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Italo Calvino Y Jorge Luis Borges reflexionaron en profundidad sobre los clásicos

“Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”

Jorge Luís Borges

“Sobre los clásicos”, en Otras inquisiciones

“Tengo diez o doce ediciones distintas de El Quijote. Todas anotadas y señaladas. Y, cada vez que lo vuelvo a leer, encuentro cosas nuevas. Eso debe ser un clásico, ¿no? Dentro de treinta años lo que uno escribe a lo mejor no lo lee nadie, pero hoy podemos seguir dialogando con Cervantes o con Platón. Yo, desde luego, dialogo y eso me enriquece”.

Emilio Lledó

De una entrevista

En la entrada anterior exponíamos algunos rasgos y criterios que podían hacer de una novela una obra valiosa e incluso imprescindible. El establecimiento de un canon, desde una perspectiva objetiva y crítica, no terminaba de resolver del todo la diferencia entre esas obras que son aceptadas como imprescindibles y aquellas que no lo son. ¿Ayudarán el concepto y los rasgos definitorios de una obra clásica a establecer con precisión esa línea diferenciadora?

La primera definición de clásico que da la RAE es la de aquel autor o aquella obra “que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier manifestación artística” Entre los autores que han intentado desentrañar las cualidades de un libro clásico, Azorín, Borges e Italo Calvino coinciden al menos en subrayar dos características:

  1. Textos que sobreviven al paso del tiempo, adaptándose a los intereses e inquietudes de las generaciones sucesivas que los leen.
  2. Textos que nos aportan un mayor autoconocimiento en el plano individual y que se proyectan desde ahí a la universalidad.

La primera característica nos lleva al concepto de obra abierta porque se trata de libros “que nunca terminan de decir lo que tienen que decir”, como subraya Calvino en Por qué leer a los clásicos y que por tanto su relectura es o puede ser constante a lo largo de los años. Con la segunda, un clásico siempre nos aporta un mayor conocimiento de nosotros mismos, de nuestra condición humana, del mundo y sus circunstancias y por ello, a la vez, “se configura como equivalente del universo”. Además, T.S. Eliot reconoce a un autor como clásico en tanto que modelo lingüístico y estilístico a seguir. Y añade lo que él denomina “madurez espiritual” para que reconozcamos en Virgilio, por ejemplo, a un poeta representativo de toda una época. Y por ello mismo, clásico. Servir de modelo y ser representativa de su tiempo serían rasgos esenciales, según Eliot, para calificar de clásica a una obra.

Un clásico ineludible para reflexionar sobre los clásicos

Pero ahí acaban las coincidencias. Si para Calvino “un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima”, Borges pone el acento en lo peligroso de señalar que las obras son clásicas de una vez para siempre. Sería la tradición de un acuerdo sostenido en el tiempo de generaciones de lectores el que por diversas razones más o menos misteriosas, no su mérito intrínseco, lleva a convertirse en clásica a una obra. Pero si hacemos caso al argentino, ese acuerdo va por barrios y el aura de clásico habría que relativizarlo. “Para los alemanes y austríacos -afirma- el Fausto es una obra genial; para otros, una de las más famosas formas del tedio, como el segundo Paraíso de Milton o la obra de Rabelais. Libros como el de Job, la Divina Comedia, Macbeth (y, para mí, algunas de las sagas del Norte) prometen una larga inmortalidad, pero nada sabemos del porvenir, salvo que diferirá del presente. Una preferencia bien puede ser una superstición”. Por eso, concluye, “las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre”.

De modo que, tras un entretenido paseo por algunas afirmaciones dignas de consideración, volvemos al punto de partida; a la casilla de salida. Como no podía ser de otro modo. Y en estos términos hay que abrir el debate. Si bien podemos entrever que hay rasgos e ingredientes que pueden hacer clásica a una obra, aunque no siempre sean los mismos ni su presencia sea garantía de nada, la etiqueta de clásico no sería eterna ni por tanto quedaría colocada en ninguna obra de una vez para siempre. Las valoraciones irían adaptándose a la lectura que cada generación, en cada momento de nuestra evolución histórica y cultural, hace de una obra considerada clásica hasta entonces.

A mi modo de ver, si damos un paso más quizás podamos convenir que, en efecto, los clásicos ni son eternos e intocables ni tampoco deben quedar al albur de las relativizaciones que cada época realice, tantas veces con criterios circunstanciales cuando no insustanciales. Porque el gusto propio nunca puede ser un criterio universal. Quizás estemos de acuerdo en que un clásico ha de ser ameno y entretenernos, pero también aportarnos bastante más que buenos ratos. Ensanchar nuestro horizonte vital, nuestra perspectiva del mundo y de nosotros mismos, sin dejar de deleitar nuestros sentidos. Y por supuesto un modelo (lingüístico, estilístico, compositivo…) del que aprender e incluso desde el que, imitándolo o no, avanzar.

 ¿Qué opinas tú, lector, -mon semblable, -mon frère!?

Para el poeta, editor y crítico,T.S. Eliot, un clásico debía ser un modelo estilístico y a la vez paradigma de su época

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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