sábado, 29 de enero de 2022

Capítulo 21 y 22

Juan Carlos García Torres Martínez
18 diciembre 2021
516
Capítulo 21 y 22

21 

Hoy es domingo, pero a pesar de eso, esta mañana me he conectado en remoto al ordenador para tratar así de dar un sentido a mi vida porque el día nublado se presentaba bastante largo. Después, he salido a la panadería y me he regodeado por la Gran Avenida paseando delante de un furgón de la Policía. Llevaba dos barras de pan como coartada perfecta por si me paraban. 

Verdaderamente, por las mañanas no existe el rigor que se da durante la noche, cuando los agentes confunden un estado de alarma con un toque de queda. Por eso me paran o tengo que huir y esconderme para evitarlo. Me he paseado, he comprado pan en un establecimiento y he comprado una toña en otro. Toda una proeza. Y además, me he deleitado contemplando día risplomizo que me rodeaba. Lo más importante es que he salido y me he colmado de aire fresco. 

Por la tarde he bajado a hacer unas series de ciclismo de garaje y me he topado con mi hermano Luisón, que ya había empezado a recorrer el reducido espacio del lugar con su bicicleta eléctrica. Cuando ya llevábamos un rato haciendo esa yincana que componemos con botellas de agua y otros pequeños obstáculos, me ha preguntado si conocía lo que era el Diazepam. 

La pregunta me ha sorprendido. Luisón tiene cuatro años más que yo; es decir va para sesenta y dos. Es una pregunta que si me la hubiera hecho mi hija Caruli, no me habría sorprendido, pero viviendo de él me ha pillado por sorpresa. 

Al parecer se lo han recetado porque se encuentra algo agitado desde hace tiempo y con trastornos gastrointestinales. No trae causa de este confinamiento. Me ha confesado que él nunca había creído en eso de la medicación para la depresión y la ansiedad, como si la química fuera cuestión de fe (aunque ahora reflexiono y dudo a veces si pueda serlo; lo cierto es que un ansiolítico no creo que sea un placebo precisamente). 

Le he retrotraído a hace más de treinta años, cuando acabando mi carrera de Derecho, hube de recurrir a un psiquiatra que me medicó con benzodiacepinas para ayudarme a controlar ese torbellino de sensaciones en que me vi imbuido. Fueron tiempos difíciles aquellos. Encontrarse después de años de estudio sin saber qué podía hacer al finalizar aquella carrera. No contaría con veinticinco años cuando de repente me asaltó un gran vacío existencial. Me dio tanto pánico que supuse haberme vuelto loco. Quizá fueran pensamientos más propios de la senectud, pero yo me sentí viejo y cansado con veinticinco años. 

Cuando después comencé el servicio militar, pude haberme librado, pues en los primeros reconocimientos médicos al nombrar la ansiedad, un capitán médico me dijo que si quería me mandaba a mi casa. Yo no quería abandonar. Hubiera sido un fracaso huir de allí con ese estigma. 

Lo cierto es que a consecuencia de todo aquello me hice adicto a un ansiolítico llamado Nobritol, del que no podía prescindir. Eso me torturó durante años. En el propio campamento militar había quien se esnifaba esas pastillas para colocarse. 

Recuerdo a mi tío Eloy, a quien con ochenta años le preocupaba el hecho de depender de una pastillita para dormir; y me repetía que eso le molestaba. Yo le tranquilizaba intentando que comprendiera que a su edad esa licencia estaba permitida. Ahí me di cuenta que ese tipo de torturas no entendían de edad. 

He visitado a mi madre para aplaudir juntos a los sanitarios a quienes hace pocos meses maldecían por solicitar un pingüe aumento salarial. 

Hace un rato he salido con mis bolsas de desperdicios, y ajeno a cualquier amenaza he recorrido las calles que se mostraban en una quietud sólo quebrada por los estruendosos sonidos de los camiones de basura. Hay humedad, ha chispeado hace una hora y el ambiente se aprecia limpio. Paseo por las calles que se muestran casi tétricas con las luces led amarillentas; hay algo de bruma. Me voy alejando, y mientras lo hago voy sintiendo la amenaza de una posible detención. 

Invento posibles excusas: tirar unos zapatos en aquel contenedor, echar los vidrios o cartones en ese otro. Pero advierto que al alejarme las excusas se me van difuminando. No me importa, hasta que, de repente, un ruido a mi espalda me impulsa y motiva el respingo. Mi corazón vuelve a vibrar. Puede que haya sido un gato, o quizá un mendigo durmiendo entre cartones. 

Alejado de mi portal y sin excusas, decido regresar, mientras me invade el pensamiento de ser la naturaleza de uno mismo la que nos hace más o menos propensos a sentir esos momentos de angustia o debilidad que nos conducen a la ansiedad; que ahora decido no es otra cosa más que el miedo a encontrarnos con nosotros mismos y por ende a ese fatal desenlace que tiene todo ser humano: la muerte o quizá la locura, o quizá la enfermedad o simplemente la decrepitud de los años. 

Y mientras acierto introduciendo la llave en la cerradura del portal, no puedo por menos que mirar soslayadamente a mi alrededor,. Cierro los ojos esperando huir de esos pensamientos profundos que hoy me han hecho alejarme más de lo habitual. A ver mañana…  

22 

Hoy he salido bastante a hacer compras a diferente supermercados, he tomado un poco el Sol, he teletrabajado, me he comprado un rollo de Pascua en la panadería; en fin, todo lo que un ser humano puede pedir en esta vida. Y sin embargo, sigo con esta jaqueca que empezó hace dos días. No puedo apenas concentrarme y cuando lo hago, la cabeza late. Me gustaría no tener cabeza. Hay quien puede sobrevivir sin un brazo o sin una pierna. Sin el bazo o sin uno de los ojos. Incluso he visto a alguien que le faltaba una oreja. Entonces, por qué no podría yo vivir sin cabeza. Al menos así no me dolería. 

Creo que tendré que bajar la basura para tomar algo de aire fresco, pero no me apetece nada, y hoy no hemos comido pescado, igual podría evitarme el esfuerzo. Voy... 

Me he colocado un pañuelo de kamicaze en la cabeza para parecer más hippy. He cogido la bolsa de basura en una mano, y en la otra portaba dos botellas de plástico que me servirán de excusa para moverme a un contenedor de reciclaje más lejano. Al salir he visto muy cerca una furgoneta de la empresa de limpieza que, al parecer, aguardaba al camión.  

Odio el reciclaje, debe ser porque a la gente que lo practica los asoció con personas algo roñosos. Parece que tirando una botella de plástico al contenedor que corresponde hacen una obra de caridad y se sienten más desprendidos. Como si le dieran una propina de cincuenta euros a un mendigo. Nada más lejos de la realidad, como puedan, no dudarán a tus espaldas en “ripearte”alguna cosa pensando que a ti te sobra o que no te das cuenta porque eres menos listo que ellos. 

El reciclaje es de miserables, pienso, mientras me dirijo a los contenedores. Y allí, observo cómo apenas puedo introducir una botella en el contenedor porque está repleto de recipientes inútiles de plástico que nadie pasa a recoger. Allí nos encontramos que todo está por los suelos, hecho una guarrería porque las compañías pasan de cumplir con su obligación de mantener los espacios limpios. Una vergüenza. 

Con el pañuelo en la cabeza huyo en dirección contraria a mi domicilio, arriesgándome en la oscuridad a la tan temida sanción. 

Al cruzar una calle me veo sorprendido por la patrulla. Paran y me interrogan: “¿Dónde va, señor?”. 

En ese momento intuyo que la facha que debo exteriorizar con pantalón de pijama y pañuelo a la cabeza debe ser algo confusa. 

-Tengo miedo -respondo. 

Y al salir esas palabras de mi boca entiendo que acabo de cometer un gran error. 

-¿Cómo dice? -me pregunta el policía, que no debe tener más de veinticinco años. 

Afortunadamente no me ha entendido. Dispongo de otra oportunidad para librarme. 

-Que me duele la cabeza y estoy algo mareado, he salido a tirar la basura y me encuentro algo confuso -respondo. 

-¿Vive por aquí? -insiste. 

Y en ese momento, alejado varias calles de mi portal, decido aplicar un salto mortal a mi discurso y acierto diciendo: “No, justo en esta casa”. 

Toco la persiana de una casa que tengo detrás y exhibo mis llaves. Los agentes no se cuestionan otra posibilidad y me responden amablemente con un “buenas noches”, mientras yo, me escondo en el interior de la ventana y cuando veo que se alejan salgo  mimetizándome entre los coches para regresar cautelosamente a mi refugio, mi hogar, al que hoy he conseguido volver con un gran susto pero sin multas. A ver mañana… 

Juan Carlos García Torres Martínez
Juan Carlos García Torres Martínez
Acerca del autor

Juan Carlos García Torres Martínez nació en Elda en 1962, era el cuarto de cinco hermanos y siempre fue buen estudiante y con gran capacidad para hacer amigos. Estudió la carrera de Derecho pero nunca ejerció como abogado, aunque su profesión como secretario judicial siempre le mantuvo relacionado con las leyes. Desde muy joven fue un apasionado de la música, llegando incluso a ser fundador de la tuna de derecho de alicante. Otra de sus pasiones fue el deporte; su bicicleta conocía bien todos los montes y parajes de nuestra comarca, pero si hay algo que no abandonó nunca fue la escritura. Le gustaba plasmar vivencias cotidianas transformándolas en pequeñas historias de aventuras. Su tono irónico quitaba dramatismo a lo que relataba, él era así en su propia vida, intentando darle a todo un toque surrealista propio de su personalidad, y con ese estilo escribió su novela corta titulada "el temor" que fue ganadora del premio Ciudad de Elda de Cuentos en 1992.

Fue durante el confinamiento, entre los meses de Abril a Junio de 2020, cuando Juan Carlos hizo un pequeño diario de sus vivencias con su caracteristico estilo

Tristemente Juan Carlos nos dejaba el 16 de febrero de 2021 por causa del Covid, pero su legado literario y personal nos acompañará para siempre.

Éste es un pequeño homenaje póstumo a un discreto artista pero una gran persona.

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