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Fachada principal del Teatro Castelar en 1933, en una de cuyas calles laterales estalló la bomba.

El mes de agosto de 1933 enfilaba su recta final. La vida política nacional se dirigía paulatinamente hacia la radicalización, rompiéndose alianzas y fraguándose poco a poco una política de frentismo político que nada bueno podía deparar a la República.

El panorama político y sindical eldense no le iba a la zaga al nacional. Atentados, actos violentos y huelgas comenzaban a proliferar en nuestra ciudad en un ambiente cada vez más crispado en lo laboral.

Será en este panorama de tensiones sociales, políticas y laborales en el que enmarcar un suceso que pudo haber desencadenado una verdadera tragedia en Elda.

Lunes, 21 de agosto de 1933. Tres niños de cuatro, siete y once años jugaban plácidamente en la calle, mientras su madre trabajaba. Eran los hijos de doña Teresa Albert, encargada de la limpieza del Teatro Castelar. Mientras realizaba su trabajo diario, sus pequeños se entretenían en una de las calles colindantes (Cervantes o Lope de Vega) jugando con una bola metálica que les había dado su madre. En uno de los pases de unos a otros, aquella bola impactó contra una de las fachadas de las casas allí existentes, haciendo explosión y proyectando gran cantidad de metralla a base de balines y tornillos.

Bomba de mano, tipo Orsini, que debió ser similar a la estallada en Elda en agosto de 1933.

Por el interrogatorio posterior sabemos que Teresa Albert encontró, días atrás (jueves, 17), aquella “diabólica pelota de hierro” envuelta en un periódico, en la entrada principal al teatro, tras la celebración de un mitin anarcosindicalista de partidarios de Ángel Pestaña (miércoles, 16 de agosto).

Afortunadamente, a pesar de la explosión no hubo que lamentar víctimas mortales, quedando todo en un inmenso susto para los pequeños y para su madre, así como algunas heridas por los proyectiles y daños en la fachada de la casa por los impactos de la metralla incrustrada.

Elda, en aquella época, no era ajena a este tipo de hechos violentos. Valga como ejemplo el incidente ocurrido durante el mes de mayo de ese mismo año de 1933, cuando al paso del cortejo fúnebre de un conocido comerciante de la ciudad fueron arrojadas varias bombas contra el destacamento de la Guardia Civil, enviada por el Gobierno Civil en prevención de incidentes, suponemos que por el marcado significado político del fenecido. Afortunadamente, tampoco en este caso las bombas alcanzaron su objetivo, haciendo impacto y explotando en medio de la calle, sin llegar a producir víctimas mortales. A los escasos días fueron detenidos cuatro individuos, conocidos por su filiación anarquista. Pero esta es otra historia que, con permiso del lector, dejamos para una próxima “Crónica Eldense”.

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Acerca del autor

Autor: Gabriel Segura Herrero

De formación historiador y de profesión arqueólogo, el papel de cronista oficial de la ciudad de Elda plantea retos importantes, tanto con respecto a la memoria de mi predecesor Alberto Navarro Pastor; como al respecto del futuro, para dotar de contenido y utilidad a la figura del cronista oficial en el siglo XXI; a la par que un compromiso con la ciudadanía eldense. Las nuevas tecnologías y las redes sociales deben ser aliadas del conocimiento y de la divulgación histórica, sin faltar al rigor, pero acercando la información histórica al ciudadano. El guión de la historia de Elda está conformado y los titulares en mayúscula ya están todos escritos, pero es necesario escribir la letra pequeña, la historia de las gentes y de los pequeños acontecimientos. Es necesario poner voz a la ingente cantidad de fotografías antiguas que hasta ahora son testigos mudos de nuestro pasado. Trabajo en el que es necesario la colaboración de todos. Con el permiso de usted lector, ¡Vamos a intentarlo!.

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