertirlo en un candidato a la extinción galopante.

Éticamente no está todo permitido a la especie humana. “No es no”, como negación del abuso que la especie humana ejerce sobre el resto de elementos de la Naturaleza, desde los seres vivos, animales o plantas, hasta elementos no vivos, como rocas, montañas, lagunas, mares, paisajes, y un largo etcétera. Es cuestión de derechos, no de opiniones ni creencias. Muchos seres vivos nos precedieron, todos los elementos no vivos fueron anteriores a la especie humana. En estos contextos es en los que se dio la vida. ¡Quién nos otorga el derecho de domino sobre el resto de la Naturaleza! “No es no” y no debería hacer falta que nadie nos lo recordara.

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Acerca del autor

Autor: Alberto Requena

Este blog pretende ser una depresión entre dos vertientes: la ciencia y la tecnología, con forma inclinada y alargada, para que por la vertiente puedan circular las aguas del conocimiento, como si se tratara de un río; o alojarse los hielos de un glaciar de descubrimiento, mientras tiene lugar la puesta a punto de su aplicación para el bienestar humano. Habrá, así, lugar para la historia de la ciencia, las curiosidades científicas y las audacias científico-tecnológicas. Todo un valle.

El eldense Alberto Requena es catedrático emérito de Química de la Universidad de Murcia.

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