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En mi artículo de semanas atrás sobre la nueva producción de El barberillo de Lavapiés, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, a vista previa se podía vaticinar que al éxito de público se uniría el artístico. El primero se evidenció desde el primer momento, pues en todas las funciones se agotaron las localidades. Para las cuatro últimas, las del jueves al domingo de la semana pasada, con varios dís de antelación.

Y ese éxito de público se ha visto refrendado por el artístico, aun cuando algunos críticos no han comulgado al ciento por ciento con la producción escénica, ni con el elenco de protagonistas.

La función del viernes día 12 se pudo ver y está disponible en youtube, para todo aquel que tenga interés o curiosidad, gracias a las emisiones en directo que por medio de facebook está ofreciendo esta temporada el propio teatro madrileño.

Y fue ese mismo día cuando dentro del segundo acto se produjo algo que marca un hito en la historia reciente de La Zarzuela: un bis. Es decir, la repetición de un fragmento o parte de él, dada la intensidad de los aplausos y ovaciones del público. No faltará el anti-todo que dirá que no fue para tanto.

Por mi parte me pareció fenomenal, y viendo en el mismo teatro la función de dos días después, con los mismos protagonistas, me reafirmo en mi criterio. Según informaciones recabadas el bis solo se produjo en la función del día 12. Casualmente la que ha quedado inmortalizada en las redes sociales.

Fue la parte final del dúo del segundo acto de Lamparilla y Paloma "Una mujer que quiere ver a un barbero..." cuya interpretación por parte de Borja Quiza y Cristina Faus fue antológica. Tanto en el aspecto canoro como en el actoral. De ahí el entusiasmo del público. El bis se produjo en la parte final del dúo. La que se inicia con la frase "No hay que quitar los hilvanes, hasta que acabe la prenda...".

Sin embargo, este hecho no ha merecido la atención de los medios, pues no lo he visto reseñado en lugar alguno. Si hubiera sido en una representación de ópera y a cargo de intérpretes extranjeros seguro que se habrían volcado en ello. Y aquí no vale decir que nadie se ha enterado, pues todos quienes seguimos la retransmisión de ese día, o vista en diferido, pudimos disfrutar el bis.

Por otra parte es una lástima la cantidad de público que se ha quedado sin podar asistir, dada la limitación de funciones, y el hecho de que, a diferencia de los teatros privados, no se pueda prorrogar una obra, por muy exitosa que esta resulte. El programa de cada temporada es cerrado e inamovible. Por lo general se suelen programar 14 sesiones de cada producción, con la excepción la temporada pasada de la opereta El cantor de México, de la que se programaron 18.

 

Y el 14 de mayo Doña Francisquita

 

Antes de finalizar la serie de representaciones de El barberillo ya se habían iniciado los ensayos de Doña Francisquita, otro título de éxito asegurado -al menos de público- cuya función inaugural será el 14 de mayo, martes. Toda una novedad que sea este día de la semana.

Desde julio de 1998, fin de la primera temporada donde La Zarzuela dejó de ser la sede oficial de la ópera de Madrid, al abrirse el Real, esta es la tercera producción y la cuarta ocasión que Doña Francisquita sube a su escenario. Es, sin duda, la obra más veces programada, tras la navideña Los sobrinos del capitán Grant. Esta vez en coproducción con los teatros Liceu de Barcelona y Ópera de Lausanne, lo cual quiere decir que viajará próximamente a la capital catalana y a la ciudad suiza. En Barcelona se han programado seis funciones, del 10 al 16 de noviembre próximo.

Es, por otra parte, la única zarzuela representada en el Liceu  durante los últimos 32 años. En 1987 con Alfredo Kraus y Enedina Lloris y en 2010 con José Bros y Mariola Cantarero.

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Acerca del autor

Autor: Elías Bernabé Pérez

Mis recuerdos más remotos que me atrajeron a la zarzuela me trasladan a sesenta años atrás. Primero escuchando los fragmentos que sonaban con frecuencia en la radio. También gracias a las fantasías, preludios e intermedios que interpretaban las bandas de música en los conciertos de las fiestas de octubre de Petrer. El templete donde actuaban estaba justo ante la fachada de mi casa.

Lo que más me gustaba de la Semana Santa es que en la radio solo se emitía música clásica. El viernes y sábado santo las emisoras enmudecían.

Lo más intenso vino en la época dorada del tocadiscos. Lo compró mi abuelo materno en 1963. La primera zarzuela que entró en casa fue Doña Francisquita con Kraus y Olaria. Es una grabación incompleta, pero suficiente para que me la aprendiese de memoria. Mi abuelo estaba impedido y era yo quien la ponía todos los mediodías y noches durante dos semanas consecutivas. A los quince días compramos un segundo disco: La generala, de nuevo con Kraus y Olaria. Y ya fuimos alternando. Después vino Maruxa. Y yo con solo 13 años me entusiasmé con ella y también la aprendí. Sí, digo bien. ¡A mis 13 años ya me encantaba Maruxa!

Ahí comenzó todo y ya no he parado. Siempre como aficionado.

Como le dice un padre a su hijo al final del documental de TVE sobre zarzuela La romanza de Madrid, de 1988, “Te acompañarán toda tu vida, porque son inmortales”.

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