SEMANARIO DE INFORMACIÓN LOCAL, DEPORTES Y ESPECTÁCULOS

25 MAY 2020 Fundado en 1956
Visto: 154

Compartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en Google PlusCompartir en WhatsApp

En los tiempos que vivimos hay muchas cosas que capturan nuestro interés, pero entre las que lo hacen con mayor intensidad, figuran las relacionadas con el funcionamiento del cerebro. Tanto se habla de la Inteligencia Artificial, que ha logrado que nuestra preocupación se dirija, muy a menudo, a ese órgano tan especial, el cerebro, que coordina a los restantes. El cerebro viene a ser como los cimientos del ser humano, dado que todo se estructura en base a él.

Los avances en materia de Inteligencia Artificial suscitan, también, la necesidad de mejorar tanto el descifrar como, incluso, alterar la actividad de las neuronas. Esto hace avanzar en el conocimiento del cerebro, al tiempo, que nos arriesga a usos poco beneficiosos. Es posible que estemos expuestos a desprotección, dada la ausencia de leyes, reglas y directrices para determinadas utilizaciones de la tecnología. No hay que estar especialmente iniciado para percibir que la técnica va por delante de la propia sociedad.

Los implantes cerebrales son ya frecuentes, pretendiendo ayudar al cerebro en el discurso de ciertas enfermedades. Incrementar la potencia y las prestaciones de estos implantes son tareas, usualmente, cotidianas. Estas interfaces, en casos de pérdida de habilidades motoras, aporta a muchas personas extremidades de las que no dispone y funcionan apropiadamente. Controlar un ordenador mediante el cerebro que, a su vez, impulsa piernas o brazos robóticos es ciertamente, usual. La Inteligencia Artificial y las neurotécnicas están aportando prótesis inteligentes que facilitan la vida de forma esencial.

Otra cuestión alarmante a la hora de pasar a la automatización de los servicios es la atribución de sesgos a los algoritmos que operan. Las bases de datos actuales están sustentadas por los datos recopilados en periodos en los que tanto aspectos raciales, como de sexo, contaminan los resultados que obtienen los algoritmos operativos e introducen sesgos. Hoy tienen mayor probabilidad de asignación automática de un crimen las personas negras que las blancas, aun cuando los antecedentes sean similares. En Estados Unidos, pensaremos, pero otro tipo de sesgos también se dan en otros países. Evidentemente, este tipo de hechos enfrenta a la privacidad, incluida la mental. Acceder a nuestra información consciente y subconsciente, se aproxima a poder descifrar los patrones del pensamiento, lo que tiene una profundidad mucho mayor que la hoy violentada intimidad que logran las redes sociales a diferentes niveles de actuación.

La tecnología posibilita y abre fronteras, pero no es menos cierto que no está todo al alcance de cualquiera. Sin duda alguna disponer de tecnología implica un incremento de la capacidad mental de las personas que disponen de ella. Al mismo tiempo abre más la brecha existente entre los que tienen la tecnología y los que no pueden disponer de ella por falta de recursos. Se ha visto recientemente, con nuestro confinamiento, que ha habido niños que no han podido seguir las instrucciones de sus maestros, por no disponer de lo mínimo para poder participar: tableta u ordenador. Una consecuencia lógica de la incorporación de la tecnología es que se incrementan las desigualdades entre personas, grupos sociales, regiones y países. En la década de los ochenta y enviado por un organismo dependiente de la Unesco, viajé con frecuencia a Latinoamérica. Mi misión consistía en aproximar a los niños y que se familiarizaran con los ordenadores. La situación real a la que me enfrentaba todos los días era a un grupo de niños y maestro que no disponían ni de libros, ni siquiera de libretas y tenía que hacerles ver qué era y cómo funcionaba un ordenador. Su necesidad primaria era la leche y yo iba a contarles lo que era un ordenador. La brecha tecnológica era inevitable. Lo fue.

Hoy día nos enfrentamos a una situación tremendamente complicada. La tecnología está y se hace perentorio que ingenieros y científicos dispongan de una formación ética que se vea reflejada en los diseños de ambos en ámbitos como la neurotécnica o la Inteligencia Artificial. Es preciso disponer de una deontología capaz de discernir los valores aceptables y rechazar los que nos alejan de una ética aceptable y, desde luego, humanista.

La legislación ya no admite compartimentos estancos. Para muchas cosas hemos visto superados nuestros límites. No es suficiente con globalizar, hay que mundializar. No son suficientes los factores económicos, sino que los éticos deben y tienen que estar por encima y delante de todas las demás consideraciones. De aquí que, propugnemos con Yuste, neuro-científico de la Universidad de Columbia, el reconocimiento de unos neuroderechos básicos, al estilo de los Derechos Humanos, que pudieran ser reconocidos en las legislaciones de los distintos países. Se dispondría de seguridad jurídica y, sobre todo, seguridad mental.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Acerca del autor

Autor: Alberto Requena

Este blog pretende ser una depresión entre dos vertientes: la ciencia y la tecnología, con forma inclinada y alargada, para que por la vertiente puedan circular las aguas del conocimiento, como si se tratara de un río; o alojarse los hielos de un glaciar de descubrimiento, mientras tiene lugar la puesta a punto de su aplicación para el bienestar humano. Habrá, así, lugar para la historia de la ciencia, las curiosidades científicas y las audacias científico-tecnológicas. Todo un valle.

El eldense Alberto Requena es catedrático emérito de Química de la Universidad de Murcia.

Utilizamos cookies propias, al continuar navengando por el sitio aceptas nuestra política de cookies.

Aceptar

Buscando...

Un momento por favor

Google+
Compartir