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El presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, tuvo un recibimiento multitudinario en Elda en 1932.

La vida de la eldense Antonia Corbí Urbán no ha sido nada fácil, pero su triste historia familiar podría haber cambiado, de cumplirse la promesa que le hizo a su padre en Elda todo un presidente del Gobierno de España en 1932.

Niceto Alcalá Zamora visitó Elda en enero de 1932 para asistir al acto de la inauguración de la escultura a Emilio Castelar en la que constituía su primera visita oficial como presidente de la II República Española. Después del masivo recibimiento que le ofrecieron los eldenses a su llegada y del acto en la Plaza de Castelar, la comitiva oficial lo llevó a conocer varias fábricas de calzado e industria auxiliar punteras del momento. En una de ellas trabajaban los padres de Antonia. Ella tenía 9 años.

Alcalá Zamora visitó la fábrica de cajas de Emérito Maestre y las de calzado de Gómez Rivas y de Vicente Gil, conocida popularmente como “Los Vacíos”, donde trabajaba el padre de Antonia José Corbí como zapatero y su madre Antonia Urbán de aparadora. Pero su madre ese día no pudo acudir a su puesto de trabajo porque se encontraba de parto de sus mellizos Rosa y Eugenio.

El presidente debió de conmoverse por este hecho, ya que la pareja tenía además otros tres hijos, dos de ellos también mellizos. Por ello, seguramente, anunció que les enviaría un cheque de 500 pesetas para ayudar a la economía familiar. Era una cantidad de dinero considerable para la época, aunque en la actualidad representaría menos de seis euros.

Por desgracia, Antonia no supo nunca nada de este cheque ni escuchó jamás a sus padres hablar de él. Descubrimos su existencia porque un periódico de la época mencionó el generoso gesto del presidente y porque Alberto Navarro recoge el dato en su Historia de Elda. ¿Enviaría efectivamente el presidente el cheque y se perdió por el camino? ¿Lo cobró algún funcionario o político espabilado que quizá se justificó diciéndose a sí mismo que a su familia le hacía más falta? ¿O sencillamente el presidente se olvidó de su promesa en medio de la España convulsa que le tocó gobernar?

Antonia se enteró hace apenas seis meses, a sus 96 años, del anuncio de este cheque. Se sorprendió porque 500 pesetas habrían significado mucho, tanto como salvar la vida de su madre y de sus hermanos pequeños, tres muertes que condicionaron el destino familiar.

Su madre no se recuperó del parto gemelar. Sufrió continuas hemorragias que la debilitaron hasta desembocar en una embolia que la dejó postrada en una cama, para fallecer pocos meses después. Los bebés tampoco sobrevivieron porque su madre no tuvo subida de leche y los pequeños no se adaptaron bien a la leche de vaca que les proporcionaron en la institución “La gota de leche”. La pequeña Rosa murió a los 4 meses y su gemelo Eugenio cinco meses después.

Frente a estas malas noticias, de la solidaridad que existía antes, habla el gesto de los padrinos de los bebés y vecinos de la familia, de quienes la niña tomó su nombre, Rosa Alba López y Pepín Juan Tendero, más conocidos como los Tendero, quienes les prestaron el dinero para comprar los medicamentos que su madre necesitó. No se trataba de caridad, sino de una relación de sincera amistad vecinal: Cuando mi abuela hacía sopa de ajo, el primer plato se lo llevaba a ellos, recordaba Antonia. Incluso el propio médico que atendió a su madre le dejó su casa de campo para que se recuperara, pero no pudo ser.

Un cambio de vida para todos

Desde la muerte de su madre, la vida cambió radicalmente para Antonia, así como para su hermano mayor Narciso, su mellizo Pepe y su padre. También para su abuela paterna, que se tuvo que hacer cargo de todos ellos. Su padre no se recuperó nunca de la muerte de su mujer y de sus dos hijos pequeños y los domingos, al concluir la semana de trabajo en la fábrica, se marchaba a una barraca en las afueras de Elda que él mismo levantó y allí se quedaba durante el día, solo, con una radio. Regresaba a su casa a dormir, “no quería ver a nadie”, recordaba Antonia.

Ella iba a de niña a las Escuelas Nacionales, donde “llevaba un babi blanco con un lazo azul”, pero tuvo que dejar el colegio y ponerse a trabajar con sus hermanos en la fábrica de “Los Vacíos”, todos como aprendices: Narciso era terminador, Pepe sacaba hormas, y ella ayudaba a su padre, bajando las bandejas con los pares hechos, y con el tiempo aprendió a sacar filos.

Su familia era conocida como “los muleros” porque sus abuelos ya se hacían cargo de las mulas en la fábrica de Casto Peláez, donde los animales se empleaban para generar energía.

De los años siguientes recuerda tristeza y miseria. Vivían con la abuela en la calle La Balsa, en un recodo al final de la calle San Roque, a la izquierda, en cuyo portón antes de la Guerra Civil estalló una bomba. ¿Qué pasó con aquellas quinientas pesetas?, ¿habrían evitado las tres muertes al poder llevar a su madre a un médico especialista o comprar la casi inaccesible leche en polvo entonces para sus hermanos? Es la pregunta que queda en el aire y que pudo significar la supervivencia de alguno de ellos, así como una existencia diferente para todos, un poco más alejada de la tristeza y la miseria.

Durante la Guerra Civil y la postguerra, Antonia se iba con su abuela en el tren hasta Albacete para recorrer las aldeas y vender hilos de extraperlo, que previamente les compraban a las aparadoras, y que intercambiaban por harina o trigo. Nunca olvidó que también tuvo que cambiar el vestido de marinera que le habían hecho a medida y que tanto le gustaba.

Pero no todo fueron penas, a Antonia le gustaba mucho el teatro y asistía a los ensayos de la compañía infantil que creó la profesora doña Angelita Masegosa antes de la guerra: “Yo no salía en las funciones, pero para poder estar con ellos, me encargaba de llenarles el botijo de agua, ya que me gustaba mucho disfrazarme e ir a las obras que hacían por la comarca”.

Una vida feliz

La vida siguió su curso. Antonia, al igual que sus hermanos, se casó. Quedan algunas fotos de su juventud, pero no de su boda, pues a su tío, el conocido fotógrafo profesional Vicente Berenguer, se le estropeó la cámara el mismo día de la celebración de su matrimonio con José Poveda.

Antonia y José tuvieron un hijo y dos hijas, con las que ella al quedarse viuda ha vivido felizmente. Sus siete nietos y cinco biznietos no han dejado de sorprenderse porque Antonia mantuvo hasta sus 96 años su afición por disfrazarse, sobre todo en Navidad, fecha en la que siempre les daba alguna sorpresa con sus divertidos atuendos.

Por desgracia, Antonia falleció a finales del mes junio y, aunque no pudo ver publicado este reportaje, nos queda la satisfacción de que lo leyó y de que estaba muy contenta de que su pueblo conociera la historia de su familia.

No todos los eldenses pueden presumir de que un presidente del gobierno les prometiera su ayuda de manera directa. Seguir el recorrido de ese cheque, desde los libros de su registro en el origen, hasta su incierto destinatario, requiere de un trabajo arduo de investigación que puede que alguien haga algún día. O quizá no existió nunca. Aunque ya no importa.


Antonia junto a una de sus hijas el pasado mes de mayo, cuando se le hizo el reportaje.

*El semanario Valle de Elda agradece a la familia Corbí su amabilidad y cercanía para realizar este reportaje. En memoria de Antonia Corbí Urbán, quien falleció por un fatal accidente el pasado mes de junio.  

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