miércoles, 29 de mayo de 2024

Entorno

Alberto Requena
4 octubre 2020
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Entorno

Una de las ideas equivocadas que se tiene, en general, es la de atribución de autorías de las cosas importantes. No es infrecuente que adoptemos las dos posiciones más encontradas: por un lado, atribuimos singularmente un logro a una persona y la contraria que consiste en que se pone en duda, cuando se cruza la opción de que otro, mejor conocido o más próximo, pudiera haber contribuido en algo. La primera de ellas la utilizamos cuando nos situamos alejados del tema, normalmente por falta de información o de conocimientos para valorarlos y, en el fondo, nos da un poco igual, cualquiera que sea el tema. La segunda, tiene raíces emotivas; cuando alguien conocido, nos ha hecho saber que intervino, en alguna medida, en el tema de que se trata, lo convertimos en protagonista y le atribuimos todos los méritos, salvo el de la publicidad que ha permitido o propiciado que sea otra persona la que se lleve los honores, indebidamente, claro.

Por otro lado, no todos los autores reconocen cual ha sido su papel en un descubrimiento, propuesta o teoría formulados. En ocasiones, recurriendo a autobiografías, conocemos matices que revelan cual es el auténtico papel y la dimensión precisa de su intervención en las aportaciones que analizamos. Desde un punto de vista objetivo, es de destacar a aquellos que valoran ajustadamente el papel que han representado y el de los demás y describen un entorno en el que se suele ver, con claridad, que cuando algo emerge es porque, necesariamente tiene que hacerlo, porque se ha ido creando el ambiente que lo ha propiciado, porque ha ido madurando desde distintos puntos de vista, porque se han ido proponiendo alternativas, porque se ha ido incurriendo en errores, unas veces de formulación y otras de interpretación. Entonces es, cuando percibimos el alcance del descubrimiento y como tuvo lugar.

Darwin es una figura descomunal de la Ciencia. No era botánico, ni zoólogo; era geólogo. De hecho, se ocupaba de aspectos morfológicos de la superficie terrestre. Y esos eran los objetivos que llevaba en la mochila cuando se embarcó en el Beagle entre el 25 de diciembre de 1831, en que partió de Plymouth y el 2 de octubre de 1836, en que regresó, casi cinco años después. Empleó 18 meses a bordo, en travesías marinas y el resto en tierra firme, explorando, observando, anotando todo cuanto aparecía ante su vista, que tras 23 años sirvió para conformar la publicación del Origen de las Especies que vio la luz en noviembre de 1859, de la que se editaron, en principio, 1250 ejemplares que se vendieron el mismo día de la publicación y del que se han publicado cientos de ediciones desde entonces, en todos los idiomas imaginables. Fue Lyell el que le sugirió la preparación de un volumen donde recogiera la transmutación de las especies. Precisamente, Sir Charles Lyell, geólogo escocés, sostenía que las fuerzas naturales que operaban en su tiempo, eran las mismas que habían operado siempre, una especie de teoría estacionaria, similar a la que sostendría Hoyle en el ámbito cosmológico, que acabó sucumbiendo ante la expansión del Universo, probada experimentalmente. Lyell influyó mucho en Darwin, pero no aceptó la propuesta final de éste, rechazando una ascendencia animal del hombre. No es rara la estrecha relación que mantuvieron, si tenemos en cuenta que Darwin estudio la obra de Lyell, precisamente en el viaje del Beagle y aceptó en ese momento el “uniformismo”, como denominaba a la propuesta de Lyell, que destronó después con la propuesta de la selección natural y la diversidad. El abuelo de Darwin publicó un libro Zoonomía, que defendía ideas parecidas al francés Lamarck, teorías que, de alguna manera, mantuvo Darwin en el Origen de las Especies, aunque criticara sus tesis por la especulación, que apreciaba contenida en las proposiciones que se hacían a partir de los hechos que presentaba. Los que no pudieron influir en Darwin fueron los miembros de la Real Sociedad Médica, a cuyas reuniones comenzó siendo asiduo asistente, para abandonar, en virtud de “las muchas tonterías que se decían allí”. Asistió a reuniones de la Sociedad Werneriana, donde se leían artículos de historia natural o a la Real Sociedad de Edimburgo donde vio a Sir Walter Scott. Cita Darwin, en su autobiografía, una persona que influyó de forma decisiva en su carrera: su profesor Henslow, con conocimientos de botánica, entomología, química, mineralogía y geología, con mente equilibrada y amante de las observaciones minuciosas. A través de él entabló relación con Jenys, ensayista de Historia Natural. Reconoce Darwin que la lectura de la narración original de Humboldt y la Introducción al estudio de la filosofía natural de Herschel, avivaron su interés por aportar algo a la ciencia natural. Henslow le empuja para que estudie geología y el profesor Sedgwick le inicia en la investigación geológica. Cuando volvió del viaje del Beagle, se incorporó como secretario honorario de la Real Sociedad Geológica y el contacto con Lyell fue permanente.

Entabló amistad con Huxley, “que nunca escribe ni dice cosas aburridas”, uno de los defensores de la evolución gradual de los seres orgánicos. Conoce a Babbage, creador de la primera máquina (diferencial) de cálculo automática que no llegó a implementar la máquina analítica, que mantuvo una amistad permanente con Ada Lovelace, hija de Lord Byron., que aportó su nombre al lenguaje de inteligencia artificial ADA en la segunda mitad del siglo pasado.. Frecuentó debates con Spencer, filósofo que defendió el evolucionismo ambiental, próximo a Lamarck y el desarrollo de la organización social compleja. Tuvo amistad con Buckle que le enseñó su sistema de recopilación de datos, consistente en que compraba todos los libros que leía y hacía un índice completo de cada uno de ellos sobre las cosas que le interesaban o podían serle útiles; autor de una Historia de la Civilización.

Wallace, naturalista, en el verano de 1858 le envió un ensayo titulado Sobre la tendencia de las variedades a desviarse indefinidamente del tipo original, que contenía una teoría idéntica a la de Darwin, según confiesa él mismo. Wallace le indicaba que, si a Darwin le parecía bien el ensayo, que se lo enviase a Lyell, “para que lo leyera, atentamente”. Darwin accedió a que se publicara un ensayo suyo junto al de Wallace, como figura en el diario de actas de la Sociedad Linneana de 1858. Y es, en este entorno, en el que se gestó una de las mayores obras que la Humanidad ha conocido: “El origen de las especies”, que se publicó en 1859 y que ha representado una auténtica revolución intelectual. Así se gesta la Ciencia.

Alberto Requena
Alberto Requena
Acerca del autor

Este blog pretende ser una depresión entre dos vertientes: la ciencia y la tecnología, con forma inclinada y alargada, para que por la vertiente puedan circular las aguas del conocimiento, como si se tratara de un río; o alojarse los hielos de un glaciar de descubrimiento, mientras tiene lugar la puesta a punto de su aplicación para el bienestar humano. Habrá, así, lugar para la historia de la ciencia, las curiosidades científicas y las audacias científico-tecnológicas. Todo un valle.

El eldense Alberto Requena es catedrático emérito de Química de la Universidad de Murcia.

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